La Otra Historia de Buenos Aires

Segundo Libro
PARTE XII – B

por Gabriel Luna

Año 1650. Si bien el corrupto pero justiciero gobernador Lariz había logrado -tras mucho presionar y castigar- un pacto precario con la elite porteña, le fue imposible pactar con la Iglesia. No se aseguraba entonces el orden social en la Aldea. La estructura del poder en la primitiva Buenos Aires tenía tres ejes: el gobernador, que dirigía el ejército y administraba justicia; el Cabildo, formado por la elite porteña, que manejaba el comercio y la economía vecinal; y la Iglesia, que era la herramienta ideológica para el sometimiento indígena y la contención social. Hacía falta equilibrio y coordinación entre los poderes. Lariz había pactado con la elite porteña desde un reconocimiento mutuo de la ambición y la corrupción de cada cual. La elite y Lariz aceptaban sus pecados en aras del beneficio, pero no la Iglesia. Aunque la Iglesia, además de los impuestos y limosnas, se sostenía con el trabajo esclavo. [1]
Lariz fue excomulgado tres veces. La primera vez, fue cuando frustró la ambición del obispo Cristóbal de la Mancha, que quería fundar un seminario en la Aldea sin la correspondiente autorización real. [2] La segunda excomunión sucedió porque el clérigo y vicario capitular Lucas Sosa Escobar denunció un contrabando del Gobernador. Entonces Lariz castigó al padre del denunciante por contrabandista [3]-como un llamado a considerar los pecados propios antes que los ajenos-; pero además, lanzó un bando polémico donde ordenaba para evitar las denuncias, “que no se admitan en el fuero real a los sacerdotes”. Pregón dicho por Diego Riveros el 5 de agosto de 1649. La medida iba más allá: no permitía a los sacerdotes cumplir la función de albaceas en las actas testamentarias, un recurso económico importante de la Iglesia. De hecho, la casa donde iba a fundarse el seminario había sido transferida a la Iglesia mediante la manipulación testamentaria de un sacerdote albacea, que seducía a los moribundos trocando parcelas de cielo por bienes inmuebles terrestres. Pero el obispo de la Mancha, no hizo honor a su apellido aceptando ese pecado, fue incapaz de negociar. Entonces, celoso de los bienes terrenos que perdería la Iglesia, excomulgó a Lariz, y no sólo eso, también excomulgó al escribano que había suscrito el auto, [4] a quienes lo secundaron y hasta al pregonero, e hizo inscribir sus nombres en las tablillas de los templos para negarles la entrada.

No obstante las excomuniones, el obispo de la Mancha montó una cruzada contra Lariz. Escribió cartas a la Audiencia de Charcas, al virrey Salvatierra, y al mismísimo rey. Decía al rey que: “Lariz es incapaz de hacer gobierno político y su natural dote sólo sirve para ministro de guerra contra los infieles, pero con superior cerca”. Agregaba que “no sabía latín” -signo de limitación cultural para la época- “ni había tenido curso más que de soldado, aunque había aprendido por su cuenta el oficio de contar monedas ajenas y el hábito de borracho pendenciero”. Y concluía: “De poder elegir, sería mejor suerte vivir entre moros y no en compañía de Lariz”.
La Audiencia de Charcas declaró nulo el polémico auto que le quitaba a los sacerdotes los fueros reales, pero ordenó al Obispo suspender la excomunión de Lariz y de todos los demás. Fueron entonces absueltos Lariz y los otros, mediante ceremonia solemne en la catedral. Sin embargo, la cruzada contra Lariz continuó. El clérigo y vicario capitular Lucas Sosa Escobar -mano derecha del Obispo- fue el encargado de encontrar los indicios, juntar las “pruebas”, procesarlas y difundirlas. Lucas Sosa tenía experiencia en esto, había hecho el mismo trabajo hace más de diez años junto al obispo Aresti para socavar y condenar al entonces gobernador Dávila por faltar al sexto mandamiento. Los indicios eran que el gobernador Lariz solía exhibirse semidesnudo en las tardes de estío mientras dormía la siesta sobre los bancos que había mandado construir junto al Fuerte. De esto, Lucas Sosa Escobar deducía la promiscuidad del Gobernador y su gusto por las mujeres livianas. El juez eclesiástico decía en sus sermones haber descubierto muchos hijos naturales de Lariz; pero dio cuenta sólo de dos, los que conocía toda la Aldea: Jacinto de Lariz y Francisca de Lariz: las “pruebas” tangibles del pecado, ambos habidos en Francisca Martínez, soltera y relacionada, según el clérigo, con “La Reinita” Rodríguez, meretriz reconocida con burdel en el arrabal de Taco Verde -la zona donde hoy está el Obelisco y el Centro de la Ciudad-. Fustigaba Lucas Sosa Escobar desde el púlpito, blandiendo la ira divina, los ejemplos de Sodoma y Gomorra, y condenando al Gobernador al fuego eterno. No contaba a favor, que Lariz hubiera puesto su nombre a los hijos, que proveyera manutención y que montara una casa de cuatro aposentos con zaguán y corral a Francisca Martínez. El juez castigaba y pedía a los fieles que también lo hicieran, para salvar la Aldea del escarmiento eterno. Había que condenar a un pecador para salvar a todos del abismo. Así funcionaba el cristianismo de la época, anclado en el miedo y en una víctima redentora. Así había funcionado hace más de diez años, cuando el juez eclesiástico Escobar y el obispo Aresti habían tendido este mecanismo sobre el gobernador Dávila, y Dávila había huido de Buenos Ayres a escondidas para evitar el castigo.

