¡Salven a la Richmond!

¡Salven a la Richmond!

Por Laura Molina

Tal vez suene como el grito de un naufragio: ¡Salven a la Richmond!, ¡salven a la Richmond! Y se convierta después en oración desesperada, letanía. Cosa molesta. Entonces cabe preguntarse, ¿qué o quiénes están en peligro?, ¿dónde está el naufragio? Se hunde un lugar prácticamente centenario, una confitería, un bar, hospedaje, un salón de reuniones y juegos, por donde ha circulado cuanto personaje famoso habitó esta Ciudad, en el siglo pasado, y en éste. Pero además de los famosos, o junto a, también concurrimos nosotros, los comunes mortales, y somos parte de una experiencia mágica.

La confitería Richmond, pese a la connotación de su nombre, tiene un rasgo democrático. Uno puede, por el módico precio de un café o un té, sentarse en una butaca Chesterfield, bajo una araña holandesa, y sentir la elegancia del espacio: la boiserie oscura en las paredes, el piso en damero, las columnas doradas, los movimientos lentos de los mozos con el servicio, el ambiente amplio, distendido, la luz cálida, un murmullo apacible en las mesas. Y el tiempo cambia. El ánimo cambia. Nos sentimos, probablemente, como se sintieron acá nuestros padres, nuestros abuelos, o bisabuelos. Viajamos a la semilla, a nuestra identidad.

Si este lugar tan característico y especial de Buenos Aires, muta por una tienda de zapatillas de marca globalizada, igual a otras miles esparcidas por el mundo, entonces el lugar pierde referencia, desaparece. El lugar se transforma en un no lugar. Nosotros perdemos identidad, naufragamos. Esto, creo que es la causa del grito. La resistencia. Una resistencia al pasaje de persona a consumidor programado. Porque si una corporación pretende programar nuestro consumo, y un Gobierno cómplice apoya el negocio, sólo nuestra resistencia podrá salvarnos.

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