Micropolíticas afectivas para un 8M en pandemia

por Mariela Acevedo*

Hace un año nos juntábamos en la calle a abrazarnos, a gritar ¡Vivas nos queremos! y a imaginar una marea verde con la que conquistaríamos el derecho al aborto legal. Pocos días después, llegaba el aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO) que impediría por primera vez en democracia que el 24 de marzo nos reencontrara en la calle. Un año después y ahora con distanciamiento, barbijo, alcohol en gel mediante y una campaña de vacunación en marcha volvemos a las calles: en el medio hemos llorado muertes —las que se llevó el covid 19 pero también las de quienes fueron víctimas de la violencia femicida— y hemos encontrado nuevas formas de estar juntas, de acompañarnos. Este 8M no hubo una gran movilización, aunque algunos partidos concentraron frente al Congreso; la movida feminista se desplegó en los territorios con demandas y debates en torno a cuáles son las estrategias para visibilizar nuestras luchas colectivas.

Arte, política y bolsas mortuorias

A fines de febrero, la oposición convocaba a protestar en la calle por la vacunación irregular de un listado de personas a las que señalaban como privilegiadas. En ese contexto, la agrupación Jóvenes Republicanos realizaba con orgullo una especie de performance tanática frente a la Casa Rosada: depositaron en el piso de la Plaza de Mayo, una fila de lo que simulaban ser cadáveres en bolsas negras de basura, un cartel hacía referencia —con nombre y apellido o con una pertenencia política— a ese/a privilegiada/o que se había saltado la fila: “el hijo de Moyano”, “los pibes de la Cámpora”, “Estela de Carlotto”, “el hijo de Ginés”. Hacia el final del día las fotos se viralizaban en redes y en los principales medios de prensa. El presidente twitteó: “La forma de manifestarse en democracia no puede ser exhibir frente a la Casa Rosada bolsas mortuorias con nombres de dirigentes políticos. Esta acción lamentable sólo demuestra cómo muchos opositores conciben la República. No callemos ante semejante acto de barbarie.” Esa misma semana, había generado debate la producción fotográfica de la revista Gente sobre la violencia machista con la participación de la actriz Florencia Peña.

Foto1: Fuente Télam 27 de febrero – Foto2: Florencia Peña en la producción fotográfica para revista Gente (última semana de febrero)

Las críticas no se hicieron esperar: desde frivolizar un tema serio al incluirlo en una revista de celebridades que cosifica a las mujeres, a señalar que la producción estetiza la violencia y revictimiza a quienes se encuentran en esa situación. También hubo voces que apoyaron a la actriz y que entendieron que lo importante es llegar con el mensaje a todos lados, incluyendo a esa/e lector/a de la revista que no suele interesarse por estos temas. Pero llegar, ¿con qué mensaje? La revista elige mostrar a una mujer sufriente, terminal, impotente. Del victimario sólo se ve alguna sombra, de espalda, casi fuera de foco. El centro es la víctima que llora y a la que colocan en una bolsa mortuoria, eso sí, blanca, etérea, con las pestañas arqueadas y los ojos húmedos de llanto, abiertos para siempre. La estetización de la violencia funciona: la revista agotó la tirada y la actriz recibió todos los palos. A diferencia de las bolsas negras mortuorias en Plaza de Mayo, las imágenes de la mortaja blanca, y la mujer “como dormida” producen un goce estético que se entronca con una tradición pictórica de mujeres silenciadas, que no miran al espectador, entornan los ojos o miran a fuera de campo. Una tradición de artistas (varones) que retrata mujeres con los ojos cerrados… me pregunto si en este caso es casual que se trate de una figura reconocida como kirchnerista, porque me imagino el placer de un señoro agorilado al pasar las páginas y ver a Flor entregada en bolsita para su consumo. A propósito, esa misma semana se repitió la escena en la que arrojaron frente a una Unidad Básica una bolsa negra. Otra casualidad. Aunque hay que reconocer que Gente lo hace con glamour.
De todas maneras, lo que la publicación puso a circular de forma masiva, también creo yo, implica discutir estrategias al interior de nuestras organizaciones: me dio la sensación de que el problema mayor es que Florencia Peña, de forma ilusa, aceptó participar de esa producción con buenas intenciones probablemente, pero desconociendo el debate que se da en los feminismos en torno a estas prácticas que denuncian la violencia, al tiempo de que la vuelven a representar en forma victimizante.
Esa misma semana de fines de febrero, un grupo de feministas autoconvocadas llamaban a la “acción x nuestras muertas” con una perfomance que apelaba a poner el cuerpo en el espacio público. Se invitaba a participar con estas indicaciones:”Lo que haremos será quitarnos la ropa hasta quedar en ropa interior para taparnos con la sábana simbolizando una mortaja, nos recostamos en el piso, permaneciendo quietas mientras una compañera estará escribiendo con tiza el número de asesinadas de este año. Será esta compañera quien dará fin a la acción destapando a las otras participantes quienes se volverán a vestir y abandonaremos el lugar”. La acción luego fue compartida en redes para exigir la emergencia por violencia de género, denunciar los números de femicidios y hacer escuchar un reclamo, pero también las compañeras estetizan la violencia, vuelven a poner en circulación las imágenes de mujeres —pilas de mujeres— desnudas, vejadas, descartadas.

