8M: La salida es colectiva

En el marco del 8 de marzo hubo numerosas acciones y manifestaciones en nuestro país y fuera de él. En la Ciudad de Buenos Aires, el lunes 9 por la tarde también se realizó una marcha desde Congreso a Plaza de Mayo para defender nuestras vidas frente al ajuste, el hambre y la violencia.

por Jésica Farías

El viaje en el tren Sarmiento fue tranquilo. Hasta conseguí asiento, pero al llegar a Once la cosa cambió: el hall estaba copado por mujeres y disidencias. Y se esperaba que se unieran un montón más porque desde el Oeste, la tierra del agite, muchas y muches fueron juntándose en distintas estaciones formando un trenazo para llegar, de a un montón, a la Ciudad y marchar. Salí de la estación, crucé la Plaza Miserere con gente yendo, viniendo, y ranchando —porque cada vez más personas son expulsadas a sobrevivir en las calles con las políticas y recortes de este gobierno liberal—, o esperando un colectivo en filas inmensas. Sobre la avenida Rivadavia la postal se repitió, pero hubo un pequeño gesto que llamó mi atención, uno que se destacó en medio del tumulto de un lunes en la Ciudad de Buenos Aires a las 4 de la tarde. Eran tres mujeres, dos más cercanas a los 40 como yo y una veinteañera que se encontraron en una esquina de casualidad, aunque sus destinos estaban unidos por pañuelos verdes y violetas, pines que decían NI UNA MENOS y remeras que gritaban feminismo. Las dos primeras iban juntas; se acopló la otra al verlas porque no hacía falta preguntar; iban al mismo lado: el de la lucha. En una esquina que olía a muzza recién derretida, se agruparon. Pronto cambiarían de vereda porque el sol no daba tregua. Así siguieron, conversando, moviendo las manos, soltando alguna risa hasta que las perdí de vista. ¿Cuántas veces nos encontramos con otras, sueltas, para seguir el camino juntas?

Todo este maldito sistema está mal

En los primeros dos meses de este 2026, La Casa del Encuentro registró 36 femicidios y vinculados de mujeres y niñas, un transfemicidio y seis femicidios vinculados de varones adultos y niños. Así lo informó a través de su Observatorio de Femicidios en Argentina, Adriana Marisel Zambrano. El 62 por ciento de los agresores eran parejas o exparejas. “Como cada informe lo demuestra —destacó—, el lugar más inseguro para una mujer en situación de violencia continúa siendo su vivienda o la vivienda compartida con el agresor (el 60 por ciento fueron asesinadas en su hogar). Y si bien los femicidios abarcan el territorio nacional, en términos absolutos Buenos Aires sigue siendo la provincia con más casos, seguida por Santa Fe, Tucumán y Mendoza. Sin dudas, la falta de políticas públicas y de partidas presupuestarias impacta negativamente sobre nosotras. Y mientras el Gobierno recorta y recorta argumentando que las gestiones anteriores hacían un uso político de los recursos y que la violencia no tiene género —tremenda falacia—, dejan de cumplir con leyes nacionales y pactos internacionales. Y, ¿saben qué? Quitar fondos no hace crecer al país, sino que más bien atenta contra su crecimiento —ese del que hablan los tipos que forman parte del Gobierno y que el resto no vemos ni por asomo—”. Da cuenta de esto el informe Presupuesto sin perspectiva de género: Consolidación de un ajuste que profundiza las desigualdades. Análisis de las partidas vinculadas a género en el Proyecto de Presupuesto 2026 realizado por la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) y el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA).

“Las áreas claves para la prevención y atención de situaciones de violencia de género no representan gastos significativos para el Estado: en 2023, el presupuesto del entonces Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad representó apenas el 0,21% del presupuesto nacional, siendo el cuarto más bajo entre los 17 ministerios del Poder Ejecutivo. Más del 90% de esos recursos se destinaban a políticas de prevención y atención de la violencia de género. Asimismo, la evidencia muestra que es 22 veces más costoso en términos presupuestarios –y por lo tanto ineficiente– intervenir de manera tardía en los casos de violencia por razones de género que atender a las mujeres frente a las primeras manifestaciones de esa violencia. Además de salvar vidas, la inversión en prevención y atención oportuna permite reducir los costos de la atención en salud, justicia y los programas de transferencia de ingresos; aumentar la empleabilidad de las mujeres y sus posibilidades de generar y administrar ingresos”.

