La Otra Historia de Buenos Aires

 por Gabriel Luna

 Segundo Libro: 1636 – 1735
PARTE VI

Año 1641. La guerra entre España y Portugal tuvo su correlato en el Río de la Plata. Alcanzó hasta los confines del Imperio y también a la aldea de Trinidad y su puerto Buenos Ayres. Se esperaba una invasión portuguesa desde Brasil. Se esperaba un gobernador con experiencia militar para reemplazar al interino Pedro Rojas Acevedo, que era un veterano y acaudalado vecino de la Aldea, diestro en la política y el contrabando de esclavos pero no en el arte de la guerra. Y llegó para reemplazarlo Andrés Sandoval, designado por la Audiencia de Charcas, que había sido alguacil mayor, alcalde y procurador en Cuzco y Potosí.

Sandoval asumió en el Cabildo el 17 de julio de 1641. Entonces, ante la retirada de Rojas Acevedo, volvieron a integrarse al cuerpo capitular tras larga ausencia, el regidor perpetuo Juan Vergara y el alguacil mayor Francisco González Pacheco, ambos -como Acevedo- contrabandistas de esclavos africanos. Sin considerar estas incorporaciones ni los intereses vinculados, el nuevo gobernador fue a inspeccionar el Fuerte ubicado aproximadamente donde hoy está la Casa Rosada. El río llegaba entonces hasta las actuales avenidas Paseo Colón y Leandro N. Alem.

“Este fuerte llamado San Baltazar de Austria no es más que tapias de tierra muerta y derrumbada por algunas partes, descubierta y sin defensa ni seguridad para los soldados”, escribió Sandoval.[1] “Las piezas de artillería, las más dellas de hierro colado, están en el suelo; y las pocas que hay encabalgadas no están sobre carretones conforme el arte para usar dellas. Tampoco hay artilleros ni soldados suficientes para cualquiera invasión que se ofrezca, de suerte que todo está peligroso y arriesgado”.

Más allá de ese informe, escrito para pedir ayuda, lavarse las manos y cubrirse las espaldas, ocurría que Sandoval no era el hombre apropiado para la ocasión. Debido a la lentitud en las comunicaciones, había sido designado en Charcas antes de conocerse el Levantamiento de Portugal. Enterado el virrey del Perú, Pedro Toledo Leiva, resolvió el error mandando reemplazar a Sandoval por Jerónimo Luis Cabrera.

Mientras tanto -porque el cambio tardará tres meses en producirse- Sandoval hizo lo que pudo. Ordenó minuciosamente la artillería del Fuerte, aunque fuera improbable un ataque portugués en ese lugar por los bancos del río, prohibió a las embarcaciones acercarse a la playa sin su autorización -de hecho, capturó a la tripulación de un bajel pesquero y la encerró en la cárcel del Cabildo-. Y estableció un régimen de guardias, revistas, alardes y reseñas tan severo que impedía a los porteños ausentarse de la Aldea sin licencia del Gobernador. Semejante actividad militar sin enemigo a la vista, provocó perjuicios y reproches. Los vecinos, incluso los capitulares, no podían ir libremente a sus chácaras, estancias y puertos a ocuparse de sus negocios, debían dar explicaciones y así todo a veces Sandoval les negaba el permiso.

Esta cuestión, la de los hombres en maniobras militares y los negocios a veces clandestinos sin atender, genera un protagonismo de las mujeres. Las mujeres de la elite porteña se reúnen en la casa de María de Vega, esposa del reciente gobernador interino Pedro Rojas Acevedo e hija natural del banquero Diego de Vega quien fuera artífice del contrabando a gran escala en el Río de la Plata.[2] A la casa de María de Vega, ubicada en la esquina de las calles Mayor y San Francisco -actuales, Defensa y Moreno-, llegan para organizar los negocios en las estancias y los puertos clandestinos: María Guzmán Coronado, Ana Matos Encinas, Polonia Cáceres Ulloa, Isabel Tapia de Vargas, y también Isabel de la Cueva y Benavídez, la hija del gobernador Mendo de la Cueva, recién casada con el mercader portugués Acosta Alberguería.

Isabel de la Cueva y Benavídez vive a una cuadra de María Vega, en la esquina de Mayor y Santo Domingo -actuales Defensa y Belgrano- frente al convento Santo Domingo. Su interés por la reunión es muy particular, porque tiene marido portugués (un eventual enemigo de España) y ella al casarse le ha dado carta de vecindad, el derecho de comprar tierras y hacer negocios en el Río de la Plata. ¿Ahora deberá encargarse ella de los negocios? Isabel de la Cueva y Benavídez sale de su casa. La tarde es fría. Una rebaño de ovejas cubre la calle, se extiende pastando entre casas y baldíos hasta la Plaza Mayor. Son las ovejas del convento de los dominicos. Isabel va de tafetán gris y sombrero de plumas; camina entre las ovejas tocándolas, como si fueran un abrigo o tal vez un mensaje bíblico.

