Relatos Indómitos
Un hogar por Marta García No está claro si resbalamos o nos empujaron. La cuestión es que mientras caíamos vimos, con mucho dolor, al gigante Saturno convirtiéndose en un puntito y después nada. Nuestro hogar había desaparecido. Aunque sospechamos que visto desde Saturno las desaparecidas éramos nosotras. Una superficie desconocida frenó nuestra caída infinita y pudimos hacer pie. Nos dimos cuenta de que era la Tierra por la enorme extensión de los campos llenos de soja y la cantidad de kiosquitos vacíos de gente. Caímos en un mal momento del (Leer más…)
Relatos Indómitos
El otro lado por Marta García El nombre le pertenece y apellido no tiene. Es la que nunca se despierta a la misma hora ni en el mismo día. La que no tiene problemas con las vacas, por eso no se las come. La que ve seres extraños y escucha voces, salvo cuando está sola. La que sigue alimentándose con papas fritas y helados y sigue sin morirse. Parece la misma de siempre, pero ahora le gustan las arvejas y los auriculares. Y no quiere convivir más con animales porque (Leer más…)
Relatos Indómitos
La mamá de Tita por Marta García Al principio no hacía cosas que hace una órbita, pero fue aprendiendo. Su nombre tampoco era el de una órbita: Tita. Cuando cumplió quince años en aquel mundo con comportamiento de barrio pendenciero, nosotras éramos demasiado chiquitas como para entenderlo. Los meteoritos del barrio se unieron en esquinas patoteras y aprendieron a ser insoportables, sobre todo con ella. Pero Tita tenía una mamá tan luminosa como Alfa Centauro y los encandilaba. Armada con una bomba neutrónica con melena de escoba, los corría sin (Leer más…)
Relatos Indómitos
Una muñeca de nieve en Botafogo por Marta García Madalena era esporádicamente feliz con las cosas que nosotras desechábamos. Las cortezas del pan de miga, la parte final de los fiambres, el arroz pegado en el fondo de la cacerola. Posiblemente, un resabio de su época laboral en una fábrica de galletitas en la que, al final de la jornada, el dueño repartía entre las operarias las galletas explotadas en el horno. Igual que ellas. O quizás por efecto colateral de aquella madre que, al no poder amarlas a ella (Leer más…)
