Liberticidio o Memoria Colectiva

por Marcelo Valko

La Historia no implica quedarse en el pasado. La historia permite construir el presente y avanzar; por ese motivo,  las élites la borronean y la niegan mediante un relato oficial mentiroso. “El poder tiene pánico de recordar; por eso reelabora un pasado acorde a su presente para que todo siga igual en el futuro”, esta es la certeza que vengo planteando hace años. Hoy en día es difícil concebir el retroceso del país tras 50 años de democracia. Conquistas laborales obtenidas un siglo atrás se esfuman mediante legislaciones aptas para el rancio paladar de las élites, que expulsan y excluyen a enormes sectores sociales e incluso abandonan a su suerte vastas regiones geográficas. Este retroceso tuvo un punto de inicio en 1976. El golpe cívico-militar eclesiástico tuvo como eje un proyecto económico que comenzó a desarmar las capacidades productivas, primarizar la economía, precarizar el trabajo y promover la especulación financiera. El golpe logró disciplinar la sociedad mediante 30.000 desaparecidos y millares de exiliados. Domesticó buena parte del imaginario social, conduciéndolo hacia un aislamiento individualista como única manera de salvación; allí nace la larva que engendró al liberticidio mileísta. Hoy, con el cierre de grandes industrias e infinidad de Pymes, LLA, mediante un Congreso cómplice que rifa incluso el patrimonio hídrico, logra una exclusión semejante, un país donde su productividad se comprime a la mínima expresión. Como en tiempos de Julio Roca, nos reducen a exportadores de bienes primarios del agro sin valor agregado. La división internacional del trabajo consiste en que unos ganen y otros pierdan, ¿adivinen qué lado nos toca a nosotros? El retroceso “libertario” es brutal. Hoy pasamos de discutir participación en ganancias a legislar cuántas veces un trabajador puede ir al baño durante el horario laboral. Estos que venían por la casta nos dejaron sin horas extras. Buscan siervos de la gleba. Hernández Arregui dice: “La historia oficial es la obra maestra de la oligarquía”. Esto explica el pacto de silencio, el negacionismo y el miedo a la memoria de los pueblos para que nada cambie. Es un temor inherente al poder: tras derrotar la sublevación de Túpac Amaru, el imperio español promulgó un bando “prohibiendo recordar memorias”; el Golpe de Estado de 1955, mediante el decreto 4161, prohibió pronunciar la palabra Perón; en 1976, la Dictadura prohibió hasta El Principito. Absurdo pero cierto. Por eso la necesidad de movimiento y acciones para reflexionar en conjunto y detener desde la Memoria, el desguace y la exclusión que asolan al país. Sin Estado, nos devora la ley de la selva. Estamos a tiempo. Las estrellas no duermen y más temprano que tarde pedirán rendición de cuentas de falsarios y traidores. Para eso debemos reconstruir lo colectivo, reconquistar la Memoria. Los derechos no hay que pagarlos, hay que ejercerlos. Es lento, pero viene…

 

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