Darse cuenta y qué hacer

por Rafael Gómez

Lo primero es “darse cuenta”. Abrir los ojos y ver claramente lo que tenemos enfrente. Despejar la confusión. Casi nunca la situación es clara, pero a veces ocurre algo extraordinario que no podemos dejar de mirar. Entonces detenemos los algoritmos que nos entretienen y mantenemos los ojos abiertos, porque intuimos que estamos ante una revelación. Algo que nos concierne a todos y es capaz de afectar nuestra vida para siempre. Algo muy fuerte que puede pasarnos o que ya está pasándonos, nos alerta el instinto de supervivencia. Hay un riesgo que debemos afrontar para que la vida tenga sentido, nos decimos. Entonces la confusión —provocada por los algoritmos, los medios y las plataformas— que nos paraliza se despeja, y emergemos a la realidad como saliendo de un sueño. ¿Podremos movernos? ¿Actuar? ¿Relacionarnos de verdad con otros? ¿Modificar entre todos el mundo?
EE.UU. bombardeó e invadió Venezuela la madrugada del sábado 3 de enero del 2026 mientras su población dormía —y nosotros estábamos paralizados por la confusión—. Esa noche, mediante un dispositivo naval y aéreo gigantesco, EE.UU. atacó varias ciudades de ese país, asesinó a más de un centenar de personas, y secuestró en Caracas al presidente de Venezuela junto con su esposa, y los confinó en una cárcel de Nueva York.
Este fue el hecho. Lo que detuvo para muchos de nosotros la procesión de algoritmos (yo la detuve) y nos hizo abrir los ojos. Ya no estaba la sucesión de información fatal y superflua, las propuestas de consumo, las películas apocalípticas, siniestras o melodramáticas, los desastres ambientales, la pobreza del Conurbano, de África y del Tercer Mundo, la represión policial a los jubilados todos los miércoles frente al Congreso en Buenos Aires, la publicidad de viajes y comidas en facebook, el narcisismo de los usuarios, un ministro de economía de un país subdesarrollado anunciando en instagram otro endeudamiento y un nuevo ajuste (con su consecuente pobreza) para pagar al FMI, la separación de una pareja de actores calvos y la pelea por la custodia de un perro collie barbudo, el video de una tremenda inundación con decenas de muertos en Yakarta por el cambio climático, y la ganadora de un premio Nobel de la paz que propicia la guerra y cede su galardón a Trump, el presidente de EE.UU. que aparece en Google con la propuesta de comprar o invadir Groenlandia, luego un aviso para cambiar las sábanas, comprar sushi, la cotización del dólar, y aparece en X una cámara con IA que desnuda mujeres y hombres, un político desde la cárcel que denuncia a otro por corrupción, dos payasos comiendo pizza en una catedral, un regimiento de policías enmascarados que acorrala y detiene migrantes en Minnesota… Todo esto y mucho más se detuvo.

II
La sucesión de señales que no alcanzamos a procesar, que no podemos resolver, que nos provoca confusión y nos paraliza frente a las pantallas, ha cesado. Ahora podemos pensar. Salir del aislamiento de los algoritmos y encontrarnos, relacionarnos de verdad. El comienzo es sencillo. La señal que alerta y despeja la confusión está frente a nosotros. Se extiende, se desarrolla y explica por sí mismo muchas cosas que antes no alcanzábamos a procesar en conjunto y nos confundían. ¿De qué se trata?
Se trata de la invasión de EE.UU. a Venezuela, de la matanza de un centenar de personas y del secuestro del presidente Nicolás Maduro y su confinamiento en una cárcel de Nueva York. ¿Cómo se extiende, se entiende y se desarrolla esto?
Un país que se pretende democrático y pacífico invade a otro, provoca una matanza, desmantela a un gobierno elegido por el pueblo y quiere tomar por la fuerza el control de ese país. ¿Hay alguna razón para justificar esto? Venezuela no agredió a EE.UU. Donald Trump presenta la excusa del narcotráfico. Primero atacó con misiles, artillería naval, helicópteros y aviones a indefensas lanchas pesqueras cerca de las costas venezolanas, arguyendo que transportaban droga, y así mató en pocos días a más de un centenar de personas. No hubo interrogatorios, pruebas, juicio, ni sobrevivientes. ¿Qué es esto? Pudo ser un acto de guerra, pero no hubo declaración de guerra. ¡Fueron sencillamente asesinatos! Segundo y acto seguido, EE.UU. invadió Venezuela matando a otro centenar de personas y secuestró al presidente Maduro porque se decía que era el líder del cártel Los Soles, una organización criminal de narcotráfico. Y lo encarceló junto a su esposa en Nueva York para juzgarlo. Pero pocos días después se retiró de la causa el cargo de narcotraficante, porque el cártel Los Soles nunca existió; había sido un invento de la CIA. Sin embargo, Maduro y su esposa no salieron de la cárcel. Y Trump —que en español se pronuncia Tramp, y suena parecido a trampa— dice ahora que el objetivo había sido (y todavía lo es) deshacerse de Maduro para quedarse con el petróleo de Venezuela. Esta no es una interpretación aventurada ni una opinión de este cronista. Trump lo ha dicho muy claro varias veces, incluso con cifras. Trump, después del ataque, se considera presidente interino de Venezuela y afirma que el petróleo no le pertenece a Venezuela; dice que planea sacarlo, venderlo y administrarlo en persona. Empezando con una carga de 30 millones a 50 millones de barriles, que pronto enviará a EE.UU. Las cifras de esta primera carga son de 1.800 millones a 3.000 millones de dólares, respectivamente.

La señal es muy clara. EE.UU. no ha sido agredida por Venezuela para justificar una guerra, ni ha querido salvar la democracia y al pueblo de Venezuela secuestrando a Maduro (como también decía Trump al principio), y tampoco el ataque y secuestro eran parte de una lucha noble contra el narcotráfico (como después decía y luego desmentía Trump). El ataque, el terror de los bombardeos, los dos centenares de muertos, la caída de un gobierno constitucional, la presión política, el temor de la población a un nuevo ataque (o segunda ola, como decía Trump)… Todo eso sucede para apropiarse del petróleo. Y no es que EE.UU. necesite en este momento petróleo; tiene reservas propias por 10 años y siempre pudo comprar todo el petróleo que quiso. Se trata de acumular, tener más de lo necesario, y enriquecerse mediante el robo, el asesinato, el sometimiento y la pobreza de los otros. Es así de claro. ¿Es la primera vez que EE.UU. procede de esta forma?

III
No. Ahora nos damos cuenta. EE.UU. no invadió Irak e hizo una guerra para buscar armas químicas de destrucción masiva, sino por el negocio del petróleo. Tampoco invadió Panamá, mató a más de dos centenares de civiles y secuestró al presidente Noriega para salvar ese país, sino para hacer negocios con el canal. Y así —violando derechos y soberanías— entró en Haití, Somalia, Bosnia, Turquía, Uganda, Siria, Yemen, Irán, Nigeria, Serbia, Camboya, Albania, Bangui, Kuwait, Honduras, Libia, Zaire, República Dominicana, Taiwán, Tailandia, Cuba… Hubo decenas de intervenciones militares de EE.UU. en el mundo para hacer negocios. Y también deben considerarse las dictaduras militares que instaló, por ejemplo en Sudamérica, para imponer el régimen neoliberal (es decir: los negocios para las corporaciones). Fueron largas y sangrientas dictaduras, con millones de víctimas, que empezaron con Pinochet, Videla y Castelo Branco (Casa Blanca), en Chile, Argentina y Brasil, respectivamente.

Ahora podemos ver a través de esta última intervención militar en Venezuela cómo han sido las intervenciones anteriores y por qué han ocurrido. Trump no hizo nada diferente a sus predecesores, nada que no estuviera haciendo EE.UU. desde hace más de dos siglos. La única gran diferencia, que convierte esta intervención en una señal extraordinaria e inolvidable, es que Trump no supo, no pudo o no quiso tapar las verdaderas intenciones del ataque. Ya no aparece el disfraz de la lucha por la democracia, por la justicia y la libertad, por los derechos humanos, el orden social, o el disfraz de la lucha contra los malvados, contra el terrorismo y el narcotráfico, contra la subversión y el comunismo. Ya está. Esto es lo que es. Al monstruo se le cayó la máscara.

IV
Miremos de frente. La Historia tiene otro aspecto y se entiende de verdad. Y no sólo la Historia, también lo que ocurre ahora. Ahora entendemos y podemos procesar en conjunto las señales que antes nos confundían y paralizaban. Las películas apocalípticas y los desastres ambientales relacionados con el cambio climático, producido por el exceso de combustión de petróleo y la deforestación. La concentración de la riqueza en EE.UU. está relacionada con el aumento de la pobreza en el Tercer Mundo; la pobreza cunde en casi todos los países donde EE. UU. ha intervenido. Los ajustes para pagar al FMI en esos países. Las guerras para consumar la apropiación. La necesidad de enemigos. La represión policial a los jubilados en Buenos Aires y la detención de los migrantes en Minnesota por el ICE para crear enemigos internos. Trump gerenciando guerras internas y externas, pero buscando a la vez el premio Nobel de la paz…
Estimados lectores, lector y lectora, si han llegado hasta aquí es seguro que se han dado cuenta, ya lo saben y estamos todos de acuerdo sobre la situación peligrosa que vivimos. Salimos de la confusión y podemos movernos. Ahora viene la parte más difícil de esta nota, una pregunta: ¿Qué vamos a hacer al respecto?
No lo sé. En principio, la respuesta será personal; cada cual decidirá qué hacer, si hacer algo o no, si reaccionar, esperar o negar, si difundir esto o esconderlo…
Me preguntarán los lectores: ¿qué es lo bueno según mi entender?, ¿qué se debe hacer? Respondo:
Dado el enorme peligro en curso, creo que debemos difundir esto y formar juntos un bloque contra la guerra y la acumulación capitalista, y a favor de la vida y de una democracia participativa.

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