Relatos Indómitos

Un hogar

por Marta García

No está claro si resbalamos o nos empujaron. La cuestión es que mientras caíamos vimos, con mucho dolor, al gigante Saturno convirtiéndose en un puntito y después nada. Nuestro hogar había desaparecido. Aunque sospechamos que visto desde Saturno las desaparecidas éramos nosotras.

Una superficie desconocida frenó nuestra caída infinita y pudimos hacer pie. Nos dimos cuenta de que era la Tierra por la enorme extensión de los campos llenos de soja y la cantidad de kiosquitos vacíos de gente. Caímos en un mal momento del planeta con carteles anunciando liquidación por cierre hasta en las escuelas. Como no teníamos actitud compradora, fuimos expulsadas inmediatamente.

Nuestro mestizaje interplanetario, con portación de caras saturnianas, cuerpos sin hegemonía de temporada y corazón muy humano, lo empeoró todo. Y entre la confusión y el odio nos trataron como delincuentes sin derecho a la palabra y a los sánguches.

Por suerte, descubrimos una fisura abierta en una heladería que no tenía los papeles en regla y entramos fácilmente a trabajar con goce de sueldo indigno. No encontramos derechos ganados, pero sí un refugio temporal.
Desde entonces sobrevivimos en base a cremas heladas y horas extras derretidas. Nos bañamos en los envases de un kilo y dormimos dentro de los cucuruchos. Para nuestras empequeñecidas vidas, esos espacios tienen la inmensidad de una patria.
Y no sentimos tanto el mal carácter que despierta nuestra idiosincrasia.

Teníamos nombres hermosos de constelaciones, pero en la caída los perdimos. Hasta que recuperemos nuestra identidad, nos llaman chasqueando los dedos… y respondemos.
Nadie recuerda de dónde caímos. Mejor así, si la memoria les llega a avisar que somos oriundas de Saturno, nos van a expulsar de nuevo. Aquí pueden echarte dos veces por el mismo hecho. Y ocupar las veredas de los terráqueos puros es considerado un crimen.

Los días transcurren entre quinotos al whisky, dulce de leche granizado y frutilla a la crema, generándose una Vía Láctea tan impostora como placentera.
Cuando se va el último cliente, hacemos bolitas de pan y las metemos en los almendrados y escupimos dentro de los baldes de helados para que los puros se traguen nuestras impurezas. Pueden parecer picardías obreras infantiles, pero esta lucha de clases entre planetas recién está gateando en el sistema solar. Tarde o temprano, las travesuras laborales dejarán de hacerse pis encima.

Cuando cae la noche y terminamos la jornada con vida, buscamos a Saturno entre las estrellas. Nunca lo encontramos. Entendemos que no podemos volver al hogar que fue nuestro ni quedarnos en el hogar que es de otros.
Parece que no tenemos escapatoria. No nos preocupa lo que parezca. Tenemos entre manos una revolución impura de pan y saliva… y tendremos un hogar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *