“Ni Una Menos abrió el juego para construir una propuesta”

“Ni Una Menos abrió el juego para construir una propuesta”

por Ximena Schinca
@ximenaschinca

En cada línea de diálogo, Claudia Korol lanza una idea fuerte y directa, que suele terminar con una sonrisa cómplice o un chiste de ironía enternecedora. Korol se sitúa en la línea de un feminismo popular y revolucionario. Y, aunque no cree que la Revolución Feminista está a la vuelta de la esquina y prefiere hablar de agitaciones o movilizaciones, expresa un optimismo recurrente acerca de las potencialidades del estallido de un movimiento de mujeres que tiene años en la historia argentina.   

Militante política desde su adolescencia, Korol participó en las brigadas juveniles de solidaridad con Nicaragua y en las brigadas juveniles de solidaridad con Chile durante la dictadura de Pinochetl. Como educadora popular, se desempeñó en proyectos de formación política con movimientos campesinos, piqueteros, organizaciones de mujeres, y fue parte del equipo de Pañuelos en Rebeldía y de la Escuela de Derechos de los Pueblos del Abya Yala “Bertha Cáceres”.

Previo al Paro Internacional de Mujeres, conversamos con Korol sobre expectativas y desafíos de un movimiento de mujeres que en Latinoamérica está en crecimiento y parece no tener techo.

¿Cómo se llega a una convocatoria internacional de esta envergadura?

Si hay un movimiento que está creciendo a contramano de la ofensiva conservadora mundial, es el feminismo y el movimiento de mujeres. Con la respuesta a la violencia patriarcal en distintos países, fue madurando la idea de pensar el feminismo en términos internacionalistas.

El 8 de marzo nació como una lucha internacional de mujeres socialistas; y que este 8 de marzo, la forma de expresarse sea una paro también es un modo de responder a lo que siempre se trata de hacer que es separar el mundo de la producción del de la reproducción. Porque si las mujeres paramos, el mundo se para y se va a ver lo que se ha hecho durante mucho tiempo, que es el trabajo doméstico, el trabajo de las mujeres campesinas.

¿Cómo se explica la desmovilización de sectores de la sociedad como los sindicatos, en simultáneo con el crecimiento del movimiento de mujeres?

Los sindicatos están muy atrapados en las lógicas de negociación con el poder capitalista patriarcal. Entonces, una de las posibilidades que nos da el movimiento de mujeres, sin idealizarlo porque tiene también muchas contradicciones, es que está menos atado a esas lógicas institucionalizadas de muchos movimientos populares. Se está desbordando.

En ese caso, la convocatoria de Ni Una Menos tuvo un gran mérito. Yo suelo comparar Ni Una Menos con el Nunca Más, en cuanto a que la expresión de ese grito excede a quienes lo propusieron. Nunca Más fue propuesto por el movimiento de derechos humanos, pero fue asumido por franjas del pueblo argentino que no habían sido parte de la lucha de los organismos. Ni Una Menos tocó fibras de un cansancio histórico en el movimiento de mujeres, logró una convocatoria desbordada y llegó a espacios inimaginables. 

¿Cómo evalúas que repercute esa aceptación masiva de la consigna Ni Una Menos al interior del movimiento de mujeres?

 Ni Una Menos nos abrió el juego. Y también hubo un proceso desde el primer 3 de junio de 2015 cuando se hablaba del riesgo de una “tinellización” de la consigna, y al año siguiente nadie se acordaba de eso porque lo que marcaba realmente era la repulsa a la violencia patriarcal. No sólo eso no ocurrió, sino que se consolidaron reclamos históricos del movimiento de mujeres, hubo reuniones con la Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, para pensar cómo nos ayudamos con todo eso. Por otra parte, todavía no logramos responder a ese crecimiento tan rápido en la movilización social. Necesitamos armar redes que den respuestas inmediatas a esas demandas y denuncias contra la violencia machista que están creciendo. El poder siempre va a reaccionar con violencia porque es la forma de constituirse en su dominación, y si no damos una respuesta organizada a esas denuncias, corremos peligro de retroceder. 

 Tenemos una oportunidad enorme y hay un montón de tareas que tenemos por hacer en los barrios, en las escuelas, en las fábricas, en las casas. Se abre también la posibilidad de discutir esa idea de amor romántico que hacen creer que una mujer es propiedad de un hombre. Son situaciones de violencia que están muy naturalizadas y en las que estamos formadas.

¿Qué desafíos se abren luego de lograr esta masividad del movimiento?

Necesitamos des-educarnos en formas de sentir que legitiman muchas formas de violencia. Si vemos que la violencia patriarcal recrudece al interior de la familia, si los abusos son siempre intrafamiliares, entonces, tenemos que discutir también a la familia. Discutir a la familia es muy doloroso, y parece que es individual, pero es parte de una construcción social colectiva que no se sostiene individualmente.

Es decir, nadie puede hacer sola ese cambio, y superar esas formas de sentir, de creer, no es fácil. Por eso es importante lo que abrió Ni Una Menos porque ahora podemos hacer una propuesta a la sociedad. Es necesario construir respuestas ahí donde el Estado no responde. No alcanza con reclamarle al Estado su responsabilidad, es preciso consolidar el poder popular, las redes, que den respuesta a estas nuevas demandas.

¿Cómo se logró esta masividad sostenida en demandas que hasta hace muy poco eran de minorías?

La verdad que no sé. Creo que coincidieron varios hechos. Primero, había periodistas feministas, y periodistas feministas en los medios. Esa también fue una pelea fuerte, pelear por un lugar en los medios fue parte de la lucha de los feminismos. Además las compañeras tuvieron la voluntad de hacer política, había una politización de la sociedad y había un cansancio de las mujeres de sufrir estos golpes.

Muchos de esos hechos son invisibles. Los Encuentro Nacionales de Mujeres (ENM), por ejemplo, van promoviendo cambios en las mujeres que no se ven. Nunca me voy a olvidar lo que significó para Bertha Cáceres participar en el ENM de Bariloche, entre otras cosas, porque, viniendo de pueblos indígenas, les cuesta asumir que son feministas en algunos momentos. Fue necesario pensar el feminismo al interior de sus comunidades. Eso les llevó un tiempo a ellas también, y ahora hay varias corrientes feministas para las necesidades de sus comunidades.

¿Cómo creés que pueden resolverse las contradicciones y tensiones al interior del feminismo?

Es necesario identificar los temas en los que tenemos luchar juntas. Por ejemplo, en el ENM de Rosario, un grupo de feministas negras planteó que no querían la cinta negra. Creo que ahí hubo poca capacidad de escucha hacia uno de los grupos más oprimidos. Entonces, podemos estar de acuerdo o no, pero tenemos que trabajar juntas.

El debate abolicionistas-reglamentaristas es un debate que tenemos que dar también, pero nadie puede negar que, se llamen trabajadoras sexuales o mujeres en situación de prostitución, esas mujeres están siendo criminalizadas. Y eso hay que enfrentarlo más allá de los debates teóricos.

¿Qué límites concretos encuentra hoy el movimiento?

Creo que el gran límite que tenemos es de capacidad organizativa. Hay una gran distancia entre la capacidad organizativa que tenemos y el impacto de la propuesta, que es mucho mayor. Por otra parte, muchas veces, nos perdemos en muchas discusiones que nos quitan fuerza cuando ya tendríamos que estar agitando.  

 

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