Antes de que la marcha arranque, me crucé con tres jubiladas. Estaban pegadas a las rejas del Monumento de los dos Congresos, detrás de una pancarta que dice: “Los 12 apóstoles, jubilados autoconvocados”. Es lunes, y ellas también ponen el cuerpo en las calles cada miércoles. “Me jubilé hace dos años. Un día pasaba por acá con el colectivo y dije: Voy a ver qué pasa. Había cinco gatos locos con un micrófono, bajé. Y desde entonces estoy cada semana”, me cuenta Estela, que era enfermera. También sindicalista. Desde jovencita participó en marchas, porque “la lucha no se para”. “Nos quieren sacar todo, odian a las mujeres, pero creo en la revolución y la revolución va a ser feminista”, anima. Las saludo, pero antes les pregunto de dónde vienen y me dicen que desde Aldo Bonzi, La Boca y Avellaneda. Una llegó con la pierna dolorida: hace dos semanas un policía le pegó mientras pedía, ahí donde se están votando muchísimas leyes que no representan al pueblo, haberes dignos y acceso a la salud, entre otras demandas.

Más adelante, Vanesa intenta clavar en la plaza del Congreso la bandera del colectivo Un Paso Atrás No Me Toques, una organización que visibiliza y denuncia la violencia y los abusos en recitales y en espacios del rock. Están desde hace más de cuatro años. “Hoy, sobre todo, les decía a las compañeras que tiene que ser más grande que toda la movida de 2015, porque está todo peor. Está mucho peor. Hay más muertas, estamos más precarizadas; en todo retrocedimos un montón. Y lo que estamos previendo es que nuestros derechos van a seguir retrocediendo. Es un desastre, y no solo en materia de género, porque están atacando a la sociedad y a la mayoría, que somos clase trabajadora y mujeres; por eso hay que salir. Me hacía mucha falta estar acá”. La bandera ya flamea; es que, mientras Vanesa hablaba, otra tomó la posta. Las despedí con las mismas ganas de que fuéramos una marea. A esa altura costaba un poco encontrarse. Mandé un WhatsApp: “Estoy frente al cine Gaumont”. “Nosotras también”, me respondieron. Y aun así, tardamos un ratito en reunirnos. Había muchos parches con artesanías, ropa usada, toallitas de tela. Y grupitos sentados en ronda, aprovechando la sombra de los árboles, haciendo un recreo antes de caminar las cuadras hasta la Casa Rosada. Cuando nos encontramos, nos dimos un abrazo y avanzamos, las columnas sobrepasaban la estación Sáenz Peña.

Otra que anduvo en las calles fue Lula González, periodista de El Destape. Llevó un cartel contundente que hizo Identidad Marrón, un grupo de personas marrones unidas para debatir sobre el racismo cultural en Latinoamérica. “Que las amenazas a las mujeres periodistas no sean indiferentes”, podía leerse. Muchos miércoles, al hacer coberturas en Plaza Congreso, ella fue atacada por los uniformados. “En febrero intentaron detenerme mientras transmitía en directo.  También me amenazó la policía de la custodia de Bullrich. Me han gaseado incontables veces, me pegaron con el carro hidrante. Yo sufrí la violencia policial y también mis compañeras, como las jubiladas y jubilados, los colectivos de personas con discapacidad, y cada manifestante”, remarca y analiza: “Intentan generar temor, que no sigamos hablando; por eso me parece necesario contarlo, mostrar específicamente que no tenemos miedo. Todas estas cosas son impresionantes porque nunca imaginé estar viviendo algo así, pero continúo porque tengo un colectivo que me acompaña, tengo buenos compañeros en la calle, en las coberturas, y tengo un medio que me avala”.

Como comunicadora, insiste: “Es necesario tener perspectiva de género, seguir contando de una manera responsable los hechos de violencia machista, los femicidios y, en este contexto que estamos viviendo, hablar del vaciamiento de las políticas públicas”. La marcha ya empezó; se escuchan cantos, bombos, aplausos. Hay abrazos, hay bronca, hay carteles ingeniosos. No brilla tanto el glitter, pero sigue diciendo presente.

En el trenazo que llegó desde el Oeste venía Susi, feminista conurbana, trabajadora social, profe de tela y radialista. “Después de muchos años volvió el trenazo tan masivo porque, para sorpresa de muchas de nosotras, hubo mucha gente en el tren, pero también en el Congreso, mucho violeta, adolescencias y carteles. La verdad es que es mucho más parecida a una de las marchas por el derecho al aborto legal que a los últimos encuentros en el Congreso donde hubo represión. Y renovó la energía; fue una bocanada de aire fresco para quienes creíamos que la ola estaba mermando, porque en las calles se sintió de nuevo la marea”, dijo con entusiasmo al encontrarnos en la marcha. Coincidimos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *