La Fuerza Bruta
Estados Unidos patea el tablero del orden mundial
por Juan Pablo Costa
La política internacional atraviesa hoy un sismo cuyas réplicas amenazan con demoler definitivamente las estructuras que rigieron el capitalismo y la diplomacia desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Lo que durante décadas se conoció como el sistema multilateral —basado en foros de diálogo, tratados de defensa mutua y una precaria pero funcional reglamentación internacional— está siendo reemplazado por una estrategia de fuerza bruta que no reconoce fronteras ni soberanías. La reciente y brutal escalada contra Venezuela, que ha culminado con la invasión militar y el secuestro de su presidente Nicolás Maduro, no debe leerse como una defensa de valores democráticos; sino, por el contrario, como la reacción de un imperio que, en su declive relativo, ha decidido incendiar el manual de convivencia global para intentar retener su hegemonía por la vía del puro garrote.
Demolición del sistema multilateral
Donald Trump ha regresado a la Casa Blanca con una versión mucho más temeraria y menos dubitativa de su doctrina, demostrando que su desprecio por las instituciones internacionales ya no es solo una postura retórica para el consumo interno, sino una política de demolición sistemática del orden multilateral que el propio Estados Unidos construyó desde 1945. Esta realidad se manifiesta en la salida de Estados Unidos de más de 66 organizaciones y foros internacionales, incluyendo muchos de las Naciones Unidas. Esta huida hacia adelante representa una confesión involuntaria de que la potencia del norte ya no puede —o no quiere— liderar un mundo que se encamina irremediablemente hacia la multipolaridad, y por ello decide patear el tablero que ella misma ayudó a construir tras la Segunda Guerra Mundial.
Este comportamiento agresivo de Washington no se limita a sus enemigos declarados, sino que empieza a morder incluso a sus aliados históricos, evidenciando que en la lógica del «Make America Great Again» no existen socios, sino solo áreas de interés a subordinar. El recrudecimiento de las tensiones con Dinamarca por el control estratégico de Groenlandia y los crecientes roces con Canadá —Trump ha llegado a la provocación de mostrar un mapa con Canadá y Groenlandia anexadas a los Estados Unidos— demuestran que la Casa Blanca ha regresado a una geopolítica del siglo XIX, donde el mapa se redibuja con la punta de una bayoneta y la diplomacia es reemplazada por la extorsión.
Se trata de la reacción desesperada de un imperio que, al verse superado en áreas clave de innovación y productividad por la República Popular China, recurre a medidas arbitrarias y no competitivas para frenar su caída. En este escenario, la invasión a Venezuela funciona como el laboratorio más cruento de la llamada “Doctrina Donroe”, un juego de palabras que combina a Donald Trump con James Monroe, presidente norteamericano de principios del siglo 19, quien planteaba la máxima de América para los americanos, que no es más que un eufemismo para advertir que Latinoamérica debe subordinarse a los designios norteamericanos y conformarse con ser, una vez más, el «patio trasero» de una potencia que ya no busca convencer, sino disciplinar mediante el terror y la ocupación.
Laboratorio del garrote imperial
La verdadera obsesión de este nuevo orden (o desorden) global es el control de los recursos estratégicos y el desplazamiento de cualquier influencia externa, especialmente la china, en el continente americano. El secuestro de un mandatario extranjero bajo una operación militar directa es la puesta en escena de un poder que busca asegurar el flujo de petróleo y minerales críticos como el litio y el uranio, sin permitir ninguna contrapartida en materia de industrialización local o desarrollo soberano. Para Estados Unidos, la autonomía de las naciones latinoamericanas es vista como una amenaza directa a su seguridad nacional, y la ocupación de Venezuela opera como un cerrojo geopolítico destinado a expulsar las inversiones del gigante asiático de la región. Es, en esencia, una pulseada por la hegemonía donde el capital transnacional utiliza al aparato militar norteamericano como su brazo ejecutor, ignorando cualquier principio de autodeterminación de los pueblos.
