Escuelas que se mudan, derechos que se pierden

La pedagogía silenciosa del ajuste porteño

Cuando el Estado habla de “reorganización”, conviene contar los pasos… y las ausencias.

por Melina Schweizer

El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires firmó el Decreto Nº 47/26 y lo publicó sin estridencias, como quien mueve una ficha administrativa. El texto aprueba el traslado de la Escuela de Educación Media N.º 2 del Distrito Escolar 14 desde su sede en Boyacá 2152 hacia un edificio en Avenida Álvarez Jonte 1964, a partir del ciclo lectivo 2026. En el papel, todo suena razonable: mejora edilicia, continuidad pedagógica, espacios adecuados, igualdad de oportunidades. En la realidad, como casi siempre, la historia es otra.
El decreto invoca palabras nobles —inclusión, garantía de escolaridad, entornos seguros— y las apila una tras otra hasta construir un relato técnicamente impecable. Pero la pregunta incómoda no aparece en ningún considerando: ¿por qué hay que trasladar una escuela pública en lugar de invertir donde ya existe comunidad, historia y arraigo?

Reorganizar no es lo mismo que fortalecer
El texto oficial repite una fórmula conocida: “reorganización de la oferta educativa”. Una expresión que en la jerga gubernamental suele funcionar como eufemismo elegante para no decir ajuste, no decir vaciamiento, no decir abandono progresivo de determinadas zonas. Porque reorganizar no es ampliar, no es crear nuevas escuelas, no es sumar vacantes. Reorganizar es mover lo que ya hay, redistribuir escasez, administrar límites.
La Escuela de Educación Media Nº 2 no desaparece, aclara el decreto. Tampoco se modifica su planta orgánico-funcional. Docentes y estudiantes seguirán existiendo, pero en otro lugar. Como si la educación fuera una caja que se puede trasladar sin consecuencias sociales, barriales, simbólicas.

El territorio no es un detalle logístico
Una escuela no es solo un edificio con aulas. Es un anclaje territorial, un punto de referencia comunitaria, un espacio de contención que organiza tiempos, vínculos y trayectorias. Cambiarla de lugar no es neutro. Impacta en recorridos, en accesos, en dinámicas familiares, en estudiantes que dependen del transporte público o que construyeron su pertenencia en ese espacio.
Nada de eso figura en el decreto. No hay estudios de impacto social, no hay mención a consultas con la comunidad educativa, no hay registro de participación. El traslado se presenta como una decisión técnica, cuando en realidad es profundamente política.

La pedagogía del orden y la eficiencia
El documento insiste en la idea de “mejorar las condiciones edilicias”. Pero no explica por qué esas mejoras no se realizan en el edificio original, ni cuánto costará el traslado, ni qué destino tendrá la sede de Boyacá. La eficiencia aparece como argumento moral: mover es más rápido que invertir, más prolijo que reparar, más barato que sostener.
Esta lógica no es nueva. Es parte de una pedagogía del orden que prioriza la administración sobre el derecho, la planilla sobre el aula, el decreto sobre la experiencia cotidiana de quienes habitan la escuela.
Educación pública sin conflicto (en el papel)
El decreto se apoya en la Constitución porteña y en la Ley Nacional de Educación para legitimar la decisión. Cita la obligatoriedad escolar, la igualdad de oportunidades, el rol indelegable del Estado. Pero hay algo que no cita: el conflicto. Porque toda política educativa real se construye en tensión, con diálogo, con debate, con participación.
Aquí no hay conflicto porque no se lo nombra. Y cuando el conflicto no se nombra, se desplaza. Se traslada, como la escuela.

Gobernar es elegir qué se mueve y qué no
Mientras se reorganiza una escuela, otras urgencias permanecen inmóviles: aulas superpobladas, falta de vacantes, edificios con problemas estructurales, salarios docentes deteriorados. El traslado no resuelve eso. Apenas redistribuye.
La pregunta de fondo es política y no técnica: ¿qué modelo de educación pública se está construyendo cuando la respuesta sistemática es mover en lugar de expandir?

Lo que no dice el decreto
El Decreto 47/26 garantiza continuidad administrativa. No garantiza continuidad comunitaria. Promete espacios adecuados. No promete más derechos. Habla de trayectorias educativas, pero no de condiciones materiales que las sostienen. Habla de igualdad, pero no de inversión.
En tiempos donde la palabra ajuste se disfraza de modernización, conviene leer los decretos con lupa. Porque a veces, detrás de un traslado, lo que se mueve no es una escuela, sino el sentido mismo de lo público.
La educación no se reorganiza como un depósito.
Se construye con presencia, inversión y escucha.
Todo lo demás es administración del silencio.

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