La Otra Historia de Buenos Aires

Segundo Libro
PARTE XXIX A

por Gabriel Luna

Y al final la guerra

Años 1678 – 1680. Tras la expulsión de Andrés Robles, la Corona quiso que se ocupara de inmediato el cargo de gobernador de Buenos Aires. Tenía motivos. Los informes que llegaban desde Paraguay, Río de Janeiro y Lisboa señalaban una pronta invasión portuguesa. Estaba por ocurrir el conflicto armado más importante y dramático de la región durante el siglo XVII y hacía falta una mano diestra de inmediato. La Corona designó a José de Garro, un hombre experimentado y próximo, que destacó en las guerras de Cataluña y Portugal donde fue nombrado maestre de campo y caballero de Santiago, y que ahora se desempeñaba como gobernador del Tucumán. Garro puso a su lugarteniente Diez Andino al mando del Tucumán, le encomendó formar una numerosa tropa montada, considerando la invasión y los refuerzos que iba a solicitarle, y partió hacia Buenos Aires.
Se sabía que la invasión era inminente pero se desconocía el punto de ataque, podría ser en Paraguay, a través del río Uruguay, y hasta en la costa oriental del Río de la Plata. También se sabía por qué ocurriría la invasión. Estaban los oficiales españoles muy seguros de eso.

Tal vez el lector o lectora se pregunte por qué. ¿Por qué Portugal invadiría las colonias de España habiendo tanta tierra disponible en América? Tierra extensa e inexplorada asumida como colonia portuguesa y tierra extensa e inexplorada asumida como colonia española. Un continente inmenso – considerando la escala europea- que estaba dividido generosamente, según el tratado de Tordesillas, entre dos reinos minúsculos. ¿Por qué buscar más tierras habiendo tanto? ¿Por qué romper los pactos entre reinos vecinos? ¿Por qué ir a la guerra, sacrificar vidas, arriesgar la flamante independencia de Portugal?[1] ¿Cuál era realmente el objeto de la invasión?
La riqueza. Siempre las guerras tratan de riqueza y poder. Pero en este caso, también de leyenda. Había la leyenda de las sierras de oro y plata, de las minas y las deslumbrantes ciudades metálicas ocultas en las montañas. La leyenda de la sierra de plata, sostenida por la ambición y respaldada por el descubrimiento del Potosí en 1545, obnubilaba, incitaba la codicia, organizaba expediciones. Y producía guerras con indígenas y europeos, porque la leyenda ubicaba las sierras de plata y las ciudades doradas en el Oeste, justo en la zona española, según Tordesillas y el despotismo.
Hubo entonces (siempre por la leyenda) una toponimia característica y un desarrollo geopolítico del continente que alcanza con su irracionalidad y ensueño hasta nuestros días. Por ejemplo: llamar Río de la Plata, a ese caudal anchísimo y amarronado descubierto por Solís que se internaba hacia la supuesta riqueza. Otro ejemplo. El aislamiento del Paraguay que se desarrolló a través de la selva hacia el oeste pero no buscó lo más fácil e importante para sus habitantes que era el puerto, la salida comercial por el Atlántico. Otro ejemplo. La tremenda expansión portuguesa hacia el oeste de Brasil, que no tuvo ni tiene sentido poblacional o integrador.
La extracción del oro y la plata americana fluía de Portugal y España hacia los banqueros europeos para pagar la industria que Portugal y España habían descuidado. Porque no se comparaban la aventura, la religión, la espada y los honores, con el embrutecedor trabajo de las manos. Lusitanos y españoles abrevaban en el ejemplo de los conquistadores, querían ser como ellos, nobles, soberbios y ricos. Sin embargo, el conquistador Francisco Pizarro (uno de los más admirados) -que rindió con engaños a Atahualpa y asoló con pestes a los indígenas en nombre de la codicia y la crueldad- no era noble, fue durante sus primeros veinticinco años en Extremadura un porquerizo, un cuidador de cerdos.

