GENTRIFICACIÓN

(Una palabra nueva)

 

“La cuestión de qué tipo de ciudad queremos
no puede divorciarse de la cuestión de qué
 tipo de personas queremos ser, qué tipo de
relaciones sociales buscamos, qué relaciones
 con la naturaleza mantenemos, qué estilo de
 vida deseamos o qué valores estéticos tenemos”
 Harvey

 

por Cristina Sottile

Esta palabra que para la mayoría de los habitantes de la CABA no existe en su vocabulario de uso, es sin embargo la palabra que define las transformaciones que, con o sin su conocimiento, con o sin su participación, van a modificar la vida de todos una vez implementadas.

La palabra proviene del inglés gentrification, que remite a la utilizada en el mismo idioma para referirse a la alta burguesía: la gentry. Aquéllos que sin tener títulos de nobleza, llegaron a poseer fortunas con el advenimiento del capitalismo. Fortunas que los diferenciaban de los burgueses comunes, white collar: oficinistas de diversos tipos, que iban a trabajar de traje, de ahí el apelativo, que refiere al cuello blanco de la camisa.

Brevemente, puede decirse que gentrificación es el proceso de modificaciones edilicias, sociales y poblacionales que sufre un barrio (la palabra sufrir está elegida especialmente) cuando desde ciertos ámbitos políticos-económicos-empresariales se lo considera “degradado”. Vamos a detenernos en la palabra: degradado. ¿Degradado respecto de qué? ¿Cuál es el nivel que mide la degradación? No es ciertamente la equidad, ni tampoco la inclusión en programas que permitan mejorar la calidad de vida. No tiene que ver tampoco con la provisión de servicios básicos, ya que generalmente estos barrios suelen contar con ellos. Otra cuestión asociada a la gentrificación es la necesidad de progreso.

Y también nos vamos a detener en esto del progreso como bien indiscutible, cuyos efectos son beneficiosos para todos en apariencia, y que cuando genera oposición, pareciera que proviene de grupúsculos románticos fundamentalistas.

Pero el llamado progreso, ese hallazgo filosófico y epistemológico del siglo XIX, sobre el que se construyó la validación de la expansión colonial, no significa lo mismo para todos los sectores de las poblaciones. 

El progreso que Europa llevó a Africa consistió en la instalación de la esclavitud y el apartheid, el progreso que los pueblos europeo-occidentales trajeron a América consistió también en esclavitud, saqueo y muerte. No es progreso el que no trae aparejada una mejor calidad de vida y una mayor inclusión social, dice hoy la ONU.

Y ahora vamos a hablar de la Argentina, donde el modelo colonial económico extractivista fue lo suficientemente rendidor para las familias y grupos económicos que lo aprovecharon, como para insistir sobre las mismas prácticas.

Entonces pasa lo siguiente: usted vive en un barrio de hermosas casas construidas en la época de su abuelo, sobre los grandes terrenos que se delimitaban en una Buenos Aires amplia y acogedora. Tiene calles con arbolado, tal vez jardín en el fondo y/o al frente.

Y todo el barrio es parecido.  Vamos a suponer que hablamos de San Telmo, de Barracas, o de La Boca, pero esto mismo puede ser aplicado a cualquier barrio de estas características en la CABA.  Entonces, alguien descubre que el sitio está “degradado”. Sí, el lugar donde usted vive. Y las respuestas a tal degradación consisten en general en instalar una planificación urbana en la zona que la haga más amigable para los visitantes. 

Sí, no estamos hablando de quienes viven en el lugar, que adquirió una identidad particular gracias al aporte cotidiano de las vidas cruzadas en redes sociales de verdad, de las que se hacen conversando entre personas reales.

Se piensa, en este caso, en que el barrio es pintoresco, que es posible atraer turismo, que para esto se necesitan hoteles, entretenimiento, algunos bares también pintorescos, y en general una “lavada de cara” de la zona.

Cuando esto sucede, pasan dos cosas, ambas de índole económica pero que tienen distintos orígenes: la primera, aumentan los impuestos. 

En el caso de San Telmo o de La Boca, hubo casos en que aumentaron hasta un 1000% a partir de 2007.  La segunda cosa es que todo pasa a ser más caro, ya que el turismo aumenta los precios de todos los productos a la venta, y sin la regulación del Estado, que podría fijar precios para los locales, el presupuesto mensual se ve afectado.