Buenos Ayres 29 de octubre de 1641. El nuevo gobernador Jerónimo Luis Cabrera llegó desde Santa Fe con ochenta jinetes armados para defender la Aldea. De inmediato levantó bastiones en la boca del Riachuelo y mandó construir tartanas para patrullar desde el río y las orillas. Cabrera, nieto del fundador de Córdoba, tenía experiencia militar pero no fue elegido sólo por eso. La cualidad principal era su ascendiente en los indígenas. El virrey creía, a la luz de lo ocurrido en la batalla de Mbororé, que un gran número de indios podría defender Buenos Aires en caso de invasión. Y también creía que el nuevo gobernador podría conseguir ese número de indios. Cabrera había participado en varias campañas contra los charrúas y los calchaquíes, había sometido y logrado alianzas con algunas tribus, mediante ayuda de los jesuitas, por negociaciones, mediante la guerra y también por la crueldad. Se decía de Jerónimo Luis Cabrera que había apresado en Famatina a un importante cacique calchaquí llamado Coronilla y que éste le había ofrecido como rescate cargar de oro a los soldados. “Yo no he salido de campaña a buscar oro sino a castigar traidores”, se decía que le había respondido Cabrera, y lo hizo despedazar entre cuatro caballos.[3]

La “integración” del indígena al Imperio, mediante la cruz, la espada y la crueldad, no servía solamente para ocupar un territorio. Los indígenas y los esclavos eran la fuerza de trabajo, la mano de obra del Imperio; servían para sostener a los españoles y portugueses en el territorio, para extraer las riquezas y sostener las metrópolis.

La guerra contra Portugal hacía disminuir el tráfico esclavo desde Brasil al Río de la Plata. De modo que, más allá de las razones militares, había que suplir el trabajo esclavo africano y hacían falta hombres como Cabrera para apropiarse del trabajo indígena.

Por la guerra, el rey Felipe IV ordena suspender a los portugueses que ejercen cargos públicos en todo el Imperio, desterrarlos a más de veinte leguas de los puertos y vigilarlos para prevenir alzamientos. En concordancia, Jerónimo Luis Cabrera dispone el registro y desarme en la gobernación del Río de la Plata. Se cuentan 108 portugueses en un total de 1500 vecinos.

El 2 de noviembre, el Cabildo eclesiástico notifica a los religiosos y clérigos portugueses que deben abandonar Buenos Ayres en un plazo de ocho días. El 13 de noviembre se nombra teniente de gobernador a Luis Aresti (el sobrino del temible obispo Aresti) que hasta entonces era almirante de todas las costas, ríos y mares desta república, y que apaña el tráfico de africanos. El 18 de noviembre la Iglesia pide cera al Cabildo para oficiar una novena de misas cantadas y oraciones por la limpia solución de lo acaecido en el reino de Portugal. El 26, los vecinos piden al Gobernador que los dispense de la guarda de la Ciudad al menos que haya enemigos a la vista. Las mujeres de la elite porteña se organizan para recibir la carga de esclavos en los puertos clandestinos. El 5 de diciembre hay una queja de Aresti porque las ovejas de los dominicos dañan la pastura de los caballos del Fuerte. El 10 de diciembre el alguacil González Pacheco pide a fray Fernando Mejía, el superior del convento de Santo Domingo, que retire las ovejas de las calles porque abrasan los pastos y porque tampoco es justo que dentro de la Ciudad se haga estancia de ganado. Y las ovejas, como los corderos de Dios que quitan los pecados del mundo, fueron retiradas y quedó el pecado.


[1] El nombre San Baltazar de Austria lo impuso el gobernador Dávila en honor al primogénito de Felipe IV en 1630, cuando remodeló el lugar por completo convirtiéndolo en fortaleza y presidio.

[2] Diego de Vega, Juan Vergara, Simón Valdez y Mateo Leal Ayala fundaron en 1609 una organización criminal llamada “El Cuadrilátero” dedicada a la extorsión, la estafa y el tráfico de esclavos. Se estudia esta organización y su inserción en la elite porteña en el libro La Otra Historia de Buenos Aires (1536-1635). Ed. Punto de Encuentro, 2010.

[3] Este episodio fue difundido por el jesuita Lozano, que acompañó a Cabrera en esa campaña (año 1633), y tomado por Vicente Sierra en su Historia de la Argentina, libro I, cap. 6.


La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

Parte I
Parte I (continuación)
Parte II
Parte II (continuación)
Parte III
Parte III (continuación)
Parte IV
Parte IV (continuación)
Parte V
Parte V  (continuación)
Parte V  (continuación)

 

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