Informe sobre intentos de suicidios en el país
Cada día en los pasillos de los hospitales se cuentan historias de vidas truncadas y familias diezmadas. Entre el 1 de abril de 2023 y el 31 de octubre de 2025, el Sistema Nacional de Vigilancia Sanitaria (SNVS) registró 22.249 intentos de suicidio en Argentina, un promedio de 60 episodios diarios. Detrás de esos números palpitan rostros, edades, modos y contextos que explican por qué la conducta suicida es hoy una prioridad de salud pública.
La crónica de este registro revela contrastes y patrones que no se advierten a primera vista. En la suma global, el 61% de las notificaciones corresponden al sexo femenino (13.484 casos). Pero no siempre son casos letales. De los registros, el 95% (20.928) fueron intentos sin resultado mortal y el 5% (1.218) resultaron fatales. El análisis por sexo desnuda una diferencia cruda: la probabilidad de que un intento sea mortal resulta aproximadamente cinco veces mayor en varones que en mujeres (10,8% frente a 2,1%). Esta es una advertencia sobre métodos empleados; mientras las mujeres recurren mayoritariamente a la sobre ingesta de medicamentos —casi el 60% de sus intentos—, los varones emplean con más frecuencia el ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación (39%), una modalidad con mayor probabilidad de producir muerte. El uso de objeto cortante aparece en torno al 16% en ambos sexos, pero ocupa posiciones distintas en el orden de frecuencia.
La edad marca otra faceta de esta tragedia. Más del 30% de los intentos se concentra entre los 15 y los 34 años; las tasas más altas se encuentran en adolescentes y jóvenes: 124 casos por cada 100.000 habitantes en el grupo de 15 a 19 años y 114 por cada 100.000 en el de 20 a 24. En prácticamente todos los grupos etarios —salvo en los mayores de 65— las tasas más elevadas corresponden a las mujeres; es particularmente llamativo que las jóvenes de 15 a 19 años presenten la tasa más alta de todas, duplicando la de los varones de la misma edad. Es una señal de alarma: la adolescencia y el tránsito a la adultez son momentos de especial vulnerabilidad, donde factores biológicos, sociales y culturales se entrelazan.
La obligatoriedad de notificar intentos de suicidio desde abril de 2023 transformó la forma de contar estas historias. Antes, muchos episodios escapaban a la estadística; ahora, el SNVS permite visibilizar la magnitud del fenómeno y perfilar respuestas más precisas. La información no solo cuantifica: orienta intervenciones. Sabe, por ejemplo, que la mayoría de los eventos ocurren en domicilios, lo que exige reforzar redes comunitarias, líneas de atención, capacitación primaria y acciones de prevención que lleguen al hogar y a los entornos educativos. También ofrece pistas para la reducción de riesgos: controlar el acceso a fármacos, promover almacenamiento seguro de sustancias, y diseñar estrategias específicas por sexo y edad.
La conducta suicida es multicausal. Detrás de cada intento hay una constelación de factores: trastornos mentales no tratados, crisis económicas, rupturas afectivas, abusos, soledad, estigmas que impiden pedir ayuda. La crónica que dibujan las cifras es, entonces, una invitación a pensar políticas sostenidas: prevención desde la infancia, fortalecimiento de los servicios de salud mental, formación de equipos de atención primaria, líneas de contención accesibles las 24 horas, programas escolares y comunitarios que detecten riesgo y acompañen, además de campañas que desarmen mitos y reduzcan estigmas.
También obliga a mirar las barreras del sistema: tiempos de espera para atención especializada, desigualdades territoriales en el acceso a recursos y la necesidad de integrar la comunidad, la escuela, el trabajo y la familia en una red que no deje a nadie aislado. Si la tragedia del suicidio es multicausal, la prevención debe serlo también. Cada intento evitado es una historia que continúa; cada persona acompañada es una oportunidad para transformar una estadística en vida.
