Presupuesto porteño: orden para pocos, calma para todos
El Presupuesto porteño 2026 promete orden, eficiencia y calma, mientras consolida un modelo que administra privilegios y terceriza el silencio social.
por Melina Schweizer
Hay presupuestos que se presentan como lo que son —una ley de gastos y recursos— y otros que se venden como un relato de gestión, una especie de PowerPoint moral donde el Excel se convierte en virtud cívica y el superávit en valor espiritual. El Presupuesto 2026 de la Ciudad de Buenos Aires pertenece, sin dudas, a esta segunda categoría.
El ministro de Hacienda y Finanzas, Gustavo Arengo, desplegó ante los y las legisladores porteños una presentación cuidadosamente pulida: números grandes, conceptos amables, palabras que suenan bien en cualquier focus group de clase media ilustrada. Equilibrio fiscal por quinto año consecutivo. Inversión récord en infraestructura. Movilidad cuadruplicada. Seis de cada diez pesos para áreas sociales. Todo ordenado, todo razonable, todo “como corresponde”.
Un presupuesto que no grita, no se desborda, no improvisa. Un presupuesto que no incomoda.
El equilibrio como mantra
El dato central, repetido como rosario laico, fue el equilibrio financiero. Por quinto año consecutivo, la Ciudad proyecta cerrar con superávit: unos modestos —pero simbólicamente potentes— 6.000 millones de pesos. No es tanto por el monto, sino por el mensaje. En tiempos donde el Gobierno nacional predica el ajuste como cruzada y la motosierra como estética, la Ciudad elige otro tono: austero, prolijo, civilizado.
No hay épica del sufrimiento ni discursos sobre castas a exterminar. Hay planillas, gráficos, y una narrativa de “gestión responsable” que se ofrece como antídoto contra el caos macroeconómico. Buenos Aires se piensa —y se vende— como una isla racional en medio del naufragio.
Los ingresos totales estimados alcanzan los $17,347 billones, con niveles de endeudamiento que, según Arengo, son los más bajos de los últimos 14 años. Dicho en porteño básico: debemos poco, pagamos a tiempo y no gritamos.
Infraestructura: cuando la obra es promesa
Casi el 20% del presupuesto se destinará a infraestructura. Una cifra que el ministro definió como “récord” y que, efectivamente, cuadruplica los recursos asignados en 2023. En el centro del anuncio, como siempre, el subte: la nueva Línea F, la renovación de formaciones de las líneas A, B y C, más Metrobús, más autopistas, más puesta en valor del Autódromo.
La obra pública vuelve a ser el lugar donde la Ciudad se reconoce moderna, eficiente y en movimiento. No es casual: el cemento ordena el relato. La obra se ve, se inaugura, se corta la cinta, se sube a Instagram. La infraestructura es política sin conflicto.
Eso sí: la Línea F vuelve a aparecer como promesa estructural, como ese proyecto que siempre está por empezar, siempre a punto de materializarse, siempre ideal para slides, renders y campañas. Una línea que existe más en el discurso que bajo tierra.
Movilidad: circular sin pensar demasiado.
La movilidad urbana recibe una mención especial: el presupuesto se cuadruplica. Bicisendas, subtes, Metrobús, autopistas. Todo fluye. Todo conecta. Todo circula.
La Ciudad piensa la movilidad como eficiencia, no como derecho. Como optimización del tránsito, no como discusión social. Se mueve quien puede moverse, como puede, donde puede. El presupuesto no problematiza desigualdades territoriales ni accesibilidad real: propone velocidad.
Los cinco pilares (o cómo ordenar el mundo en bullets)
El proyecto se estructura en cinco pilares que parecen salidos de una consultora internacional:
1. Metro cuadrado: cuidado del espacio público, limpieza, seguridad. La Ciudad como living ordenado.
2. Movilidad: conectividad, transporte sustentable, infraestructura.
3. Cuidado: salud, educación, inclusión social.
4. Ciudad atractiva: cultura, deporte, turismo. La ciudad postal.
5. Modernización del Estado: digitalización total, trámites sin fricción, gobierno amigable.
Todo suena bien. Todo es defendible. Todo es técnicamente correcto. Y, sin embargo, algo falta: conflicto, contexto, política.
Inversión social: mucho porcentaje, poca discusión
Seis de cada diez pesos del presupuesto se destinan a áreas sociales. Educación mantiene la mayor partida, con el 20% del total. Salud alcanza el 16,5%. Seguridad, el 15%.
Los números son contundentes. El relato también. Pero la pregunta no es cuánto, sino cómo y para quién.
Porque un presupuesto puede destinar millones a educación sin discutir desigualdades estructurales; puede invertir en salud sin fortalecer la atención primaria; puede aumentar seguridad sin revisar prácticas, violencias y sesgos.
La Ciudad cuida, pero cuida a su manera: con indicadores, con eficiencia, con lógica administrativa. No hay cuestionamiento del modelo urbano ni de sus exclusiones históricas.
Trámites, trámites y más trámites
Uno de los ejes más celebrados fue la simplificación administrativa. Eliminación de 71 trámites, digitalización del 94%, objetivo del 100% para 2026. Devoluciones exprés de Ingresos Brutos. Exenciones para jubilados.
El Estado como app. El ciudadano como usuario. Todo rápido, todo sin fila, todo online.
Pero la digitalización también excluye. No todos acceden igual. No todos tienen conectividad, dispositivos, alfabetización digital. Ese dato nunca entra en el Excel.
Legislatura: preguntas, gestos y ritual democrático
El debate legislativo tuvo de todo: consultas técnicas, críticas previsibles, comparaciones con Nación, reclamos sectoriales. Algunos celebraron la eliminación de impuestos; otros cuestionaron la baja alícuota al juego online; otros señalaron contradicciones normativas.
Arengo respondió con paciencia y tono institucional. Nada se desmadró. Nada se gritó. Todo muy correcto.
Y eso, en tiempos de política crispada, también es un mensaje.
Nación versus Ciudad: dos estilos, dos relatos
Mientras el Presupuesto nacional 2026 se presenta como una épica del ajuste, con tijera en mano y discurso de sacrificio, la Ciudad opta por el orden sin drama. No hay guerra cultural, hay administración. No hay enemigos, hay vecinos.
La Nación habla de castas; la Ciudad habla de trámites. La Nación recorta; la Ciudad reasigna. La Nación confronta; la Ciudad gestiona.
Es una diferencia estética, política y simbólica. Buenos Aires se ofrece como vitrina de gobernabilidad en un país incendiado.
Epílogo: el presupuesto como espejo
El Presupuesto 2026 de la Ciudad no es malo. Tampoco es revolucionario. Es coherente con un modelo de ciudad que prioriza orden, previsibilidad y gestión técnica. Un presupuesto que no interpela, no incomoda y no se pregunta demasiado.
Un presupuesto que funciona como espejo de su electorado ideal: informado, conectado, prolijo, convencido de que el problema nunca es estructural, sino de mala administración.
Y quizás ahí esté su mayor límite: creer que el Excel alcanza para gobernar una ciudad profundamente desigual.
Porque hay cosas que no entran en una planilla. Y barrios que no aparecen en los renders.
