Relatos Indómitos

La Mancha

por Marta García

Una niña pecosa vive en un barrio como cualquiera, construido con lo que se habla y con lo que no se habla, con lo que se ve y con lo que no se ve. Todo está servido en bandeja y todo el mundo lo consume porque la neutralidad es gratis.

Nadie advierte las manchitas nuevas que le van saliendo a la pequeña desde la punta de la nariz hasta la punta de los dedos del pie. Su familia está demasiado ocupada en el futuro como para ver el presente de sus pecas. Lo que se ve envejece en compañía y lo que no se ve va creciendo solo. De hablar, ni hablemos.

Aparecen empecinadamente hasta que le cubren todo el cuerpo. Las manchitas se van apretujando con tal fuerza por lograr un lugar en su piel ingenua que terminan fusionándose en una única y gran peca. Y la niña pecosa se transforma en una mancha. La que se ve.

Como no es época de lluvias, les llama la atención su presencia. Intentan tapar la humedad con un cuadro.
Pero como ignoran que se trata de una mancha con la edad de las travesuras, no se dan cuenta de que está jugando a las escondidas. Aparece aleatoriamente en la cocina, en el baño o brotando en la galería. Finalmente, la atrapan y, para que no vuelva a manifestarse, la muelen a golpes con un pico y una maza. Tapan el hueco en la pared con material aislante y barren los escombros.

Cansado de esperar, el futuro se hace presente. Ya sin las distracciones del porvenir, van a ver qué es de la vida de la niña pecosa. Al no encontrarla, piensan lo peor y preguntan por todo el barrio, sin remordimiento alguno, si alguien ha visto a la que no se ve, pero como todos tienen empleos en relación de dependencia, no tienen tiempo para ver lo que no se ve ni para hablar de lo que no se habla.

Volvieron a sus vidas de siempre. Nunca supieron lo que habían barrido. Y la mancha sigue ahí.

Foto de portada: István Kerekes

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