Foto1: Convocatoria a performance de feministas autoconvocadas para el 25 de febrero en CABA
Foto2: Volante dibujado por Gato Fernández para convocatoria de “siluetazo” marzo de 2015, CABA (publicado en Suplemento Radar 28 de febrero 2021 en entrevista a la autora)

La propuesta no es novedosa, parece retomar aquellas formas de denunciar que emergieron en marzo de 2015 y llevaron el nombre de “Siluetazos” para denunciar los femicidios, transfemicidios y travesticidios. Se intentaba retomar la acción llevada adelante en la histórica marcha de DDHH de 1983 organizada por Madres de Plaza de Mayo que invitaba a lxs manifestantes a traer la presencia de desaparecidxs por la dictadura militar. Sin embargo, las Madres siempre fueron muy claras en que las siluetas debían estar erguidas, sostenidas de pie, pegadas en las paredes y nunca en el piso. Los siluetazos feministas que antecedieron a la primera marcha masiva de Ni Una Menos, en cambio, visibilizaban la violencia recreándola en vivo: se tapaba el cuerpo de las activistas en el piso y marcaba la silueta con tiza —cual escena del crimen— en la calle o vereda. Las escenas podían llegar a ser dantescas: simulación de sangre, o golpes…y bolsas negras, otra vez.
La polémica sobre recrear el acto como denuncia también se dio cuando Charly García expuso su idea de tirar muñecos al mar desde un helicóptero para el cierre de su show. “Nuestros hijos no están muertos, viven en nuestra lucha” sostuvo Hebe de Bonafini en oposición a la propuesta de Charly. Era 1999. Tampoco estaba de acuerdo Estela de Carlotto, y Mercedes Sosa le aconsejó públicamente al músico abandonar esa forma de homenajear a lxs desaparecidos. Charly terminó cediendo y descartando esa posibilidad, pero el debate sirvió para pensar los límites en la representación del horror en un país con heridas que aún duelen.

