La Otra Historia de Buenos Aires

Segundo Libro

PARTE XXI

por Gabriel Luna

La segunda mitad del siglo XVII fue un tiempo de absolutismo. Más precisamente, podría decirse que en ese lapso hubo en Europa y sus colonias el auge del absolutismo. Monarcas despóticos encarnaban al Estado y tenían absoluto poder sobre los pueblos. Había triunfado la teoría de Tomas Hobbes expresada en su libro Leviatán, según la cual para evitar el caos general y la guerra de todos contra todos debido a los egoísmos particulares, propios de la naturaleza de los hombres, éstos para poder subsistir se veían obligados a hacer un contrato. Por este contrato (que de verdad nadie firmó), los hombres entregaban sus libertades y derechos propios para que el Estado -más sabio y poderoso que ellos, según esta teoría-, dispusiese y obrase de manera absoluta e inapelable para alcanzar el bien. Y el Estado -según la teoría- en su forma más perfecta debía ser encarnado por una sola persona: un rey. La cuestión era indivisible e irrevocable, se necesitaba un rey para subsistir y alcanzar el bien. Y para quienes no entendieran la teoría y lógica de Hobbes estaba la Iglesia, que designaba al rey como representante del dios cristiano en la tierra, es decir, lo asociaba al bien y lo proclamaba divinidad inapelable.

En los tiempos del auge del absolutismo, reinaron Felipe IV en España y Luis XIV en Francia, casado con María Teresa de Austria, hija de Felipe IV. Ambos reyes usaron las guerras como parte esencial de sus políticas. Siempre estuvieron en guerras, muchas veces en varios frentes: contra el resto de los europeos, contra los africanos, contra los asiáticos, contra los indígenas americanos, y hasta entre ellos mismos, pese a las alianzas, los pactos y los parentescos que acordaban. Ambos eran megalómanos, diletantes, déspotas, omnipotentes, egoístas, lúbricos, crueles, mesiánicos, y encarnaron el absolutismo, “El Estado soy yo”, dijo directamente Luis XIV, pero además de imponer las guerras -que ya de por sí contrariaban el contrato que los validaba- crearon mayor desigualdad y sumieron a sus pueblos en la pobreza.

¿Cómo fue entonces que estos dos personajes pudieron reinar durante tantos años? Aparte de la teoría de Hobbes y de la ideología mesiánica difundida por la Iglesia cristiana a favor de los reyes, se sostuvieron por la concentración económica -el mercantilismo en el caso de Francia y la extracción de metales preciosos americanos en el caso de España- y también por el marketing (la promoción de sí mismos) que llegaba, según se verá a continuación, hasta las aldeas más remotas.

Aquí en Trinidad y puerto de Buenos Ayres -una pequeña aldea en los confines del Imperio español-, desde las Casas del Cabildo frente a la Plaza Mayor, y a los 22 días de diciembre de 1666, un año que podría anotarse como el del segundo milenio con la cifra del diablo, dice apesadumbrado el escribano Juan Reluz Huerta, aunque no lo anota. Pero sí hace constar en actas que acaba de leer la muy triste y sorpresiva cédula de la reina. Media docena de capitulares lo rodean en silencio. Nadie se mueve. Ha muerto el rey Felipe IV.

Dice la reina en la cédula que sus últimos días fueron serenos, piadosos y de ejemplar cristiandad, como lo fue toda su vida, que recibió los santos sacramentos y ahora goza de la gloria de Dios. Dice que le sucederá Carlos II, el hijo primogénito de Felipe IV, y que debido a su edad -tiene sólo 4 años-, ella, su madre, la reina Mariana de Austria será su tutora, curadora, regente del Imperio y en particular gobernadora de Castilla y León, que incluye a estas Provincias de Indias. Y en ese carácter, la reina pide a Dios misericordia y fuerzas para seguir, y pide obediencia y amor a sus súbditos del Río de la Plata y por el bien de la república les ordena levantar pendones, hacer actos solemnes en iglesias, calles y plazas para honrar y festejar la continuidad del Imperio y reafirmar la fidelidad al Estado.

