El poeta que vendía poemas en un mercado

por Lucía Pereyra

Se presentaba como si llenara una ficha policial o un formulario de donación de sangre, pero lo que ofrecía era un retrato descarnado de su época y de sí mismo. “Sangre grupo A, factor RH negativo, 34 años (en 1973), 12 horas diarias a la búsqueda castradora, inhumana, del sueldo que no alcanza. Dos empleos: escritor surrealista, es decir, realista del sur. Vivo en una pieza. Hijo de obreros, tengo conciencia de clase. Rechazo ser travesti del sistema, esa podrida máquina social que hace que un hombre deje de ser un hombre, obligándolo a tener un despertador en el culo, una boleta de Prode en la cabeza y un candado en la boca”.

Esa autoficción, tan violenta como precisa, pertenecía a Roberto Jorge Santoro. Nacido el 17 de abril de 1939 en el barrio de Chacarita, hijo de Salvador, un inmigrante italiano que repartía mercadería y vendía en un puesto del Mercado del Abasto, y Emilia, una modista y administrativa. A los cuatro años, su familia se mudó a una casa en Fraga 568, en el corazón del barrio. Desde entonces, Santoro no haría otra cosa que intentar ensanchar los límites de esa geografía con la poesía.

Pero con la poesía no se come, y Santoro lo sabía bien. Para sobrevivir fue pintor de brocha gorda, vendedor ambulante, puestero en un mercado de Forest (donde atendía un almacén y un puesto de artículos de limpieza), empleado del Sindicato de Músicos, tipógrafo y preceptor. Lejos de ser un obstáculo, esa humildad multitarea fue su termómetro social. En un mercado de Buenos Aires, mientras atendía clientes, creó una estrategia de financiamiento insólita para publicar sus libros: redactó un “Mangaso Lírico”, un poema-volante que funcionaba como bono de preventa. Quien lo compraba podía cambiarlo más tarde por un ejemplar de Literatura de la pelota. El arte no podía esperar un sueldo fijo; salía a la calle a pedir.

Contra la alta cultura

En 1963, harto de los cánones y de los círculos literarios tan elitistas como cerrados, fundó la revista El Barrilete. No se trataba de una publicación solemne. Era un producto artesanal, casero y, según su propio manifiesto, estaba destinado a “remontarse”. En esa revista sucedió algo inédito en la historia literaria argentina: por primera vez se les dio un lugar a los poetas del tango, esos que hasta entonces eran considerados menores o marginales. En sus páginas entraron Carlos de la Púa, Celedonio Flores y Homero Manzi. Y junto a ellos, la nueva ola: Martín Campos, Carlos Patiño, Alberto Costa y una larga lista de colaboradores que convirtieron a Barrilete en una trinchera de experimentación.

Pero Santoro no solo quería emparejar el tango con las vanguardias. Quería emparejar la poesía con el fútbol. En 1971, publicó Literatura de la pelota, una compilación de poemas y escritos de intelectuales como Leopoldo Marechal, Álvaro Yunque y Juan José Manauta sobre la pasión popular por el deporte. Ese gesto —tomar la cancha como objeto de reflexión culta— fue rupturista. Santoro no le hacía ascos a la cultura popular; al contrario, creía que la revolución estética también se jugaba en la tribuna.

La poesía como martillo

Militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y de ideas guevaristas, Santoro entendía la escritura como un arma. En sus poemas tardíos, el costumbrismo porteño se tiñó de una ferocidad grotesca. Sus versos ridiculizaban a los militares, a los funcionarios estafadores, a los jefes de oficina. “Después de Nagasaki / los dictadores apuestan sus hijos en las carreras de caballos”, escribió en Uno más uno humanidad, un poema que parece una versión alocada y trágica del Cambalache de Discépolo.

No era un escritor que aspirara a habitar una torre de marfil, mucho menos a verse protegido por un techo de cristal. Sus libros no eran proyectos individuales, sino colectivos. Se editaban en fábricas y se discutían en sindicatos. Armó una editorial autogestionada —Gente de Buenos Aires— que seguía funcionando incluso mientras él era buscado.

La mañana del candado

El 1 de junio de 1977, la dictadura cívico-militar-eclesiástica le puso el candado en la boca. Tres personas vestidas de civil ingresaron a la Escuela Nacional de Educación Técnica  “Fray Luis Beltrán”, en el barrio de Once. Se hicieron pasar por familiares de un alumno y preguntaron por el subjefe de preceptores. Sabían exactamente a quién venían a buscar. No solo buscaban al preceptor; buscaban al poeta que había denunciado la desaparición de Haroldo Conti y Alberto Costa, al militante del PRT, al hombre de “conciencia de clase” .

Santoro fue levantado de su escritorio y nunca más volvió. Testimonios de sobrevivientes indican que estuvo en el centro clandestino de detención “El Atlético”, en el barrio de San Telmo. Su esposa, Dolores Méndez, presentó recursos de hábeas corpus y denunció el caso ante la prensa internacional. Amnistía Internacional lo incluyó en sus informes sobre periodistas y escritores desaparecidos.

Hoy, su Obra poética completa (1959-1977), de 650 páginas, rescatada del olvido por su esposa y su hija Paula, demuestra que aquel hombre que rechazaba el despertador en el culo sigue siendo un “realista del sur”. El sistema intentó ponerle un candado en la boca, pero sus versos, afortunadamente, nunca aprendieron a callarse.

 

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