Próximas y Extraordinarias Elecciones en la Ciudad

¿De Quién es el Poder?

Representación versus Participación

 
por Rafael Gómez

La democracia establece que el poder viene del pueblo. La cuestión es: ¿Dejaremos que nos sigan gobernando los representantes o participaremos en nuestro propio gobierno? ¿Democracia representativa o democracia participativa? Tales son los interrogantes, el cambio posible, y la profunda reforma política que se plantea en todo el mundo.

¿Por qué esta alternativa? Mucho tiempo después de que los marxistas inauguraran el concepto de la lucha entre dos clases, para explicar y a la vez generar los cambios sociales, ocurre algo devastador, que trastoca para siempre la práctica y la teoría: surge una tercera clase. Esta nueva clase, que tiene sus propios intereses y que está en oposición estratégica con las otras dos, también genera explotación, fuertes conflictos, e incide profundamente en lo social. Se trata de la clase política. Los políticos ya no representan al pueblo sino a sus propios intereses. Se han transformado en una corporación ajena de ideología, equidistante entre las fuerzas de trabajo y los medios de producción, ávida de poder y riqueza.

Las revueltas populares, cada vez más intensas y frecuentes en todo el mundo, se deben a este fenómeno. Muy pocos gobiernos representan, llegado el caso, los intereses del pueblo. Un ejemplo. Ante la crisis financiera mundial de 2008, las clases políticas de las metrópolis no socorrieron a los millones de damnificados (que eran sus electores y representados) sino a las corporaciones financieras que habían desatado la crisis. Un ejemplo de revuelta para el mismo caso. El pueblo islandés salió a la calle, derribó a su clase política, metió en la cárcel a sus banqueros; y decidió, por referéndum, no pagar la deuda externa producida por la crisis financiera mundial. Y no terminó ahí, Islandia modificó su Constitución para crear un organismo ciudadano de control y gobierno. Es decir, creó un sistema de democracia participativa o democracia directa.

En Buenos Aires, tras una crisis financiera local apañada por la clase política, los porteños salieron a la calle el 19 y 20 de diciembre de 2001 y derribaron un gobierno, y luego otros. Hicieron Asambleas en las plazas, armaron emprendimientos de economía solidaria, redes sociales, y escarmentaron a muchos políticos. La clase política se abroqueló, apeló a la cooptación y al clientelismo, tuvo que ceder algunos espacios, brindar a la gente estructuras y herramientas de la democracia participativa (que después neutralizó), y logró salir del paso.

La Constitución de la Ciudad de Buenos Aires, sancionada en 1994, propone organizar las instituciones como democracia participativa, y sostiene y proyecta la descentralización del poder a partir de la creación de Comunas y de la aplicación del Presupuesto Participativo. Sin embargo, a pesar de la propuesta constitucional, y a pesar del extraordinario desarrollo de la tecnología de comunicación, que facilita la interacción social como jamás sucedió en la historia, no se avanzó suficiente en democracia participativa. ¿Por qué? La clase política no quiere resignar su poder ni sus privilegios. Desde el 2001 hasta hoy, hubo miles de luchas para llegar hasta las próximas elecciones de las Juntas Comunales. No acabarán los problemas tras la elección. Los partidos políticos entregarán una forma de Comuna de poco contenido y alcance. Habrá que mejorarla desde adentro; como dirían los marxistas, la lucha de clases continúa.

“Que los vecinos participen, conozcan y decidan sobre las cuestiones públicas, es una forma concreta de que el pueblo gobierne; y eso hace crecer humanamente a las personas, las dignifica -la gente deja de sentirse subestimada, estafada, excluida-, las politiza en el sentido amplio de la palabra, les permite tener una opinión independiente que ya no puede ser manipulada por los medios de comunicación ni los partidos políticos; y las convierte cada vez más, en dueñas de su propio hacer y en sujetos de su propio destino” (comunicado de la Asamblea Vecinal Plaza Rodríguez Peña, Boletín de Agosto de 2002, Ciudad de Buenos Aires).

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