El regidor mayor Pedro Rojas Acevedo, representando a todos, toma la cédula que le extiende el escribano y la besa mostrando devoción. Luego pone el documento sobre su cabeza en señal de respeto, acuerdo y sumisión, y todos se inclinan (tal vez como si estuvieran celebrando el mismísimo contrato del Leviatán). Terminada la ceremonia, la cédula vuelve al escribano para que la copie en actas, y los capitulares consideran los preparativos para las honras, actos y festejos. Lo primero es buscar fondos y rescatar las mazas de plata del Cabildo, que desde hace mucho tiempo se empeñaron por 200 pesos. Luego de usarlas en las fiestas por el nacimiento del príncipe Carlos que agora es rey, memoran los capitulares. Segundo: como el Cabildo se halla sin portero se debe nombrar a uno, determinan los capitulares, dándole alojo en la casa del Cabildo donde está la celda y asignándole de los propios de la Ciudad la suma de 50 pesos anuales para sustento, para que vista los ropones de ceremonia, haga limpieza y lleve mensajes. Por último, considerando la fecha de la Natividad de Nuestro Señor y las próximas elecciones de alcaldes ordinarios, provinciales y de otros oficios de este Cabildo a celebrarse el 1º de enero de 1667, los capitulares deciden postergar las honras fúnebres de Felipe IV, las solemnidades y los regocijos por la asunción del rey Carlos II para el siguiente mes, de modo que sigan haciendo previsión, provisión, cuidados y obras para estos actos y solemnidades las nuevas autoridades -es decir, los siguientes capitulares-.

Aunque el marketing político y la posverdad (como se denomina hoy a las mentiras emotivas) serán públicos y efectivos durante las honras y festejos reales del 2 y 3 de febrero de 1667, sus elementos ya aparecen claramente en esta cédula de la reina, emitida el 24 de agosto de 1665 en Madrid y recibida en Buenos Aires el 22 de diciembre de 1666 (tal era la velocidad de las comunicaciones de entonces). El rey, que moría para los capitulares en el momento de escuchar la cédula, había muerto en realidad un año y tres meses antes: el 17 de septiembre de 1665. Y en ese tiempo, nada del Imperio cambió para ellos. No había muerto durante el año de diablo -según el escribano-, pero murió tras una de las derrotas más importantes de su reinado: la batalla de Villaviciosa -que pudo haber sido considerada por el rey como diabólica-, donde cayeron en seis horas más de 4000 españoles y el Imperio perdió definitivamente el reino de Portugal.[1] Sus últimos días no fueron serenos y piadosos como dice la cédula, tuvo una muerte atroz.[2] Tampoco su vida fue de ejemplar cristiandad, como dice la cédula, su mayor afición fue el sexo, luego las guerras, la caza, el arte y el juego de cañas. Tuvo más de cuarenta hijos con más de treinta mujeres, pero sólo reconoció a catorce hijos. De éstos, sólo sobrevivieron dos varones y eligió como sucesor al habido con Mariana de Austria, que además de reina era su sobrina.[3] Respecto de las guerras, Felipe IV perdió las más importantes y esto marcó la caída del poderío militar español y también la desintegración del Imperio. De modo que la feliz continuidad expresada en la cédula, tampoco es cierta. Felipe IV reinó 44 años, sostenido en gran parte por la ideología cristiana, el marketing y la posverdad. Luis XIV -casado con una hija de Felipe IV- continuó el absolutismo y reinó 61 años sostenido de la misma forma. No han cambiado demasiado las cosas respecto al poder. En otras palabras, la mentira ha sido en todas las épocas una forma de sostener la explotación y el sojuzgamiento de los pueblos.    

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[1] Esta batalla tuvo consecuencias para los porteños en 1680, cuando los portugueses invadieron el Río de la Plata y fundaron Colonia del Sacramento para rivalizar comercialmente con Buenos Aires.

[2] Murió de disentería, entre dolores, deponiendo heces sanguinolentas.

[3] Tal vez por esa endogamia, Carlos II resultara físicamente tan disminuido y enfermizo que se le llamaba “El Hechizado”.

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La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

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Parte III (continuación)
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Parte V (continuación)
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Parte XX
Parte XX (continuación)

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