VAS a Cuba

VAS a Cuba

por Rafael Gómez

Parte III

Lo primero que vimos en Cuba no fue la Revolución sino un paraíso capitalista. Que servía, paradójicamente, para sostener la Revolución; pero entonces no lo sabíamos.

Cayo Coco es una isla alargada y arenosa de mangles y palmeras con una superficie mayor que la ciudad de Buenos Aires y una docena de hoteles all inclusive (todo incluido), un gran shopping, una clínica de talasoterapia, un centro de buceo y un aeropuerto. Desde el aeropuerto internacional Jardines del Rey, tres ómnibus distribuyen a los pasajeros en los hoteles. Vemos selva y asfalto. Nos explican en el ómnibus que los habitantes plenos del lugar son únicamente turistas: canadienses, ingleses, argentinos y franceses, en ese orden según la cantidad. Que no hay aquí más morada que los hoteles y que sus empleados, los cubanos, viven en Morón a 50 kilómetros o en Ciego de Ávila, la capital de la provincia, a 90 kilómetros. Pronto comprobamos el aislamiento. Cayo Coco está unido a la isla principal de Cuba sólo por un delgado camino de 20 kilómetros sobre el mar, levantado a modo de terraplén. Resulta raro el aislamiento, parece una antesala a otro sitio o directamente otro mundo, parece un peligro o una protección, pero no sabemos para quién ni de qué. La respuesta parece estar en los hoteles.

Los hoteles, sus cuerpos separados uno de otro por selvas o páramos, están unidos, comunicados desde sus entradas por el camino del bus, como si fueran animales fantásticos sacados del mar, atrapados por sus bocas en el lazo de un pescador. Los hoteles son parecidos pero con escenografías diversas. Todos tienen bocas, las entradas abovedadas por donde pasa el camino del bus, y tienen después amplios halls con bares, restaurantes y boutiques, rodeados de cientos de habitaciones. Todos tienen, después del hall y las habitaciones, una zona muy extensa de piscinas, solárium, parques, gimnasios, juegos y bares. Y todos tienen después una zona de palmeras y médanos, de reposeras y sombrillas y más bares a la orilla del mar. La diferencia es la escenografía. Hay hoteles que recrean pueblos antiguos, otros plazas, aldeas polinesias, jardines, otros palacios futuristas, cada cual sigue un tema para condensar la fantasía. Y cada huésped ha elegido desde el aviso en Internet o la agencia de viajes la fantasía que le cabe, como en el Mundo de Disney.

Los hoteles condensan supuestos sueños colectivos. Sueños implantados por películas y publicidades como objetivos de vida, cuando son en realidad objetos de consumo. Por ejemplo: Ver una bandada de flamencos volar hacia el horizonte desde una hamaca tendida entre dos palmeras. Tomar mojitos. Caminar por una playa blanca y fresca como el talco. Entrar al mar, transparente y más allá turquesa, sentir una caricia. Ir más allá. Flotar, dejarse ir, ver los flamencos, nadar hasta un muelle. Recibir un masaje. Escuchar un bolero. Bailar. Comer langosta con champán a la luz de las velas. ¿Es esto la felicidad? Tal vez no, pero son sustancias interpermeables que confunden. Las agencias de viajes, los bancos, las películas, los diarios y la tele, dicen que son la felicidad, que estamos en el paraíso. Y dicen que nos hemos ganado este paraíso trabajando muchas horas para pagar las cuotas del viaje, ahorrando en el banco, explotando a alguien o siendo explotado. Dicen que la felicidad es un premio, o mejor, dicen que es un objetivo de la vida que puede alcanzarse con trabajo y dedicación. El trabajo y la dedicación producen una acumulación de dinero que nos permite -no a todos pero sí a unos cuantos- llegar hasta aquí. Pero, ¿es esto el paraíso?