¿Cuál es la consecuencia inmediata? Las personas que viven en el lugar no pueden sostenerse económicamente, aun viviendo en casa propia, y deben migrar hacia zonas perifericas, que les garanticen un menor costo de vida.

Esto se llama desplazamiento económico de población, y no es inocente. Implementando estas medidas, se sabe que el resultado es éste, y lo que sigue es un reemplazo de la población, en algunos casos facilitado por programas gubernamentales tales como el Distrito de las Artes en La Boca, que paradojalmente exime de impuestos a los que se declaran artistas y adquieren propiedades en la zona, de donde fueron expulsados vecinos por no poder cubrir el costo de los impuestos previamente aumentados, repito, en hasta un 1000%.

Entra en escena en este momento la industria de la construcción e inmobiliaria, con proyectos de “readecuación” del vecindario y un replanteo total de la planificación urbana, modificando el paisaje urbano, elevando cotas de altura de edificación y borrando la identidad original de la zona, que es lo que la hacía interesante.

En alguno de estos casos se recibe una especie de castigo karmático: deja de ser interesante para el turismo como destino, como en el caso de Copacabana en Brasil. Pero la destrucción ya fue realizada, y es irreversible.

No es éste un invento de los especuladores locales, sino que como tantas cosas también se importó. Pasaron por esto los barrios obreros de la periferia de Londres, las casas victorianas de la misma ciudad; en EEUU y Canadá se observaron y resistieron fenómenos semejantes, en algunos casos frenados a tiempo con una importante intervención estatal en las construcciones, aspecto y aun color de las casas (como por ejemplo en Halifax), que debe mantenerse obligatoriamente o aceptar las cuantiosas multas.

Existe en la actualidad una tendencia al eufemismo optimista para mencionar casi todas las cosas que de una u otra manera nos afectan; respecto de esto, se escuchó decir a un arquitecto que “la gentrificación no es tan mala”, con lo que algún grado de gravedad le aceptaba. A esto, lo que debemos oponer, más que argumentos, son preguntas: ¿No es tan mala para quién? No lo será para quienes dirigen obras nuevas o de restauración, tampoco para los contratistas del Estado; seguramente quienes accedan a una vivienda en ese lugar donde se los exime de impuestos tampoco lo vean como malo. Y no lo verán mal aquéllos que compran una manzana de conventillos habitados por el valor de los terrenos y expulsan a los habitantes con destino incierto, para construir torres.

Peter Marcuse (Abogado, profesor emérito de Planeamiento Urbano, Berkeley, EEUU) dice: “La gentrificación es cuestión de ética”.

Porque el desplazamiento más o menos violento de una población, para favorecer las actividades del mercado, es un tema ético. También lo es plantear quiénes son los que construyen de verdad las ciudades o los distintos conglomerados urbanos, ya que el mercado no tiene identidad, no tiene patria, no tiene sentimientos y no reconoce otros intereses que los propios, que son siempre económicos.

Cuando hablamos de gentrificación, entonces, debemos saber que afecta las relaciones sociales vitales del sitio en el que se produce, destruyéndolas y sin reemplazarlas por algo mejor, salvo desde el criterio reduccionista para el cual cualquier cosa que parezca “progreso”, necesariamente es mejor.

No hay manera de resistir a esta avanzada violenta del mercado contra nuestras casas, sin conocer la mecánica utilizada y sus nefastas consecuencias.  Y la segunda cosa necesaria es el rechazo colectivo a este tipo de proyectos, que justamente afecta derechos colectivos.

Y los derechos colectivos tienen prevalencia por sobre el derecho individual.

Por último, hay un rol del Estado en la toma de decisión política para favorecer y aun alentar este tipo de procesos de reemplazo de población, así como en la modificación de legislación y la flexibilización de permisos a favor de los grupos de mercado.

Con esto, lo que queda en evidencia es que un Estado que no sólo permite, sino que también propicia estas modificaciones, sin tener en cuenta los intereses de los ciudadanos, no solamente es parcial sino que además no considera a la ética como un valor a la hora de tomar decisiones.

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