La Otra Historia de Buenos Aires

Segundo Libro: 1636 – 1735
PARTE XI

por Gabriel Luna

Los escribanos, la historia y la realidad inventada. Algunos historiadores han recreado el primitivo Buenos Ayres según los datos exactos consignados por la elite porteña del siglo XVII. Había pocos letrados ajenos a esa elite y había todavía menos cronistas extranjeros. Los datos históricos provenían prácticamente de los escribanos, que hacían las actas de gobierno, los expedientes y los pleitos, los informes y los reclamos, los bandos, las actas capitulares, inmobiliarias, testamentarias… Los escribanos eran funcionarios reales, públicos, y también terratenientes, rentistas, mercaderes, hombres insertos en la elite porteña. Y esa elite porteña del siglo XVII -como se ha demostrado en el primer libro de La Otra Historia de Buenos Aires- era profundamente corrupta.
Se plantea así una dificultad para el historiador y para todo aquel que pretenda acercarse a la verdad de los hechos. Porque la corrupción de la época generó una realidad falsa sostenida por los datos de los escribanos. Hubo entonces otra realidad y hay otra historia. ¿Cómo contar esa historia? La dificultad no es sólo investigar si los datos son falsos o verdaderos, sino que los datos más importantes no existen. Los escribanos mintieron por omisión. No registraron la actividad en los puertos privados, el tráfico de esclavos negros, los fraudes, el contrabando de plata, los cohechos, los robos, las torturas y los asesinatos cometidos por la elite porteña.
De modo que para poder contar esa otra historia, se deben identificar las fuentes y sus intereses, confrontar los datos existentes, trabajar con fuentes indirectas, analizar las turbulencias políticas y seguir muy de cerca la economía de la Aldea a través de los patrimonios de los personajes históricos, consignados en las sucesiones testamentarias. Y aquí aparecen otra vez los escribanos, estas figuras “notables” encumbradas por el Imperio español para controlar y legalizar la apropiación de la riqueza. ¿Eran tan “notables” -o mejor dicho, tan nocivas-, estas figuras en el Buenos Aires colonial?

Un ejemplo entre varios, resulta el escribano mayor Alonso Agreda Vergara (1577-1649). Este personaje fue escribano público, escribano del Cabildo, tesorero de la Real Hacienda, procurador y síndico de la Ciudad, alférez real, escribano eclesiástico y escribano mayor de la Gobernación. Sin embargo, pese a los cargos solemnes y encumbrados, Agreda Vergara, la primera pluma de Buenos Ayres durante décadas e importante fuente historiográfica, era un criminal. Alonso Agreda Vergara, hermano del inefable Juan Vergara, fue tal como él: ladrón, intrigante, asesino, contrabandista de esclavos, acaudalado y miembro principal de la elite porteña. Y no sólo eso sino que “legalizó” u ocultó a través de su investidura los crímenes. Fuente muy cuestionable. ¿Qué hacen los historiadores al respecto? Básicamente, toman tres caminos: dedicarse al trabajo mencionado arriba, ignorar la esencia del período en cuestión, o seguir la mirada histórica de la elite porteña. Aquí se ha tomado el primer camino, me parece justo advertir las diferencias al lector.

Jacinto Lariz: ¿gobernador loco, ladrón, o justiciero? La mirada histórica de la elite porteña indica que Jacinto Lariz, gobernador del Río de la Plata desde 1646 a 1652, estaba loco. [1] También indica que fue libertino, déspota y ladrón, y señala los datos de un juicio de residencia. Pero la característica más importante era la locura, la locura violenta. Y esto tiene la conveniencia de invalidar absolutamente todos los actos del personaje. No considerar sus aciertos. Neutralizarlo. Hizo esto o aquello por ninguna razón, porque estaba loco. El resultado es que los historiadores con esta mirada -que son en realidad mayoría- pasan por el período de Lariz como por una nota amarillista: colorida, escandalosa, violenta, extravagante, entretenida, pero intrascendente. ¿Fue realmente así?

