La Otra Historia de Buenos Aires

Segundo Libro
PARTE XIX

por Gabriel Luna

Años 1659 y 1662

Partiendo de Cádiz y tras ciento cinco días de navegación, el agua oceánica se sosiega y cambia de color, olor y sabor. Se ve un gran río, mucho mayor que el Sena y el Guadalquivir, tan grande que parece tuviera una sola orilla, llamado Río del Plata. Aunque da impresión cobriza más que plateada. Luego se ve la isla San Gabriel, como una mancha o una nube pequeña suspendida en el agua, que podría ocultar a cuatro bajeles. Y luego, mucho después, recién aparece la otra orilla, el contorno celeste continental sin límites donde destaca una meseta. Allí está el destino: la ciudad de Trinidad y puerto de Buenos Ayres. Una hilera distendida de casas y árboles en la desmesura. Poniendo proa hacia la construcción más notable, hay a estribor (a la derecha) una barranca, a babor (a la izquierda) otra, y aparece a continuación de ésta una entrada de agua hacia la tierra, como un río menor, que puede servir para guarecer los navíos de tormentas o piratas.
Entre las barrancas dista una legua y la hilera de casas mide menos de media legua. Ya más cerca, se ve que la construcción notable tiene forma de estrella de cinco puntas, con terraplenes y altos muros almenados y artillados. Un Fuerte. Junto al Fuerte hay un navío anclado, y tras el navío se ve un muelle precario y una casa de madera cerca del agua: una aduana. El navío tiene tres palos y bandera holandesa. En la playa hay botes, gentes junto a los botes, carretas y redes. Y siguiendo la línea de la playa, sobre la barranca a babor, hay otro fuerte más pequeño de figura cuadrada, para defender la costa y la entrada del río menor. Destacan en la hilera de casas dos molinos, un galpón y cuatro iglesias o conventos. Y se ve con catalejos, al borde de la meseta y entre los dos fuertes, tres cañones montados sobre carretas.

La Ciudad o mejor llamada Aldea son 450 casas dispersas en un centenar de manzanas. Son casas de una planta, de modo que pueden vigilarse fácilmente desde el Fuerte principal o desde las cuatro iglesias. El conjunto es una franja oblonga al borde de la meseta con calles de norte a sur y trasversales de este a oeste. Su centro social y comercial es la Plaza Mayor, donde confluyen la catedral, las tiendas, el Cabildo, el casino de oficiales, el colegio de los jesuitas y el Fuerte. De las 450 casas hay 100 de ladrillo y teja que corresponden a las familias más ricas y están cerca de la Plaza Mayor. Las otras 350 son de adobe, techadas con paja y caña, y están más lejos y en los arrabales.
Las 100 familias más ricas son de armadores y mercaderes, y tienen fortunas estimadas entre 20.000 y 30.000 pesos. Las siguientes 200 familias, con reservas entre 4.000 y 5.000 pesos, se dedican a la agricultura y ganadería, tienen chacras y estancias. Las 150 familias siguientes arriendan las casas donde viven y trabajan; son pequeños comerciantes, panaderos, carpinteros, sastres, modistas, zapateros, barberos, herreros, cocineras, vendedores ambulantes, troperos, meretrices, rufianes y tahúres, muchos tahúres. Aquí hay gran afición al juego y muchas ‘casas de conversación’, como les llaman a los garitos.

El Fuerte, que a la vez funciona de presidio, tiene arsenal de mosquetes, trabucos, lanzas y venablos, polvorín, y 15 cañones navales de 24 y de 12 libras con sus cureñas. La dotación estable es de 200 hombres. A los que se suman unos 600 combatientes efectivos entre los vecinos, más 400 indios o domésticos y 300 esclavos, según se estima por los desfiles, los alardes, las revistas y las maniobras de defensa, donde se advierte también que hay 1200 caballos en las chacras próximas dispuestos para estas fuerzas.
La población de la Aldea es de 6.300 habitantes, incluidas 2.000 mujeres y jovencitas donosas que viven de sus trabajos y de amourettes secrétes. Una afición de los vecinos que se suma a la del juego y hace agradable los días. En general, aquí la vida ocurre sin privaciones. No se ven limosneros, ni expósitos. La comida es abundante, sabrosa y accesible, sobre todo las carnes -que las hay de todo tipo-, las frutas y las verduras, pero el vino es caro y a veces también el pan. La gente no viste a la moda y algunos van descalzos pero todos tienen techo. Las casas, con uno, dos o tres patios, no son palacios pero terminan en huertas pródigas. En las calles hay naranjos, tunas y hasta montes de durazneros, de modo que al llegar la primavera la Aldea se cubre de rosa, luego de azahares, y tiene un aspecto especial cuando pacen las ovejas de los dominicos.