Había, además de la leyenda y los ideales de época, otra razón concreta que explicaba la invasión portuguesa. Era participar directamente del contrabando de oro y plata con Lima y Potosí, que por entonces acaparaba Buenos Aires. El impulsor de este proyecto fue Salvador Correa Sáa, quien había sido -cuando Portugal dependía de España- defensor de la ciudad de Asunción ante el avance de las bandeiras, maestre de campo en la campaña contra el calchaquí en Tucumán, y, cuando pasó por Buenos Aires, fue nombrado almirante del Río de la Plata y las costas del Brasil por el gobernador Esteban Dávila en 1632, cargo que lo interiorizó sobre el contrabando y la trama comercial de la zona. En 1637 Correa Sáa fue nombrado gobernador de Río de Janeiro. Era entonces, desde la actividad política, comercial y militar, uno de los hombres que más profundamente conocía la región. En 1640 la Casa de Braganza toma el poder en Portugal y declara la independencia de España, dando comienzo a una guerra que durará 28 años. Y en 1643 Correa Sáa envía un informe a la Corona lusitana donde propone la expansión hacia el oeste y ocupar Buenos Aires con el fin de comerciar libremente con Lima y Potosí. El plan muy detallado indicaba atacar también a Paraguay para evitar el envío de los refuerzos jesuitas a Buenos Aires. No quiso la Corona lusitana abrir otro frente en América, pero una vez finalizada la guerra en Europa y firmado el pacto en 1668, donde España reconoció la independencia de Portugal, la regencia de Pedro II volvió a considerar la expansión en el Río de la Plata.
En 1669 asume como gobernador de Río de Janeiro el general Joao da Silva Souza, quien recibe como misión secreta promover la expansión, creando una base poblacional con fortificación en la zona de Maldonado, Montevideo y la isla San Gabriel, según el plan de Correa Sáa. El general Silva Souza inicia jubiloso las provisiones del caso pero ocurre que el gobernador de Buenos Aires, José Martínez Salazar, se entera fortuitamente de sus intenciones. Martínez Salazar es un militar y estratega sagaz, que ha preparado la defensa de Buenos Aires ante un ataque nada menos que del pirata Morgan. Morgan no atacó -tal vez por la defensa dispuesta- pero ahora ante otra amenaza próxima y concreta, Martínez Salazar se mueve rápido y consigue frenar -esta vez sin duda, por la defensa dispuesta- a Silva Souza. Ver el episodio en esta Historia, Parte XXV.[2]

El siguiente intento, que finalmente cumplirá con la primera parte del plan de Correa Sáa, tiene lugar en 1679 cuando Manuel Lobo es gobernador de Río de Janeiro. Un sertanista,[3] el maestre Jorge Soares Macedo, que a cargo de un contingente de cincuenta hombres trabajaba en las inmediaciones de San Pablo, recibe una orden de Pedro II de armar un contingente más numeroso y embarcar hacia la isla San Gabriel, frente a Buenos Aires, para continuar allí sus exploraciones. Soares Macedo, que es una suerte de descubridor de minas y prodigios, se dirige al puerto de Santos y dado su prestigio, el apoyo real y la mentalidad de la época -que junta leyendas con aventuras y ambiciones- arma una considerable expedición al Río de la Plata.

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[1] En 1668 se firmó el tratado de Lisboa donde el rey español Carlos II reconoció la independencia de Portugal.
[2] La Otra Historia de Buenos Aires, Segundo Libro, Parte XXV.
[3] Explorador que se aventura por el interior del sertão brasileño en busca de riquezas.
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La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

Parte I
Parte I (continuación)
Parte II
Parte II (continuación)
Parte III
Parte III (continuación)
Parte IV
Parte IV (continuación)
Parte V
Parte V (continuación)
Parte V (continuación)
Parte VI
Parte VI (continuación)
Parte VII
Parte VII (continuación)
Parte VIII
Parte VIII (continuación)
Parte IX
Parte IX (continuación)
Parte X
Parte XI
Parte XII
Parte XIII
Parte XIV
Parte XV
Parte XV (continuación)
Parte XVI
Parte XVII
Parte XVIII
Parte XIX
Parte XX
Parte XX (continuación)

Parte XX (continuación)
Parte XXI
Parte XXI (continuación)
Parte XXII
Parte XXII (continuación)
Parte XXIII
Parte XXIV
Parte XXIV (continuación)
Parte XXIV (continuación)
Parte XXIV (continuación)
Parte XXV
Parte XXVI
Parte XXVI (continuación)
Parte XXVII
Parte XXVIII

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