Las cadenas hoteleras trabajan con dedicación para lograr esa ilusión. Además de las escenografías, los paisajes y las fiestas, los hoteles all inclusive proveen varios servicios y todo tipo de comidas y bebidas en cualquier horario y sin cobrarlas. No hay límites. La sensación es de bonanza, placer y gratuidad -aunque sepamos que ya hemos pagado o pagaremos en cuotas-. Todo parece al alcance de la mano sin necesidad de esfuerzo ni de tener que pagarlo. Esa es la ilusión de paraíso. Resulta curioso comprobar cómo se niegan el trabajo y el dinero en el paraíso capitalista, cuando éstos son en realidad la esencia del sistema. El dinero y el trabajo no son parte de la felicidad -deben ocultarse- pero hacen falta para conseguirla. Hay una contradicción.

Los Hermanos Pérez

Durante la noche en los hoteles se programan fiestas. Además del lugar bailable, que está algo apartado, en el camino de los bus, hay cantantes y pequeños grupos acústicos en los bares de la playa y de la piscina. Pero el show más importante ocurre en el hall central. Allí encontraremos a los Hermanos Pérez y empezaremos a conocer la Cuba real.

Estamos en hall central del hotel Sol Cayo Coco, ambientado como un claro en la selva, con palmeras altas, una cascada y un arroyo flanqueado por varios sillones de ratán con almohadones naranja haciendo livings y dos bares, uno a modo de choza polinesia ubicado cerca de la cascada. El conjunto, que abarca además a la recepción, tres boutiques, dos agencias de viajes, y a un amplio espacio con más sillones de ratán, que se extiende frente a los mostradores de la recepción desde el arroyo hasta la entrada de los buses, está contenido en una especie de hangar abierto al frente y atrás, con un alto techo abovedado y vidriado que, además de servir a la ambientación del claro de selva, le da al lugar el aspecto de estación terminal de trenes. Estoy pensando precisamente en una estación del siglo pasado, cuando veo venir desde la entrada una locomotora. Parece de trocha angosta. Tiene dos o tres metros, cuatro ruedas, pero es de madera. La empujan dos hombres y vienen cuatro hombres más con tambores congas y maracas. Los Hermanos Pérez.

La locomotora se instala cerca del arroyo. Pero no es una locomotora, parece un kiosco. Los hombres abren compartimientos, sacan objetos, y resulta ser un órgano mecánico. Uno de los hermanos acciona un fuelle, otro inserta una gran tarjeta perforada, da vueltas una manivela. Los demás hermanos emprenden la percusión. Suena una guajira. Y viene desde la cascada un grupo brillante de mulatas y mulatos danzando ente los livings de ratán.

Conversamos después del show con Vicente Pérez, el hombre de la manivela. Tomamos unos vasos de vodka, hablamos de música y del Che Guevara. Vicente es gran admirador del Che. “¿Han ido a la Habana?” No conocemos todavía más Cuba que ésta, confesamos. “Pues, no conocen nada”, ríe. ¿Cómo y por qué funcionan estos hoteles, Vicente?

“Nuestra economía está mal”, dice. “Ahí está el problema”, dice. “Los hoteles, como éste, de grupos españoles, ayudan. Dan trabajo. Y las ganancias se reparten el 51 % para el Estado y el 49 % para ellos”. Pregunto por las propiedades. “La tierra y los edificios son siempre del Estado. Hay una concesión. Ellos invierten en la construcción y administran”. Pasamos a otro vaso de vodka y empiezo a marearme. ¿Y por qué la economía está mal?, le pregunto. “Por la falta de industria. Nosotros no supimos aprovechar el padrinazgo ruso. Todo nos lo traían, ¡hasta los botones de la camisa! Era cómodo así. ¡Nos traían hasta los pimientos!, venían en latas de Bulgaria. ¿Por qué nosotros no sembrábamos pimientos? Si aquí la tierra es muy fértil… Hicimos la Revolución pero no hicimos nuestra propia industria, ese es el problema”.

 

  

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Cristina Uslenghi

    Por qué habrá sido que Fidel Castro aceptó ese nivel de dependencia y descuidó el “desarrollo”..un genio y estratega como él…

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