Hacer Sonoro pone la mesa: Vardé sirve soul

Este viernes 12 de diciembre a las 19 hs., en J B Libros, Villa Urquiza, Tony Vardé encabezará una charla abierta titulada Cuando las canciones hacen la diferencia. No es un título pretencioso: es una hipótesis en presente.

por Melina Schweizer

Habrá una librería de barrio, pequeña como suelen ser los lugares donde las cosas importantes empiezan sin hacer ruido, que el viernes 12 de diciembre, cuando el sol empiece a caer y Buenos Aires se vuelva un poco más lenta, abrirá sus puertas para recibir a Tony Vardé, Dani Jol Fernández y a todos los que saben, quizá por intuición más que por doctrina, que la cultura no se defiende en los despachos, sino en los cuerpos que la escuchan, la leen, la debaten y la sostienen. Será J B Libros, en Andonaegui 3059, la anfitriona de Cuando las canciones hacen la diferencia, una conversación tejida alrededor de cuatro voces que el siglo XX convirtió en faros —Otis Redding, Aretha Franklin, Toots Hibbert y Nina Simone— y que el XXI, lejos de apagarse, convirtió en archivos vivos para pensar la dignidad, el racismo, la desigualdad, la memoria y, por supuesto, la música soul.

La invitación parece sencilla, casi doméstica: entrada libre, Dani Jol Fernández, a cargo del espacio de divulgación de música negra llamado “Hacer Sonoro”, estará moderando; habrá libros sobre la mesa y música en el aire. Pero ninguna sencillez es inocente. Porque esta charla sucede en una Argentina que atraviesa una crisis cultural profunda, estructural, prolongada, en la que instituciones históricas se reducen, organismos se fusionan o desaparecen, presupuestos alcanzan apenas para sostener sueros, y trabajadores que durante años construyeron patrimonio hoy marchan en defensa de algo que, dicen, no debería ser un lujo sino un derecho.
2025 será recordado como el año en que se instaló, con fuerza y con filo, una pregunta que no debería sonar nueva, aunque su golpe todavía duela: ¿Qué lugar ocupa la cultura en la vida de un país?

Las respuestas, lejos de ser unánimes, se bifurcan como avenidas porteñas a las siete de la tarde. El INCAA opera con fondos mínimos; las universidades públicas —que formaron generaciones de artistas, críticos, pensadores— sostienen su actividad entre paros, presupuestos congelados y aulas que recuerdan, con humedad y cables sueltos, que nada es eterno si no se cuida. Museos-ciudad abandonados; archivos fílmicos sin digitalización; cine nacional paralizado; plataformas públicas al borde del cierre. No son datos sueltos: son síntomas.
En paralelo, la política cultural del gobierno se organiza bajo la idea de una “batalla cultural”, que no es metáfora sino conflictividad explícita: recortes, reestructuraciones, desfinanciamiento, desplazamiento de organismos de memoria, un discurso que señala, cuestiona y redefine qué debe recordarse, cómo y para qué.

Pero el problema no nace únicamente en Casa Rosada. Como advirtió Juan Courel, desde Alaska Comunicación, la sociedad argentina no es una unidad ideológica; es una trama contradictoria. Quiere proteger la industria nacional, pero también quiere importar barato; defiende la universidad pública, pero tolera que su presupuesto caiga si cree que eso estabilizará la economía; rechaza privatizar Aerolíneas y YPF, pero pide menor intervención estatal; apoya derechos adquiridos, pero convive con fatiga política y deseos de cambio rápido.

Esta contradicción —argentina hasta el hueso— hace que las reformas culturales no se definan solamente por decisión política, sino por tolerancia social. La cultura se vuelve entonces un terreno movedizo donde el apoyo y el rechazo ocurrieron juntos, donde el aplauso y el recorte comparten la misma calle. Y mientras periodistas preguntan, encuestadores registran, funcionarios anuncian y organismos denuncian, la cultura sigue respirando donde siempre respiró: en los espacios pequeños.

Porque la cultura argentina —esa que sobrevivió a dictaduras, hiperinflaciones, privatizaciones, crisis económicas y ciclos de desmemoria— siempre se sostuvo primero en actos mínimos. En bibliotecas barriales, en teatros independientes, en músicos que tocan por poco y artistas que crean por convicción. En la persistencia obstinada de quienes creen que un país sin memoria no es un país, sino una amnesia con bandera.
Por eso este viernes, en un rincón de Villa Urquiza, con un piano imaginario acompañando el aire, la voz de Nina Simone volverá a decir lo que la política discute pero no resuelve: que la dignidad no se negocia; que la identidad cultural no se vende por descuento; que un pueblo sin archivo es un pueblo que se repite.

No será un recital —será una conversación.
No será masivo —será intenso.
Será un gesto cultural en un país donde los gestos importan.

Escuchar a Nina Simone en 2025 no es una experiencia neutra. Significa recordar que hubo un tiempo en que la música fue trinchera y consigna, que Aretha Franklin no era solo un prodigio vocal, sino una mujer que exigió respeto, que Otis Redding cantó desde una piel que conoció la violencia racial, que Toots Hibbert convirtió el patois jamaiquino en identidad y que Nina, siempre Nina, desafió al mismo tiempo al patriarcado, al racismo, a la industria y a los gobiernos.

El soul no fue entretenimiento: fue justicia.
El jazz no fue fondo musical: fue pensamiento político.
Y cuando el Estado se retira, la música queda.

Por eso la pregunta que sobrevuela este evento —que no se leerá en el afiche ni se dirá en voz alta, pero estará ahí, flotando como quien pide una respuesta— no es qué canciones van a escucharse, sino qué memoria estamos dispuestos a sostener cuando el Estado pierde interés en mantenerla.

La cultura, lo sabemos, no desaparece de un día para el otro. No hay decreto que la elimine. Pero puede deteriorarse, enfermarse, extraviarse en la indiferencia. Y un país puede seguir funcionando aun cuando sus museos cierran más temprano, sus cineastas filman menos, sus artistas consiguen becas afuera porque adentro no hay presupuesto. La cultura no muere rápido: se va apagando de a poco, como una luz que nadie reemplaza cuando se quema. Y tal vez, por eso mismo, este evento importa.

No por grande, sino por vivo.
No por institucional, sino por urgente.
Porque en medio de un país que discute recortes, privatizaciones, aperturas económicas y batallas culturales que parecen partidas de ajedrez ideológico, habrá un lugar pequeño —una librería, una mesa, un micrófono— donde la cultura respirará sin permiso del presupuesto.
Y quienes asistan no escucharán sólo música. Escucharán preguntas.

¿Qué somos cuando el Estado retrocede?
¿Quién sostiene la memoria cuando los archivos tiemblan?
¿Puede una canción —una sola— sostener un país?
Quizá no.
Pero puede impedir que se olvide lo que está en juego.

Al final del viernes, cuando cierre la librería y las luces se apaguen, tal vez algo quede vibrando en el pecho. Una frase. Un piano. Un grito. Una herida. O simplemente la certeza, suave pero firme, de que hay batallas que no se libran con armas ni con hashtags, sino con voz y escucha; que un pueblo que canta no es un pueblo vencido; que la cultura no se defiende desde arriba, sino desde abajo; que la memoria, cuando se convierte en música, nunca vuelve a ser silencio.
Y entonces, sin necesidad de futuros rimbombantes ni grandes titulares, lo que habrá ocurrido será simple y poderoso: en medio de una crisis cultural, Argentina habrá seguido escuchando.

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