Relatos Indómitos

La fábrica que nos parió

por Marta García
Nadie quiere recordar cómo empezó todo. Pero todo el mundo nos pregunta cómo terminamos así: con una fábrica partida en dos, nuestro sistema fragmentado y la resolución de un juicio que no nos permite reiniciarnos.
“La llamada ‘Fábrica de los Sueños’ queda adjudicada a la parte demandante”.
Una instalación colosal, que al principio era parte de la que llamábamos “La Fábrica”. Allí los habitantes obteníamos las ilusiones que nos permitían dormir, soñar, amar, vivir y despertarnos a las cinco de la mañana cuando la sirena nos convocaba y desayunábamos sin darnos cuenta de nuestra vulnerabilidad. Como los sueños comenzaron a morirse de frío porque no tenían cómo cubrirse, la Fábrica de los sueños desapareció sin previo aviso.
“A la parte demandada se le adjudica La Fábrica de Sábanas”.
Una maquinaria simple que producía tejidos para cuerpos vacíos. Como no soportó salir poco beneficiada, se sumergió en un territorio difuso, donde la vigilia y el ensueño son uno, un horizonte confuso de realidades sin cartografiar. Fue un intento de producción humano, tan patético como lógico. Y el tejido de la realidad comenzó a desfibrarse. Colapsó poco después y nos indemnizaron con sábanas tejidas de esclavitud.
Desde entonces, deambulamos envueltos en sábanas blancas como crisálidas de un software inservible. El tiempo se volvió relativo aquí. El ciclo del día no carga completamente, las luces parpadean, el cielo permanece suspendido entre un amanecer que no nace y una noche que no muere. Las galerías de las casas han abandonado los atardeceres como a la peste. Ya no quedan cafeterías para dar gracias a la vida que nos había dado tanto. Sin café, recurrimos al whisky, pero los tugurios también se quedaron sin sistema operativo para las borracheras.
Mientras aguardamos una actualización del sistema, la vida se nos desparrama: los algoritmos fallidos crean “sustos”, somos entidades defectuosas manifestándose en calles vacías, parpadeos sin coherencia tecnológica ni derechos, crías de una fábrica que nos parió, nos destrozó y clausuró las salidas de emergencia.
En un gesto tan valiente como estúpido, nos deslizamos bajo las sábanas como si fueran escudos, esperando un renacer de nuestro pueblo fantasma. Ya no logramos dormir ni tampoco despertar. Y todavía nos cuesta aceptar que nuestra tragedia no es que el sistema se caiga, sino que se reinicie. Como si nada hubiera pasado.

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