Esta descripción sui géneris de Trinidad y el puerto de Buenos Ayres con insólito final pastoral, pero que contiene detalles económicos, urbanos, sociales y militares precisos, es en realidad una síntesis de los informes presentados por dos hábiles espías franceses: Acarette du Biscay y Barthelemy de Massiac, que estuvieron en Buenos Ayres entre 1659 y 1663, no casualmente sino después de que la flota francesa enviada por el mismísimo cardenal Mazarino fuera derrotada en el Río de la Plata en 1658.
Acarette du Biscay fue un aventurero y mercader. Mientras España estaba en guerra con Francia, se infiltró y embarcó en la escuadra española que venció a la flota de Oliver Cromwell en el Caribe en 1654. Después se radicó en Cádiz, donde aprendió el español a la perfección y encontró a Ignacio Maleo, el capitán de las naves de registro con destino a Buenos Ayres. Y ocurre algo increíble, Biscay se hizo pasar por un sobrino remoto del capitán Ignacio Maleo, no sólo como mérito para acompañarlo en el viaje sino también para ocultar su identidad francesa y pasar como súbdito español al Río de la Plata.
Barthelemy de Massiac fue ingeniero militar, tuvo destino en Angola -un importante centro esclavista proveedor de mano de obra para la minería americana- y en un confuso episodio de piratería llegó a Buenos Ayres a bordo de un navío holandés con carga esclava de contrabando en 1660. Massiac hizo estudios de los ríos de la Plata y Paraná, mantuvo relaciones epistolares con los jesuitas del Paraguay para profundizar su investigación. Permaneció en la Aldea hasta 1662. Y de regreso a Francia presentó, junto con su hermano Pierre, un explícito documento al ministro de Hacienda de Luis XIV: “Memoria para el establecimiento de una colonia en Buenos Ayres”.

El destino no confesado

Biscay llega a Buenos Ayres a bordo de la fragata de registro “Santo Cielo” en su condición de mercader y sobrino del capitán Maleo. Y efectivamente, hace un comercio de sedas, cintas, hilos, medias y paños, se relaciona con la elite porteña, toma notas sobre las costumbres y defensas militares. Pero lo deja todo y viaja en una caravana de carretas hasta Potosí. De regreso a Buenos Ayres, Biscay embarca con un cargamento de plata y cueros hacia Francia donde dará su informe. El caso del ingeniero Massiac es algo más explícito. Massiac hace agudas observaciones políticas y comerciales, como cuando dice que: “Las provincias americanas no se sentían sometidas al Estado español sino vasallas a la Corona de Castilla”. O cuando anota las cargas de las naves en el puerto, de oro en piñas, plata, cueros y frutos de la tierra, y las evalúa en tres millones de pesos por barco (se refería Massiac a las naves de registro del capitán Maleo). O cuando hace una descripción del Río de la Plata, detallando bancos de arena, canales e islas, y ofrece datos de la navegación por el río Paraná hasta Paraguay. Este informe más un cuestionario del ministro Colbert, que Massiac responde minuciosamente, tiene por objeto establecer una colonia francesa en Buenos Ayres, mediante una operación armada comandada por el propio Massiac. “Yo veo el gran Río de la Plata como una puerta para entrar en Perú”, dice Massiac al final del cuestionario.
Entonces no era Buenos Ayres el destino sino las minas de Potosí; y sacar a España la fuente de su riqueza.

(continuará)

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La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

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