Armando Discépolo

por Teodoro Boot

“Mustafá”, “Giacomo”, “Stéfano”, “Mateo”. El suyo también debió nombrar uno de los sainetes a partir de los que creó el grotesco criollo. Hijo mayor del músico napolitano Santos Discépolo, que llegó a ser el primer director de la Banda Municipal y hasta compuso un tango, si bien nacido en Buenos Aires, Armando era un “italiano” seco y duro que durante 20 años creó piezas teatrales con el tesón de quien apila ladrillos.
Primero fue actor, pero se aburría, y desde los 18 años, cuando murió su padre, empezó a hacerse cargo de sus hermanos menores, responsabilidad que se hizo completa con la muerte de su madre, cuatro años después. Tuvo los mil oficios del criollo pobre y se hacía tiempo para escribir obras breves, que representaba en los arrabales con la Compañía Teatral de Aficionados que él mismo formó.
Fue el mismo año en que murió su madre cuando, por primera vez en la vida, le tocó una buena: conoció al genial actor Pablo Podestá, que se entusiasmó con su pieza dramática “Entre el hierro” y la puso en escena en 1910. Fue el inicio de una amistad y una asociación creativa que se prolongó durante 9 años, hasta que Pablo sucumbió a la enfermedad mental y debió retirarse de los escenarios, antes de morir en el hospicio en 1923.
Para entonces, Armando había estrenado doce obras y pergeñaba la creación del género rioplatense por excelencia: el grotesco. Lo había anticipado, nombrándolo, en “El movimiento continuo”, estrenada en 1916, seis años antes de que llegara a estas costas el grotesco de Pirandello, y prefigurado con toda claridad, en especial en los contornos del personaje central, en “Mustafá”, sainete en un acto escrito en colaboración con Rafael De Rosa y estrenado en 1921.
“Mateo”, la primera obra del grotesco criollo propiamente dicha, subió a escena dos años después. Tuvo tanto éxito y la tragedia del cochero caló tan hondo en la sensibilidad popular que de ahí en más designa a los viejos carruajes que, como el del protagonista, imposibilitados de competir con el automóvil, desde hace décadas se limitan a brindar pintorescos paseos por los bosques de Palermo, Planetario y Rosedal incluidos.
La tragedia que subyace en la absurda comicidad de “Mateo” lo hace casi un tango de Discepolín.
A propósito, el poeta, compositor, actor, dramaturgo y director Enrique Santos Discépolo era el menor de los hijos del músico napolitano y, como tal, desde la infancia, sufrido hijo postizo del tiránico Armando, que fue quien le trasmitió su pasión por el teatro.
Escribieron juntos una obra: “El organito”, aunque hay quien dice que habrían sido más, que tanto en “Mateo” como en “Babilonia” (1925) y “Stéfano” (1928), se ve la mano de Enrique. Ocurre que, así como Luis Arata será el imperecedero rostro de Stéfano, a Discepolín el grotesco le calza como anillo al dedo. Sin embargo, las cosas podrían interpretarse a la inversa y en la entera obra de Enrique bien podría verse la influencia de Armando, su maestro.
Porque eso también se le debe a este artista que estrenó sus últimas piezas, dos obras maestras del grotesco criollo, “Cremona”, en 1932 y “Relojero”, en 1934.
Entre 1910 y 1934 dio a conocer 28 piezas que lo hacen, a juicio de los entendidos, el mayor de los dramaturgos argentinos. “No me queda más nada que decir” dijo entonces, lacónico y equivocado.
Si como dramaturgo supo mostrar las miserias de un orden social cruel y perverso a través de personas sencillas que, en situaciones grotescas, asisten a su fracaso final, derrotados por un “progreso” que les es ajeno y al que no consiguen adaptarse, creando un género que sigue siendo la más alta expresión del teatro rioplatense, su influencia como director no fue menor.
El que no tenía más nada que decir siguió diciendo durante 40 años más, ya no a través de la palabra propia sino en la dirección de todos los grandes actores de esos tiempos. Y así, apilando con igual tesón ahora otros ladrillos, lo sorprendió la muerte un 8 de enero de 1971, a sus juveniles y siempre malhumorados 83 años.

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