La imagen del gobernador libertino empieza cuando Lariz llega tarde a misa, propone cambios en una procesión y se ausenta durante un sermón. La característica de locura violenta empieza cuando Lariz impide por la fuerza que el obispo de la Mancha y Velasco instale un seminario sin autorización. Y aunque la medida de fuerza fuera exagerada, Lariz -como representante del rey- tuvo razón en cerrar el seminario, porque la obra debía tener autorización expresa del rey con intervención del Cabildo y del Gobernador. El Obispo hizo claro abuso de autoridad al instalarse. Sin embargo, aunque no hubo heridos ni graves daños en la clausura, el Obispo entabló querella civil y penal contra Lariz, y además lo excomulgó. Respecto a la clausura, al parecer Lariz tuvo razón porque, un año después, el rey no autorizó el seminario. [2]
La característica de locura crece cuando al año siguiente de su asunción, Lariz decidió hacer una excursión náutica a las misiones para descubrir el oro de los jesuitas. La elite porteña le pidió que no abandonara Buenos Ayres porque los holandeses podrían aprovechar su ausencia para invadir. El gobernador Lariz evaluó el riesgo, desestimó el pedido y partió a las misiones. No fue esto una osadía y menos una locura. El gobernador anterior, Jerónimo Luis Cabrera, había mejorado convenientemente las defensas de la Aldea. Y esto, sumado a la poca profundidad del río y al viento Pampero, que soplaba en invierno -cuando Lariz había decidido partir-, hacían improbable la invasión. [3] Tampoco era una locura considerar que los jesuitas podían estar explotando minas de oro a espaldas de la Corona. Tenían suficiente fuerza de trabajo, las misiones eran entidades autónomas donde no entraban los seglares, se extendían numerosas por los ríos hasta Brasil, de modo que podían contrabandear el metal, y estaban demasiado lejos para ser vigiladas. Pero además, el objetivo concreto de Lariz era evaluar el tributo que cada indio -como cada siervo- debía pagar al Imperio. Por eso llevó con él al contador Lavayén, un recaudador; y por eso escribió al rey un detallado informe sobre los indígenas de las misiones, especificando quiénes estaban en condiciones de pagar tributo, y hasta recomendando un monto.[4]
Lariz no descubrió el oro jesuita, pero sí la extensa riqueza mal habida de la elite porteña. Y tal vez por tomar una parte, tal vez por un afán de justicia, o por ambas cosas, enfrentó a esa matriz mafiosa. Empezó en enero de 1648. Se apoderó abruptamente de Juan Vergara, un anciano medio ciego de 83 años, le quitó los bienes y lo mandó desterrado a Mendoza en una carreta con jaula, imponiéndole el penoso viaje estival de un mes, cubierto solamente por un camisón. Tales son algunos de los datos, vertidos por el escribano Agreda Vergara y consignados por el historiador Enrique Peña, que demostrarían abusos y un estado de demencia violenta en el gobernador Lariz. [5] Sin embargo Juan Vergara era un criminal y en esa época no había libertades ni derechos individuales. Dice sobre este episodio el historiador Raúl Molina: “Juan Vergara alcanzó a vivir dos años más, en medio de las mayores privaciones. Falleció en Mendoza el 31 de octubre de 1650, lejos de los suyos y de sus treinta y ocho estancias, setenta y cinco esclavos y hermosas casas, resultado de sus contrabandos y robos a la Real Hacienda”.
Otro asunto agitado por la historiografía de la elite porteña para demostrar la demencia y turbulencia de Lariz fue el caso de la mesa de truques de Francisco González Pacheco. Se trataba de una mesa de juego, antecesora del pool y el billar, donde se combinaban la habilidad y el azar y se apostaba dinero. Lariz mandó llevar la mesa de truques al Fuerte y la hizo pedazos con un martillo. En el juicio de residencia fue condenado a pagar 3000 pesos a González Pacheco, “por privarlo de su fuente de sustento”. Lo que no dice esta historiografía es que González Pacheco tenía garito y burdel -donde estaba la mesa-, y que además González Pacheco era el alguacil mayor de Buenos Ayres, cargo similar a comisario general de la Policía Federal en la actualidad. Tampoco dice esa historiografía que Lariz no sólo había destruido la mesa, también había destituido al alguacil mayor por corrupción e incompatibilidad de oficios. [6] Proxeneta, dueño de garito, tahúr y comisario.

(Continuará…)

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[1]Comparten esta mirada los historiadores Enrique Peña, Torre Revello y Vicente Sierra, quien además caracteriza a Lariz de atrabiliario y déspota.
[2]El incidente ha sido contado en La Otra Historia de Buenos Aires, Parte IX, Periódico VAS Nº 57.
[3]De hecho, los arribos de navíos a Buenos Aires solían suceder en verano por causa del Pampero.
[4]La crónica de la expedición a las misiones y un fragmento del informe están en La Otra Historia de Buenos Aires, Parte IX B, Periódico VAS Nº 58.
[5]La recreación de la captura de Juan Vergara se hace en La Otra Historia de Buenos Aires, Parte X, Periódico VAS Nº 59.
[6]Sobre el origen de ese burdel y la mesa de truques véase La Otra Historia de Buenos Aires, Parte VI, Ed. Punto de Encuentro, 2010.

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La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

Parte I
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Parte III (continuación)
Parte IV
Parte IV (continuación)
Parte V
Parte V (continuación)
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Parte VI
Parte VI (continuación)
Parte VII
Parte VII (continuación)
Parte VIII
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Parte IX
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