La Otra Historia de Buenos Aires

 Segundo Libro: 1636 – 1735
PARTE V

 por Gabriel Luna

4 de junio de 1640. El gobernador Mendo de la Cueva y Benavídez presentó en el Cabildo un acta testimonial e inexorable. No quería dar lugar a claroscuros ni habladurías. Tampoco transigir. Había decidido abandonar Buenos Aires.

Mendo de la Cueva expuso que: Recién llegado al Río de la Plata se enteró de la pérdida de Concepción del Bermejo a manos de los indios alzados. E tuvo noticias de más tropelías y del quebranto del comercio a causa de las rutas hostigadas por los alzados. Quiso oportunamente armar una expedición e dirigirla en persona para poner remedio, pero se lo impidieron la excomunión y las contradicciones que le hizo el Cabildo, entonces envió sólo algunos soldados y pertrechos a Santa Fe. Pero agora, a dos años y medio de su llegada al Río de la Plata, enterado del ataque y despoblado de la reducción de Santa Lucía de Astos, de los asaltos a los vecinos de Santa Fe y Corrientes, y ante las nuevas y cada vez más vastas excursiones de los alzados entre los ríos Salado y Bermejo, decide -pese a las objeciones que le sigue haciendo el Cabildo[1]– encabezar una gran campaña contra los calchaquíes y caracaráes para dar escarmiento y poner paz y quietud en esta república. Porque no ha de permitir, como soldado, maestre de campo e además gobernador al servicio del rey, que se haga menoscabo desta tierra, quebrante el comercio, o se pierda otra población.

 La mañana del sábado 9 de junio de 1640, partió Mendo de la Cueva hacia Santa Fé. Iba al frente, con capitán y baqueano a los flancos, y una treintena de jinetes detrás, encolumnados de a dos, con armaduras, adargas, cascos, lanzas, banderas y arcabuces, seguidos a su vez, por un carro con pertrechos, dos carros con logística y provisiones, y tres carros con la infantería. Antes de partir había organizado completamente la defensa de la Aldea, previendo ataques por el río y por tierra. Había rechazado beneficiarse con el contrabando de esclavos y, por consiguiente, había roto relaciones con la elite local.[2] Había entregado el poder absoluto sobre la Aldea y el estandarte real al teniente de gobernador y capitán de guerra, quien era su propio hijo Juan de la Cueva y Benavídez, tomándole él mismo juramento. Había hecho testamento -como solía hacerse en esas circunstancias-, y se había despedido de su familia en íntima ceremonia religiosa.

La noche de ese sábado, el recién ungido gobernador, Juan de la Cueva y Benavídez, camina esbozado y sin guardia por el lado norte de la Plaza Mayor -actual avenida Rivadavia-. Se detiene frente a una puerta de madera dura con herrajes negros y hace sonar la aldaba. La puerta se abre inmediatamente. Entra Juan de la Cueva a un amplio salón decorado con paneles de Flandes, candelabros argentinos, sillones de damasco, y cruza por primera vez un patio de naranjos -tal como lo había hecho cuatro inviernos antes su predecesor, el lúbrico gobernador Dávila-. Llega a una estancia caldeada con braseros, que tiene dos bibliotecas, un escritorio taraceado en marfil, sillones y un diván de terciopelo. Allí espera. Una esclava negra lo aligera de la capa y el sombrero, le sirve vino tibio. Hay olor a jazmines, un resplandor, recién entonces la ve. María Guzmán Coronado parece haber salido de la nada, la hermosa dueña de casa, está entre el diván y un candelabro de tres velas, con túnica blanca y descalza como una virgen de Murillo.

 El 23 de julio de 1640, sumando integrantes a su tropa, Mendo de la Cueva llegó a Santa Fe. Tuvo un recibimiento solemne, brindado por los hermanos Garay Saavedra, y también de júbilo, brindado por los vecinos que esperaban una solución a sus males.

