La Otra Historia de Buenos Aires

por Gabriel Luna

PARTE XV B

No hubo conquista sino invasión. La conquista supone ganar un territorio mediante una guerra entre naciones, supone un enfrentamiento entre ejércitos o entidades similares. La palabra “conquista” da cierta legitimidad, se relaciona incluso con seducción.

El triunfador “gana” por sus fuerzas, habilidades y seducciones un territorio con todo lo que contiene, y un poder sobre el cuerpo del vencido. Esto -aunque parezca insólito- se acepta lógicamente, como si se tratara de un juego con reglas ya establecidas. Pero no hay reglas ni aceptación en el caso del virreinato del Perú. No hay juego de tronos ni de conquista. Hay sojuzgamiento, castigo, muerte, trabajo esclavo, apropiación y agotamiento de la tierra, y extracción desmesurada de recursos no renovables -como también ocurre en la actualidad con las corporaciones agro-mineras del Primer Mundo que operan en América Latina-(1).
La invasión española siempre fue resistida. En 1632 los indígenas del Gran Chaco se alzaron contra los encomenderos por sus abusos -había entonces más de 1200 indígenas en encomiendas-(2). Varias tribus, los tocaques, los hohomas, los vilos, los colastinés, sitiaron Concepción del Bermejo, que era la aldea más importante de la provincia del Río de la Plata después de Buenos Ayres. Las tribus vencieron una tropa española fuertemente armada, enviada desde Buenos Ayres para romper el sitio, tomaron Concepción del Bermejo y perdonaron la vida de los habitantes, quienes se dirigieron en penosa procesión a Corrientes. La resistencia indígena continuó. En 1638 hubo una revuelta calchaquí que fue sofocada por el gobernador Mendo de la Cueva. Y a mediados de 1655 hubo una gran rebelión de varias tribus en Corrientes y Santa Fe. Los hometes, chaguastas, guaycurúes, dehabastas y calchaquíes se alzaron contra el apoderamiento de la tierra y el abuso y la crueldad de los encomenderos.

La noticia del alzamiento llega a Buenos Ayres en agosto de 1655. La posibilidad de que los indígenas tomen la aldea de Corrientes o de Santa Fe y luego avancen hacia el Río de la Plata aflige a los porteños. Pero no al gobernador Baygorri. Aunque parezca sorprendente, Baygorri celebra la noticia. Está harto de las intrigas del Obispo y del tedio de la Aldea. Baygorri es un hombre de armas, ha sido maestre de campo en Flandes, prefiere la estrategia y la guerra a oír las menudencias que trata el Cabildo, de hecho evita el Cabildo, da parte de enfermo. Tampoco le atraen las tertulias ni la oferta de mujeres, le gustan los hombres. De modo que está mejor en el Fuerte entre la soldadesca, más protegido de la maledicencia y lejos de los espías del Obispo. Además disfruta los honores y jerarquías de la guerra. Baygorri se reúne de inmediato con Juan Arias de Saavedra, su teniente de gobernador en Corrientes -que estaba en Buenos Ayres porque había sido llamado, precisamente, a raíz de un pleito entre misioneros y encomenderos por el abuso de indígenas- (3). Y también se reúne con su amigo el jesuita Juan de la Guardia, rector del colegio de Buenos Aires de la Compañía de Jesús.
El 10 de agosto de 1655, Baygorri anuncia su viaje a las reducciones jesuitas de Paraná y Uruguay y nombra a Arias de Saavedra capitán de guerra de Corrientes y Santa Fe. La estrategia es hacer un ejército con vecinos e indígenas de las reducciones que, sumado a la soldadesca, rodee a los insumisos y les ataque desde varios frentes. El Cabildo pide al Gobernador “que no haga ese penoso viaje a las reducciones, distantes a más de 200 leguas, por la enfermedad que como es sabido lo ha ausentado de las sesiones capitulares, por su mucha edad, y por estar a su custodia la guarda y defensa deste puerto”. Esta última resulta la razón de peso para la elite porteña, que no soporta la indefensión aunque mueran correntinos y santafesinos. Baygorri confirma el viaje y estrecha relaciones con el capitán Saavedra. No soporta el tedio ni la indolencia de la Aldea. “Tanta es la dejadez”, comenta, “que la catedral tiene la campana atada a un palo en la plaza, a voluntad de cuanto mocerío la quiera tocar con gran indecencia”.

