La Otra Historia de Buenos Aires

Segundo Libro
Parte XIII

por Gabriel Luna

La Peste. Buenos Ayres, años 1651 y 1652. La tercera excomunión del gobernador Jacinto Lariz fue por violar el “asilo en sagrado” para encarcelar a un fraile y por ultrajar públicamente el hábito de una orden religiosa. Pero en realidad, la excomunión de Lariz estuvo relacionada con el contrabando.
A pesar de la guerra entre España y Portugal, que impedía el comercio entre Brasil y el Río de la Plata, Lariz había hecho un acuerdo privado con el gobernador de Bahía Salvador Correa. Éste enviaría una carga de esclavos negros a Buenos Ayres, que era un tráfico prohibido por la Corona, aún en tiempos de paz. Lariz denunciaría el envío, la carga iría a subasta pública, la elite porteña compraría los esclavos e indemnizaría por otra vía a los dueños, la Corona ganaría dos tercios del producido en la subasta. Y el tercio restante sería para Lariz, en recompensa por la denuncia, quien lo repartiría con Correa. El negocio resultaba brillante para todos, pero a veces quedaban afuera la tripulación de los navíos y la Iglesia.
Tal fue lo sucedido con un fraile capuchino que viajaba en uno de los navíos embargados y reclamó derechos de propiedad sobre los esclavos. Lariz mandó a despojar al fraile del hábito, lo deportó a Chile, e hizo encarcelar a la tripulación que resistiera o protestara contra el embargo. Fue notable el caso del capitán Antonio Martínez, quien buscó refugio en el convento de los dominicos -en la actual esquina de Belgrano y Defensa- y tomó los hábitos de la orden e hizo clausura. Pero no bastó. Lariz irrumpió en el convento, armado con guardia de venablos, violando el “asilo en sagrado”, para darle cárcel. Y el Obispo excomulgó a Lariz por tercera vez.

María Guzmán Coronado, la bella y rubia dama de Buenos Ayres, es también la más rica e independiente. Nunca se ha casado, pero tuvo hasta ahora -a los 41 años- seis hijos de padres distintos, numerosos amantes e incontables admiradores. El primero de sus hijos lo tuvo hace veinte años con el gobernador del Río de la Plata Esteban Dávila. Luego pasaron por su cama terratenientes, soldados y generales, otro gobernador, prósperos mercaderes, escribanos, capitulares, un joyero, y hasta un cura: el vicario de la diócesis, clérigo canónico, juez eclesiástico y guardián moral de Buenos Ayres: don Lucas Sosa Escobar, con quien tuvo relaciones secretas y una hija, que el clérigo nunca reconoció.
María Guzmán Coronado vive en la mejor zona de la Aldea, frente a la Plaza Mayor -hoy, Plaza de Mayo- en lujosa casa de tejas con salón y dos patios -regalo del gobernador Dávila-, ubicada a la par de la catedral y con discreto pasaje, para comodidad del clérigo Sosa Escobar y otros visitantes. María Guzmán le pone su nombre al más prestigioso salón de Buenos Ayres, donde se celebran la vida social, el arte, los negocios, y también furtivos encuentros sentimentales, según la ocasión, necesidades y conveniencias. La casa tiene un cuarto del tesoro, donde María ha acumulado -en piedras, perlas y monedas- el agradecimiento de sus amantes, los servicios de celestina, y el producto de sus propios negocios. Es dueña de una chácara y una estancia en Arrecifes y se dedica -además de las actividades sociales- al contrabando, como toda la elite porteña.