Mendo de la Cueva sabía que esa solución no debía ser sólo militar. Mientras organizaba y preparaba su ejército, emitió y puso en práctica un conjunto de ordenanzas para mejorar las condiciones de vida de los indígenas y su relación con los españoles. La cuestión de fondo era que el Imperio no podía sobrevivir sin la fuerza de trabajo indígena (el español no venía al Nuevo Mundo para trabajar con sus manos), pero tampoco podían imponerse fácilmente en América los viejos métodos de explotación feudal llamados aquí la mita y la encomienda. Hubo entonces una modificación de los viejos métodos en las Ordenanzas de Alfaro, y otra modificación superadora en las Ordenanzas de Hernandarias. Sobre estas últimas trabajó Mendo de la Cueva, adaptándolas a las circunstancias y agregando otras. Por ejemplo: la prohibición de tomar esclavos de las tribus vencidas y venderlos -que era una práctica de los charrúas-, y la ordenanza de pagar salario a los indígenas en régimen de encomienda y sueldo a los que cumplan la milicia. Esto le permitió a De la Cueva reclutar más de 300 indios en las inmediaciones, quienes se sumaron a los 108 españoles y criollos, vecinos de Buenos Aires y Santa Fe.

La campaña contra los calchaquíes se completó con el flamante ejército misionero de 700 guaraníes bajo el mando de los padres Alonso Arias y Pedro Romero, que Mendo de la Cueva había ayudado a formar dos años atrás. Esta fuerza fue decisiva, no sólo por el número sino porque los calchaquíes eludieron la batalla abierta y se refugiaron en la selva. Y para combatirlos allí, no hacían falta los caballos ni los carros y tampoco los cañones pero sí las flechas y la experiencia selvática de los guaraníes. En agosto, la expedición militar entró al Gran Chaco y sufrió los rigores del monte. No llevaron carros de provisiones ni caballos, tuvieron que atravesar pantanos, comer monos, sapos y culebras, pero siguieron persiguiendo y acorralando a los insumisos. Pasados tres meses, habían dado muerte a 140 calchaquíes y capturado a 250. Entonces Mendo de la Cueva, dejó la selva, fundó el fuerte Santa Teresa para proteger Santa Fe, y acabó la campaña porque debía volver a Buenos Aires, entregar su mandato y viajar a la Audiencia de Charcas por dos pleitos: el iniciado por el obispo Aresti y otro iniciado por los vecinos porteños.

 Mientras Mendo de la Cueva asigna un regimiento y organiza las guardias y las patrullas y el suministro de pertrechos y provisiones en el fuerte Santa Teresa, su hijo, Juan de la Cueva se regodea con María Guzmán Coronado en Buenos Aires. La mujer de ojos glaucos, piel resplandeciente, y rubia como una reina de Austria, le ha sorbido el seso. El joven capitán, teniente de gobernador a cargo de la Aldea, los puertos y la provincia, ya no menciona asuntos de Estado ni sabe lo que ocurre. El contrabando africano arriba a los muelles, pasa a las estancias, y fluye por ríos o por tierra en tropa de carretas hacia Potosí, mientras Mendo hace la guerra al calchaquí, mientras el joven Juan de la Cueva atraviesa una y otra vez un salón, cruza un patio de naranjos, pasa por la biblioteca y el escritorio de marfil, un patio de jazmines, el estrado embaldosado de rojo, la cama con sábanas de holanda, y yace entre los muslos firmes y los pezones color canela de María Guzmán.


[1] Al pedido de no abandonar la Aldea por la posibilidad de una invasión holandesa -referido en el capítulo anterior-, se sumaron dos objeciones a la campaña: que no era buen tiempo el invierno para viajar al NO y había que esperar a septiembre, y que el Gobernador tuviera consideración de los pobres (esta objeción fue dicha, paradójicamente, por Juan Vergara, contrabandista y regidor del Cabildo, el hombre más rico de la Aldea, con 60 esclavos a su servicio.

[2] Sobre el contrabando de esclavos, la elite local, y la posible invasión holandesa, ver la Parte IV.

La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

Parte I
Parte I (continuación)
Parte II
Parte II (continuación)
Parte III
Parte III (continuación)
Parte IV
Parte IV (continuación)

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