Pasión y muerte de Severino Di Giovanni
por Marcelo Valko
Va por su quinto año la obra de teatro “Un hombre peligroso” acerca de Severino Di Giovanni. La puesta en escena resulta fascinante ni bien se ingresa en la sala. Su dinamismo atrapa de inmediato por la puesta inmersiva y el espectador logra seguir puntualmente los aspectos salientes de este anarquista, sobre quien en 1970 Osvaldo Bayer publicó una fascinante investigación, al que calificó como “un idealista de la violencia”. Tanto en el libro de Bayer editado en tiempos en que Argentina atravesaba una dictadura, como en la época que le toca vivir a Severino con el ascenso del fascismo mundial, el crimen de Sacco y Vanzetti, la mano siniestra de la Liga Patriótica, la violencia estaba en el aire, se imponía con su cruel miseria cotidiana. La obra de la agrupación teatral “La Polilla” recoge el guante de aquellos violentos debates entre anarquistas, expone sobre la mesa de la historia en toda su crudeza las razones que justifican la violencia de abajo contra la violencia de arriba, como los argumentos contrarios que buscan caminos moderados para evitar muertes de inocentes o la cruel venganza del Poder.
La necesidad de defenderse de la violencia viene de muy lejos en el tiempo. Sin necesidad de desempolvar el Código de Hammurabi, centrémonos apenas en el dramaturgo Lope de Vega con su Fuenteovejuna de comienzos del siglo XVII. Como sabemos, el pueblo, harto del despotismo sin límites del Señor del castillo, le da muerte. El juez busca castigar a los culpables. Todos se juramentaron y responden: ¡Fuenteovejuna lo hizo! Pese a los apremios, la confesión es unánime: ¡Fuenteovejuna, Señor! Esa es la respuesta de los justos para defenderse de la justicia. Los Ellos y los Nosotros, Ser o no Ser. Matar al tirano es algo que flota a través de los siglos y se pone de manifiesto en esta puesta teatral. Con minuciosa prolijidad, los argumentos, ataques y defensas de unos y otros aparecen en escena con un ingrediente fundamental: la pasión. Sin la pasión no existe nada, y menos la posibilidad de un verdadero cambio.
Fui amigo de Bayer durante años y tantas veces en su casa, brindis mediante, frente a esa mesita ratona donde tenía una antigua bomba de bronce obsequiada por viejos anarquistas, conversamos sobre el uso, necesidad y justificación de la violencia. Si bien era habitual que Osvaldito citara una frase del filósofo Kant que plantea “la búsqueda de paz eterna entre los hombres”, de las páginas de su Severino se desprende otra cosa diferente. Y esa genuina disputa entre la moderación de La Protesta frente a La Antorcha, a la que luego se suma la radicalización de Culmine de Di Giovanni, es lo que me maravilla de esta puesta en escena. La actuación de todo el elenco que ofrece funciones en la sala ubicada en la calle Castro Barros 874 (CABA) es sobresaliente; es una actuación orquestal, precisamente porque ninguna de las magníficas interpretaciones sobresale de las demás. Más allá de que el foco perceptivo se centra, como es obvio, en Di Giovanni, todos actúan como un engranaje coral, un conjunto único. Y lo celebró. Y también desde ya a esas hormigas invisibles detrás del telón que van transformando la siguiente escenografía mientras sigue un desarrollo vertiginoso.
La violencia del Sistema con su maquillaje semántico muestra lo que no muestra. Un indigente es alguien que ni siquiera tiene para comer; el que duerme tirado en la vereda está en situación de calle; un jubilado de la mínima que solo tiene diez mil pesos diarios está bajo la línea de pobreza y así hasta el infinito. Nos obligan a ser partícipes de una comida totémica de palabras falsas, de tragedias invisibilizadas. El victimario, el Poder, el Sistema o como lo queramos llamar, desde Fuenteovejuna tiene el control y siempre cae parado y sale indemne. Di Giovanni entrevió y quiso detener a ese Gran Hermano que la obra de teatro despliega en su función con un furioso talento que justifica que vaya por su quinto año en escena. Pueden sorprenderse los viernes a las 21 h y domingos a las 19 h, y los próximos sábados 4 y 11 de abril a las 21 h.
Donde hoy existe la enorme plaza Las Heras y tantos pasan tardecitas de sol y ricos mates, funcionaba la Penitenciaría; allí, en el amanecer del 1° de febrero de 1931, un pelotón disparó contra el pecho de Di Giovanni, que, de pie, cuando se le escapa la vida, alcanza a un último combate y grita “¡Viva la Anarquía!”. Sus ecos idealistas aún resuenan, existen y se escuchan con absoluta nitidez en la obra teatral “Un hombre peligroso”. Es lento, pero viene…