Lariz era corrupto pero practicaba ciertas formas legales y también tenía límites éticos. No toleró, por ejemplo, que, Francisco González Pacheco, el alguacil mayor de la Ciudad -una suerte de comisario general de policía- tuviera casino, prostíbulo, y además fuera proxeneta. Lariz no podía hacerle estas imputaciones. Lo suspendió del cargo por edad avanzada y porque se le escapaban los presos.
La corrupción era una moneda corriente de la época, y hasta la moneda corriente se adulteraba. En Potosí se acuñaba moneda de baja fineza -hasta un 25% menos de lo estipulado por ley-, un fraude escandaloso tramado por el alcalde y otros funcionarios. La corrupción crecía a la par de la pobreza, los vicios, la trata, el contrabando, la violencia, la explotación, la basura, y la cantidad de iglesias indígenas. Todo era tan perverso y desquiciado que cuando llegó la peste varios pensaron que se trataba de un castigo divino. Y otros vieron la oportunidad de incendiar la Aldea con todos sus males, arrasarla de cuajo -como había hecho Irala tras la primera fundación- para empezar una nueva historia en otro lugar, con otros cimientos -como también había querido Hernandarias-, para construir desde el centro de la tierra y no desde los puertos.
La peste llegó en el verano de 1652, antes había llegado en 1642, antes en 1621… Quizás no fuera un castigo divino por la corrupción, pero la peste venía en los barcos, según aumentaba el tráfico de contrabando esclavo, y se difundía en la pobreza creada por la corrupción. Verificada la enfermedad por el cirujano Alonso Garro, el único médico de la Aldea, la costumbre endémica indicaba tres cosas: la elite porteña huía a sus estancias; la iglesia organizaba procesiones y administraba óleos y sacramentos; y el gobernador disponía del ejército para evitar los saqueos, cavar fosas comunes, e implementar medidas sanitarias. Llama la atención en esta peste particular una orden tajante de Lariz tras reunirse con el médico Alonso Garro: el rapado inmediato de cabellos, cejas y barbas. Sufrieron esta medida como un ultraje: el terrateniente Alonso Guerrero (h), el alcalde Jacinto Vela de Hinojosa, el escribano Gómez Gayoso, y otros integrantes de la elite porteña renuentes a dejar la Aldea. A tal punto fue la afrenta, que trascendió el contexto. Los historiadores partidarios de la elite interpretaron la medida como otro de los arrebatos despóticos de Lariz para humillar a los vecinos, sin mencionar una palabra de la peste. Lo cierto era que el médico Alonso Garro aconsejó la higiene y Lariz ya se había rapado para no anidar piojos, pulgas y garrapatas cuando había peleado en los pantanos de Flandes. Sin saberlo, ambos estuvieron cerca de descubrir la transmisión de la enfermedad. Porque el tifus exantemático -nombre actual y específico de esta peste- se transmite a través de los piojos infectados, que cuando pican defecan a su vez bacterias rickettsias. Y el contagio se produce al triturar el piojo en el lugar de la picadura o al rascarse, cuando las heces con rickettsias entran en contacto con la sangre.

La casa de tejas ubicada a la par de la catedral está abierta. Entre candelabros de plata, tapices de Flandes y cristales venecianos, hay ahora rústicas literas en línea, enfermos. Todo el salón del frente, antes dedicado al banquete, la alegría, el baile, la risa, el teatro, la seducción y el brillo, ahora está decolorado y casi silencioso, hay filas de literas, rumor de oraciones y dolor como en una iglesia. Más allá, después de dos patios, otro salón y una biblioteca con bufete, yace María Guzmán Coronado en la habitación principal de la casa. Está sobre cuja de jacarandá, entre sábanas de Holanda, cubierta de mantas indias y rodeada de braseros -aunque recién termina el verano-, porque tiene escalofríos. A veces le duele la cabeza, tiene fiebre, le duele la espalda. A veces delira, se levanta, siente calor y se desnuda, tiene todo el cuerpo con erupciones salvo en la cara y las palmas de las manos. Va al bufete, escribe, siente frío y vuelve a la cama.
Está acostada por primera vez en esa cama junto al gobernador Dávila, siente un orgasmo, huele a jazmín, pero cuando abre los ojos ve al clérigo Lucas Sosa Escobar con casulla morada, cáliz y óleo. No hay nadie más que ellos dos. María Guzmán da un respingo, los han dejado a solas para que el cura le administre los sacramentos. María ríe. Anda, Lucas. ¿No creerás de verdad en los óleos y la sangre divina?, le dice a quien fuera su amante. Anda, Lucas. ¿A qué has venido? El clérigo vacila. Mi hija, murmura. María Guzmán lo detiene con un gesto: Tu hija no te conviene, y tú a ella tampoco. Me iré con el secreto, quédate en paz. El cura quiere abrazarla pero no se anima por el contagio. También he venido a despedirme… y para ayudar, ¡voto a Cristo! María cierra los ojos, le duele la espalda. Se imagina sentada amamantando a su primer hijo. Quisiera, dice el cura, que tú también quedes en paz… Pues yo estoy en paz, dice María, aunque me vaya no sé adonde. Sosa Escobar tiene los ojos húmedos. ¡Eres cómo una Virgen!, le dice. María Guzmán abre los ojos y ríe. Tose y vuelve a reír, le cuesta respirar. Toda mi vida quise ser una virgen… ¡para concebir sin pecado!
María Guzmán Coronado murió el 23 de marzo de 1652 a los cuarenta y un años, recién comenzado el otoño.

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La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

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