El ejército misionero había nacido en el Río de la Plata impulsado primero por los jesuitas y después por el gobernador Mendo de la Cueva, quien le dio armas, instrucción, y lo utilizó para sofocar la rebelión calchaquí de 1638. La idea de formar un ejército indígena comandado por caciques y padres jesuitas para pelear por los intereses de la Corona, había sido resistida durante mucho tiempo por los gobernadores. Era peligroso armar a los indios y también dar un ejército a los jesuitas. El ejército misionero se concretó para defender a las misiones de los bandeirantes, que entraban a la Mesopotamia para apropiarse de los indígenas y venderlos como esclavos en Brasil. Tuvo su bautismo de fuego en la gran batalla anfibia de Mbororé que puso fin a las excursiones de los bandeirantes y a una consecuente invasión portuguesa.(4)
Por eso Baygorri viaja a las reducciones y pide ayuda al superior jesuita Francisco Díaz Taño -forjador del ejército misionero que triunfó en Mbororé-. Y tiene peso el pedido de Baygorri, no sólo por ser el gobernador del Río de la Plata sino porque Baygorri ha tomado posición a favor de los jesuitas frente a la pretensión del Obispo de Buenos Aires de extender su poder hasta las misiones (1). La cuestión de fondo es siempre apoderarse de la fuerza de trabajo indígena. Y aquí sí, en las reducciones, en estas parcelas aisladas casi autónomas del Imperio, puede hablarse de la conquista. Los jesuitas querían hacer en sus misiones del Nuevo Mundo una suerte de paraísos terrenales. Veían la selva pródiga y fantástica. Veían en los naturales la posibilidad del hombre primigenio, ajeno de las corrupciones europeas. Querían volver al paraíso bíblico, abolir el pecado original, modelar otro Adán, construir el cielo, la bienaventuranza, querían ser como dioses. Semejante sueño, ideología o delirio sedujo a los indígenas, los conquistó. Y fueron mano de obra dócil para labrar los campos, recoger los frutos, levantar los templos. Y hasta tomaron las armas contra otros indígenas que resistían la invasión española.

Juan Arias de Saavedra, tras breve alojamiento con Baygorri en el Fuerte de Buenos Ayres, parte en campaña contra los insumisos. El grueso de su tropa son 350 hombres del ejército misionero al mando del cacique Marcelo Mendo y de los padres jesuitas Diego Suárez y Juan Rojas. La estrategia es hacer un cerco. Arias de Saavedra centra la acción en Corrientes y logra dominar a varias tribus. Pero los calchaquíes eluden el cerco, atacan la aldea de Santa Fe y toman las estancias de la zona. Una de éstas pertenece a Arias Saavedra, los calchaquíes matan a su hijo mayor y al capataz de la estancia. Saavedra reúne las milicias de Corrientes y espera la llegada de una tropa no muy numerosa pero bien pertrechada de Santiago del Estero -refuerzo que había gestionado Baygorri, adelantándose a los hechos-. Con esta armada variopinta de soldadesca española, milicias criollas y ejército indígena, Saavedra entra a Santa Fe y persigue durante tres meses a los calchaquíes, que se le escapan de las manos. Levanta una fortaleza para defender Santa Fe, que pone el nombre de Fuerte Baygorri, y gracias a un ardid de los indígenas misioneros puede capturar al cacique calchaquí Francisco López.
Arias de Saavedra dio fin a la campaña el 20 de abril de 1656. Ese día envió de vuelta al ejército misionero, encargando al cacique Marcelo Mendo que expresara su satisfacción por las habilidades de la tropa y los servicios prestados al padre superior jesuita Francisco Díaz Taño, y despachó una carta al Gobernador donde daba cuenta de la campaña. “Los he perseguido por selvas y desiertos hasta que hoy, por la bondad de Dios, tengo hecho el castigo y la pacificación desta provincia, porque los he degollado e ajusticiado en gran número”. Y Juan Arias de Saavedra pasó dos meses organizando el fuerte, que bautizó Baygorri. En honor del Gobernador que le dio el mando de la expedición y lo nombró capitán de guerra de Corrientes y Santa Fe, quien buscó a los misioneros, dispuso el refuerzo necesario, quien le enseñó estrategias, flagelos y también ternuras, en aquel otro fuerte de Buenos Ayres.

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  1.   Los españoles tardaron dos siglos en agotar el cerro de plata de Potosí -no pudieron hacerlo más rápido-, con la tecnología actual habrían tardado 20 años.
  2. La encomienda era un pacto feudal. Se consideraba a los indígenas como vasallos menores de la Corona y se los entregaba a los vecinos principales para enseñarles la “doctrina” -los usos y costumbres españolas- a cambio de servidumbre.
  3. Véase “La Otra Historia de Buenos Aires”, Libro Segundo, Parte XV, Periódico VAS Nº 67.
  4. Esta asombrosa batalla ha sido contada en “La Otra Historia de Buenos Aires”, Libro Segundo, Parte V (C), Periódico VAS Nº 50.
  5. El Obispo quería convertir las misiones jesuitas en parroquias imponiéndoles curas regulares. Véase “La Otra Historia de Buenos Aires”, Libro Segundo, Parte XV, Periódico VAS Nº 67.
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    La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)Parte I
    Parte I (continuación)
    Parte II
    Parte II (continuación)
    Parte III
    Parte III (continuación)
    Parte IV
    Parte IV (continuación)
    Parte V
    Parte V (continuación)
    Parte V (continuación)
    Parte VI
    Parte VI (continuación)
    Parte VII
    Parte VII (continuación)
    Parte VIII
    Parte VIII (continuación)
    Parte IX
    Parte IX (continuación)
    Parte X
    Parte XI
    Parte XII
    Parte XIII
    Parte XIV
    Parte XV

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