El secreto mejor guardado. Semejante manipulación de la realidad, intrigas, rastreos y persecuciones, no dejan a nadie indemne. Tal fue el caso del escrupuloso clérigo Lucas Sosa Escobar, que espiando a la bella María Guzmán Coronado, señora principal de la Aldea y amante del gobernador Dávila, la vio una vez desnuda y jamás pudo olvidarla.
María Guzmán baila descalza una zarabanda, vestida como una virgen de Murillo en un patio de jazmines con baldosas rojas. Escobar atisba desde un tejado lo que parece en principio una escena edénica: el movimiento de la cabellera rubia, el manto piadoso, los dibujos lentos de los pies en las baldosas. Hasta que la danza se agita como un viento, vuela el manto azul. Y queda María Guzmán en leve túnica de lienzo, los hombros descubiertos, las manos moviéndose como pájaros. Respira entrecortado Escobar, sin dar crédito a sus ojos. Gira la mujer en las pupilas del clérigo como una danza profana. Gira y gira, meciéndolo con un viento cálido, hasta que María Guzmán se detiene inexplicablemente, porque acaba la zarabanda o tal vez el mundo. Ella permanece erguida, los brazos extendidos hacia arriba, las piernas juntas. Y la túnica se desliza por el cuerpo y cae sobre las baldosas, rodeando los pies de la bailarina. Sosa Escobar no respira. Ese cuerpo resplandece. “Los pechos como cabritos mellizos paciendo entre los jazmines”, cita el cura. Pero la Biblia no alcanza a explicar lo que siente. La cabellera rubia, los pezones color canela, las caderas anchas, los muslos firmes de María Guzmán Coronado lo han atrapado para siempre. La mujer desnuda llegaba a él como una revelación: a través de una virgen de Murillo.
Varios años luchó el clérigo contra la tentación. Aunque, a decir verdad, la oportunidad era poca. La señora María Guzmán atendía negocios ultramarinos, hacía tertulias notables, fiestas procaces, y tenía varios amantes. Sosa Escobar lo sabía y sufría, porque vivía a dos paredes de por medio. De modo que el triste cura, sin esperanza pero atormentado, pasaba sus días entre la masturbación, el arrepentimiento y el flagelo. Y trataba de endurecer su alma ejerciendo de juez eclesiástico, dando sermones iracundos, convirtiéndose en árbitro y guardián moral de la Aldea. Hasta que una tarde, María Guzmán Coronado lo llamó para confesarse.
El cura atraviesa el salón de las tertulias, un patio de naranjos, otro salón con bibliotecas, y no cabe de gozo al ser conducido por el mismísimo patio de jazmines con baldosas rojas hasta el estrado de la Señora, dominado por un óleo de la Inmaculada Concepción. Le tiemblan las piernas. ¡La Señora es más hermosa que la Virgen! La mirada glauca de María Guzmán lo derrumba. Y en vez de confesar ella, el cura confiesa su amor y su tormento, la voz trémula, los ojos húmedos. Sonríe María Guzmán, le acaricia la cabeza. Y el desgraciado libera su pena, llora y berrea como un niño inconsolable. Entonces ella le muestra una teta con pezón canela. Calla Escobar ante el prodigio, acaricia, besa, palpa, sorbe. La mujer suspira, vuelve a suspirar, abre la falda y mete la cabeza del cura entre sus piernas.

Lucas Sosa Escobar, el clérigo canónigo, vicario y guardián moral de la Aldea, rompió votos sagrados y traicionó sus propios sermones. Tuvo con María Guzmán Coronado una hija, que nunca reconoció ni mantuvo -al revés de lo que hizo Lariz con sus hijos-. El clérigo, además de hipócrita, era ruin. La niña blanca y rubia se llamó María de Guzmán, y fue entregada por el clérigo Escobar a Luis Villegas, mayordomo de la catedral y carpintero, quien la crió con su familia en una casa del arrabal de Taco Verde y nunca delató al clérigo, tampoco María Guzmán Coronado. Fue el secreto mejor guardado. De haberlo conocido el gobernador Lariz, hubiera podido pactar con la Iglesia y cambiar su destino.

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[1] Tómese como ejemplo la estancia que tenían los jesuitas en Areco, donde trabajaban decenas de esclavos africanos traídos de contrabando. La estancia, a 100 km. de la Aldea, formó parte del actual Colegio de Buenos Aires, también fundado por los jesuitas. Dato del libro “El Río de la Plata: de colonias a naciones independientes” de Roberto Pablo Payró, Alianza Editorial, 2006.
[2] El episodio ha sido contado en La Otra Historia de Buenos Aires, Segundo Libro, Parte IX, Periódico VAS Nº 57.
[3 ]Ver La Otra Historia de Buenos Aires, Segundo Libro, Parte XII, Periódico VAS Nº 63.
[4] Se trataba del escribano Gregorio Martínez Campuzano, creador del escudo de la Ciudad.

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La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

Parte I
Parte I (continuación)
Parte II
Parte II (continuación)
Parte III
Parte III (continuación)
Parte IV
Parte IV (continuación)
Parte V
Parte V (continuación)
Parte V (continuación)
Parte VI
Parte VI (continuación)
Parte VII
Parte VII (continuación)
Parte VIII
Parte VIII (continuación)
Parte IX
Parte IX (continuación)
Parte X
Parte XI

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