La avenida Corrientes y sus Cabarets

El «Chantecler»

La Avenida Corrientes, una de las arterias más emblemáticas de la Ciudad de Buenos Aires, narra una evolución urbana, cultural y social que comenzó a gestarse a principios del siglo XX: originalmente una calle angosta salpicada de cafés como el legendario «La Paz», allí proliferaron teatros donde debutaron figuras del sainete y librerías que alojaban tertulias literarias; su atmósfera bohemia quedó plasmada en largas conversaciones nocturnas entre escritores y músicos que, entre humo de cigarrillos y acordes de guitarra, animaban la vida porteña, mientras el tango —símbolo indeleble de la identidad argentina— resonaba en salones como el «Chantecler», escenario de las presentaciones de Carlos Gardel y de intensas jornadas de milonga que consolidaron a Corrientes como un centro neurálgico de la cultura popular y el entretenimiento.

La gran transformación llegó en la década de 1930, cuando Corrientes fue remodelada y su calzada se hizo más ancha. Esta obra estuvo ligada al auge del automóvil, a las nuevas formas de movilidad y a los deseos de modernización urbana que caracterizaron el período. La nueva configuración de la avenida no solo permitió sumar luminarias y marquesinas que realzaran su mítica silueta nocturna, sino que también cambió profundamente la vida cotidiana: los vecinos ganaron más espacio para encontrarse y pasear, mientras que los comercios florecieron con el incremento del tránsito peatonal y la ampliación de actividades culturales. Así se consolidó su perfil como «la calle que nunca duerme».

Durante el siglo XX, Corrientes fue testigo del surgimiento de distintos espacios culturales. Se inauguraron teatros icónicos, como el Teatro Gran Rex y el Teatro Ópera, y su proximidad al Obelisco la vinculó incluso con acontecimientos históricos de gran relevancia, como la celebración del regreso de la democracia en 1983 o manifestaciones multitudinarias durante distintas coyunturas políticas argentinas. Además, Corrientes fue un refugio para intelectuales perseguidos, especialmente durante gobiernos autoritarios, quienes encontraron allí un espacio para expresarse libremente y promover el intercambio de ideas, convirtiendo a la avenida en un verdadero epicentro cultural y social del país.

Durante la década de 1920, que se caracterizó por la influencia cultural francesa, surgieron los cabarets, espacios que acogían lo que no cabía en los márgenes: noches intensas de tango, voces profundas del arrabal y los cuerpos que desafiaban las normas. En 1924, el francés Charles Seguin, propietario de otros emprendimientos similares como el Casino y el Tabaris, mandó a construir en la calle Paraná 440 el edificio donde se emplazaría el cabaret Chantecler, una extraña pieza de orfebrería dentro de la historia nocturna de Buenos Aires, cuyas aristas se entrelazan con el tango, el arte y los movimientos sociales de la época.

Más que un cabaret, el Chantecler fue una caja de resonancia de las pasiones urbanas de una Buenos Aires que vibraba entre modernidad y tradición. Su nombre, tomado del francés, significa “canta claro”; entre sus cortinados, luces bajas y bambalinas, las orquestas de Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese y Juan D’Arienzo componían e interpretaban melodías tangueras que se bailaban con lenguaje de deseo y pertenencia.

Si bien era símbolo de glamour y provocación, el Chantecler también era espacio de encuentro para artistas transgresores y personajes que incomodaban las convenciones. Era una especie de santuario de inspiración popular donde el baile se experimentaba con una intensidad casi ritual. Su concurrencia se nutría de artistas, políticos, turistas y personas adineradas que acudían para beber, comer, bailar y presenciar espectáculos principalmente vinculados al tango.

La entrada contaba con una dársena para que los automóviles dejaran a los concurrentes en la puerta, donde los recibía un portero, y el interior ofrecía tres pistas de baile, un gran escenario, palcos con cortinados de pana roja y teléfono directo para realizar pedidos; en el fondo, una exótica piscina climatizada reunía a jóvenes y atractivas muchachas que ejecutaban juegos acuáticos como entretenimiento distintivo del local.

Las mujeres que trabajaban allí —vedettes, bailarinas, cantantes— encarnaban no solo una sensualidad explícita, sino una forma de autonomía en épocas en que el cuerpo femenino estaba fuertemente regulado; a través de su presencia escénica y su capacidad para habitar el deseo en público, pusieron en tensión normas sociales que pretendían controlar lo íntimo.

Ada Falcón, apodada “La joyita argentina” y “La emperatriz del tango”, fue una figura fulgurante de los años 30 cuya voz, cargada de dramatismo y sensualidad, personifica ese espíritu desafiante de los cabarets porteños; aunque no existan registros que la vinculen directamente con el Chantecler, su trayectoria —marcada por el amor público con Francisco Canaro y un retiro abrupto que la llevó a un convento en Salsipuedes— simboliza las contradicciones que vivían estas artistas: la celebridad y su costo emocional, la exposición pública frente a la necesidad de resguardar lo íntimo.

El cierre del cabaret en 1960, impulsado por cambios de costumbres, moral conservadora y presiones inmobiliarias, no borró su huella: permanece viva en letras de tango, fotografías en sepia y en las historias nocturnas que aún susurran desde las baldosas de la calle Paraná.

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