La claudicación geopolítica argentina
Para la Argentina, este escenario de caos y violencia internacional representa un riesgo de vulnerabilidad extrema debido al alineamiento automático y sin beneficio de inventario que impulsa el gobierno de Javier Milei. La fascinación ideológica del oficialismo por la figura de Trump ha llevado a nuestro país a una capitulación geopolítica que entrega facultades soberanas a cambio de promesas de corto plazo que rara vez se cumplen. Mientras el mundo avanza hacia bloques como los BRICS, que se proponen como una alternativa real de financiamiento y desarrollo para el Sur Global, el gobierno argentino decidió rechazar su ingreso por puro prejuicio ideológico, atando la suerte nacional a una potencia que no tiene para ofrecer: ni el financiamiento ni la complementariedad económica que el país necesita.
Esta columna ya lo advirtió en repetidas ocasiones: la subordinación incondicional a los Estados Unidos es una pésima noticia para nuestra estructura productiva, ya que nuestras economías son competitivas y no complementarias. Argentina compite con Estados Unidos en sus principales exportaciones —commodities agropecuarias, energía y minerales—, por lo que es de una ingenuidad peligrosa pensar que Washington potenciará sectores que rivalizan con sus propios productores internos.
Abandono de la integración regional
Esta “geopolítica de la dependencia” se traduce en la aceptación de acuerdos asimétricos, donde Argentina asume compromisos unilaterales de apertura de mercados mientras Estados Unidos se limita a vagas promesas condicionadas. La cesión de soberanía llega al punto de aceptar normas y estándares estadounidenses en áreas sensibles, renunciando a la potestad de nuestros propios organismos de control. El interés norteamericano no es el desarrollo argentino, sino la captura de sus recursos estratégicos y la obtención de ventajas geopolíticas, como el establecimiento de una base militar en Tierra del Fuego para proyectar control sobre el Atlántico Sur y la Antártida. Al plegarse a la guerra comercial de Trump, el gobierno de Milei no solo arriesga el vínculo con China —nuestro segundo socio comercial y fuente clave de inversiones—, sino que hipoteca el futuro del país convirtiéndolo en un mero proveedor de materias primas, renunciando a cualquier posibilidad de desarrollo industrial autónomo.
Esta postura llega a tal punto que el oficialismo subestima deliberadamente la importancia del Mercosur, evidenciando un progresivo desinterés por la integración regional. Sin embargo, el abandono de este espacio ignora que, si bien el bloque tiene limitaciones y contradicciones, constituye el intento más serio de articulación productiva de los países de América del Sur y una herramienta fundamental para ganar la escala necesaria frente a las presiones del capital transnacional.
Frente a la política del garrote y el desprecio por el multilateralismo, resulta imperioso recuperar una visión estratégica basada en el no alineamiento activo y la integración regional. La experiencia histórica demuestra que los países que lograron desarrollarse no lo hicieron mediante la sumisión a una potencia en declive, sino a través de un Estado fuerte y planificador que defendió sus sectores estratégicos y buscó vínculos con todos los actores globales sin entregar el control del territorio ni la capacidad de planificación pública. El abandono del Mercosur y de otras instancias de coordinación regional en aras de una apertura indiscriminada solo beneficia a los grandes centros de poder financiero e imperialista, debilitando la posición negociadora de las naciones del Sur. La integración no es solo una opción comercial, es una herramienta de supervivencia soberana en un mundo donde las potencias disputan influencia a través de la economía y la fuerza militar.
En definitiva, lo que presenciamos con el retorno de Trump al poder no es una simple alteración táctica, sino la expresión más cruda de una crisis estructural del orden imperial. Al optar por la demolición del sistema multilateral, los Estados Unidos buscan compensar su declive relativo mediante una lógica de dominación pura, donde el multilateralismo y las reglas de convivencia global son sacrificadas en el altar de su pulseada estratégica contra China.
Por un proyecto nacional y regional soberano
Para la Argentina, esta coyuntura exige una lucidez estratégica que el gobierno de Javier Milei ha decidido canjear por un alineamiento automático y sin beneficio de inventario, hipotecando el futuro nacional y entregando facultades soberanas a cambio de un salvataje financiero efímero. La sumisión voluntaria a un proyecto hegemónico en decadencia, que solo ve en nuestra región un botín de recursos estratégicos y un “patio trasero”, no es un camino hacia la prosperidad, sino una claudicación geopolítica que nos condena a la dependencia.
Frente a la renovada política del garrote, la única respuesta soberana posible es fortalecer la unidad regional y el no alineamiento activo, defendiendo la autodeterminación y consolidando herramientas de articulación productiva, como el Mercosur, para ganar escala en un mundo que camina irremediablemente hacia la multipolaridad.