8M, ¿marchar o des-concentrar?
Hace unos años cuando se acercaba el 8M teníamos que prepararnos mentalmente para soportar una semana, a veces un mes, de publicidades en las que nos felicitaban, nos instaban a recibir regalos o nos invitaban al frenesí de consumo en el shopping. Algo cambió: la mayoría de los mensajes en torno a la fecha, los programas y noticieros, abordaron el día como un hito histórico de luchas por la igualdad, de reconocimiento a las mujeres cis y trans, a las trabajadoras, a las feministas. Previo a la fecha, la activista anarcofeminista Valeria Donato lanzó la idea en el muro de su facebook de organizarnos en una Des-concentración. Rápidamente la propuesta se hizo grupo y se lanzó la idea de marcar el barrio, el territorio, nuestros espacios de tránsito con nuestras huellas verdes, violetas, nuestra gráfica pegatinesca, nuestras frases…No marchar sino dispersarnos, ser legión, estar en todas partes.
La pandemia —que aún sigue entre nosotres— nos instó a pensar formas novedosas para reclamar en las calles y las redes. A la violencia hay que denunciarla y combatirla. Las compañeras de “acción x nuestras muertas” realizó otra acción que desde mi punto de vista tiene mayor potencial que la recreación de los femicidios: apuntó a visibilizar a los perpetradores. Algo parecido creo que intenta hacer el Estado con una serie de spots en los que se visibiliza la violencia haciendo foco en el sujeto que violenta, antes que en las víctimas de la acción. La campaña se llama “Empecemos a pensarlo” del programa Argentina sin violencias del Ministerio de Géneros y diversidades. En los spots hay varones de distintas edades y en distintas situaciones: un joven que le dice a la piba que lo frena ante la posibilidad de concretar “no me hagas perder tiempo”, un esposo que es un espécimen de hombre champiñón1 (parecen emerger luego de lluvia por generación espontánea y no reconocen que alguien les sostiene y resuelve el espacio doméstico), una frase homofóbica en el fulbito con amigos, una situación de oficina en la que dos compañeros no escuchan a la presentadora, sino hacen observaciones sobre su cuerpo. Creo que lo importante de estas iniciativas es que corren la mirada e intentan interpelar a los varones en situaciones diarias.

Dos iniciativas que hacen foco en los violentos: Comando basura de Accionesxnuestrasmuertas y spots del Estado nacional.

En la última semana, asistimos a la visibilización de múltiples violencias sobre el cuerpo de una niña en situación de calle. Cuando le preguntaron al vicejefe y ministro de Seguridad del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Diego Santilli por la situación de vulnerabilidad en la que se encontraba la niña M cuando fue secuestrada por su captor, el funcionario se limitó a señalar la existencia de “33 centros de inclusión”, algo que volvió a reiterar frente a la repregunta por políticas habitacionales concretas. Las violencias se encadenan, anclan y definen destinos, en esta oportunidad, asistimos en vivo al rescate de esa niña, pero en muchas situaciones solo nos queda la impotencia. “A mí me cuidan mis amigas, no la policía” dice una frase anarco que ciertamente sostiene que son las redes de afecto y solidaridad que podemos generar las que nos salvan…pero quién cuida a quienes no tienen ni eso, ni amigas, ni redes, ni Estado. A la niña no la encontró la policía, la encontró una vecina que siguió siete cuadras al captor y tal vez sean las redes de vecinas y vecinos las que hicieron visible en esta oportunidad a esa infancia vulnerada: micropolíticas de solidaridad que tenemos que fortalecer sin dejar de exigir que el Estado se haga cargo de políticas públicas de cuidado. Eso y estrategias de visibilidad que enfoquen a quienes perpetran las violencias, antes que a las víctimas: para elles reparación y restitución de derechos, y eso es una demanda al Estado. Y nosotres abrir una escucha, callarnos para oír esa voz que nos reclama, encontrar la manera de que esto no nos deje de interpelar.

*Mariela Acevedo es feminista, doctora en Ciencias Sociales, licenciada en comunicación y docente. Administra el portal Feminismo Gráfico y es editora de Revista Clítoris. Escribe, da clases y realiza tareas de investigación en el campo de la comunicación, la salud, los géneros y las sexualidades.

1 Sobre el hombre champiñon ver el video de Irantzu Varela en El tornillo, el microespacio feminista de La Tuerca https://www.youtube.com/watch?v=nNAhc_HwCi8

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