Mítico Tren Argento 

Un recorrido por el universo yuyo de Rodolfo Kusch

por Mariane Pécora

Tarde gris de mayo en San Telmo, calles deshabitadas y paisaje urbano descuidado. En el Centro Cultural Casco Histórico de Piedras al 1000, Silvia López, Paco Redondo y Gabriel Moscovici se preparan para un nuevo ensayo del Mítico Tren Argento (M.T.A.). Obra que articula la filosofía de Rodolfo Kusch en un recorrido por esa Argentina parda, mestiza y desplazada de la narrativa oficial. Esa Argentina, estigmatizada, llamada “yuyo” porque late en los márgenes preñada de saberes ancestrales.

La puesta surge por iniciativa de Cultura Yuyo, una red de artistas, docentes, investigadores y referentes comunitarios, que pone en diálogo el concepto de “Gran Arte” de Rodolfo Kusch —expresión de la sabiduría monstruosa, hedienta y vital de la América/Abya Yala— con la estética del arte yuyo, vinculada a lo marginal y a lo comunitario.

El Mítico Tren Argento se presenta como una obra itinerante que entrelaza teatro, filosofía y cultura popular con la finalidad de quebrar el rol pasivo del espectador y convertirlo en pasajero de un vagón transitando en el tiempo. No le propone un viaje hacia adelante, sino hacia lo profundo: hacia eso que persiste, como el yuyo, entre las vías del “progreso”. Este cruce se encarna en máscaras arquetípicas inspiradas en Molina Campos, con humor, música y referencias compartidas.

Cultura Yuyo no concibe al teatro como entretenimiento, sino como una forma de recordar, incomodar, meter los pies en el barro y defender un arte yuyo desamparado, crítico e indócil. Ese que crece y resiste en los márgenes.

Silvia López coordina la puesta del M.T.A. Paco Redondo está a cargo de la dirección escénica y, junto al antropólogo Gabriel Moscovici, es responsable de la dramaturgia. A su vez, Moscovici coordina la producción ejecutiva y encarna al Opa, el personaje central que articula el hilo conductor de este viaje.

VAS: Kusch elaboró una idea de dimensión humana anticolonial a partir del rescate de la cultura popular de América y, en especial, del pensamiento indígena. ¿Qué vigencia tiene hoy esa filosofía en el ámbito universitario?

Gabriel Moscovici: Durante décadas, la obra de Rodolfo Kusch quedó relegada de los circuitos universitarios. Sin embargo, encontró reconocimiento en ámbitos artísticos e intelectuales, entre artistas, pensadores y colegas cercanos. En los últimos veinte años, su pensamiento comenzó a recuperarse también en el campo académico, justamente aquel que él había cuestionado. Ese rescate se dio, por ejemplo, en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, impulsado por Pepe Tassat; en la Universidad de Jujuy, por Daniel González; y, de manera extraprogramática, en la UBA, por Carlos Cullen. Así, su obra llegó a las nuevas generaciones. Pero aun así, en el ámbito universitario, Kusch sigue ocupando un lugar periférico.

Silvia López: Al mismo tiempo, fue muy reconocido por otros sectores de lo social, como artistas, escultores, pensadores; también por docentes en las escuelas de arte; y fue un afluente importante en el campo de la decolonialidad, sobre todo en la recuperación de los saberes filosóficos ancestrales de nuestra América.

VAS: ¿Cómo aborda la filosofía de Kusch la dimensión de lo americano?

Gabriel Moscovici: En Kusch, la filosofía tiene una dimensión literal: no le pertenece en sentido estricto, sino que recupera un saber ancestral y popular que es colectivo y permanece vivo, aunque se lo invisibilice o margine. La cultura andina ofrece un ejemplo claro de esa persistencia. Kusch se nutre de ese mundo y, al mismo tiempo, reconoce los aportes de otras tradiciones.

El núcleo de su pensamiento remite a algo previo al qué. Un estar que no siempre puede verse ni nombrarse de manera literal. Se trata de una dimensión que va más allá del ser y del estar, y se manifiesta en gestos y experiencias concretas: un mate, una fragancia antigua, una danza, una zamba o una puesta de sol. Pertenece a un orden difícil de percibir porque la cultura occidental, orientada a lo útil, a lo visible y a lo empíricamente comprobable, suele desconocerlo o marginarlo. Sin embargo, forma parte de nuestra relación más honda con el mundo, con nosotros mismos, con nuestros ancestros y con el paisaje que habitamos. Y eso es omnisciente y es transversal.

VAS. ¿Es una dimensión que permea la cotidianidad de la existencia?

Silvia López: Algo así. ¿Qué filósofo, en la década del 60, hizo trabajo de campo en los cafés? Kusch. Él observó un terreno ajeno a la filosofía y por eso fue señalado como un cuasi antropólogo. Se introdujo en temas y espacios que la disciplina solía dejar afuera. A esos recorridos los llamaba “informantes”, porque le permitían acceder de primera mano a la sabiduría popular. Así tendió un puente reflexivo entre las herramientas de la genealogía occidental europea y el territorio concreto que habitaba, que es este acá.

VAS: ¿Cómo llegamos al Kusch dramaturgo y de qué forma se plasma su filosofía en el Mítico Tren Argentino?

Gabriel Moscovici: Kusch sigue siendo poco conocido como filósofo en algunos ámbitos y, dentro del propio campo filosófico, su faceta de dramaturgo permanece casi ignorada. Incluso entre quienes hacen teatro, a pesar de su inmensa riqueza, su obra continúa siendo en gran medida desconocida. En sus textos dramáticos se rescatan costumbres y saberes populares que la cultura dominante negó o estigmatizó.

Frente a esta operación de borrado, persiste una relación debilitada con tradiciones y saberes de mayor espesor ancestral. En parte, eso revela cierta sensibilidad de clase media, marcada por el vaciamiento de esos vínculos. El teatro, sin embargo, permite abrir un espacio para recuperarlos. En el Mítico Tren Argento ocurre. Allí se vuelve perceptible la fuerza de esos poderes, a través de arquetipos y personajes que irrumpen ante nosotros y nos interpelan.

Paco Redondo: Lo que hace Kusch es poner en la superficie algo que estaba hundido, pero reconoce que no le es propio. Esta obra está compuesta por fragmentos sustraídos de la historia argentina; sustraídos, no recreados, porque recrear es creer que existe una supuesta objetividad que vamos a transmitir. Y no es así. Lo que hacemos es poner en cuestión la escena que está sumergida, no para resolverla o repartir culpas, sino para plantear un interrogante sobre aquello que fue ocultado. Sí, señalamos que existe una represión externa que nos disciplina y que esa violencia también está introyectada. La tenemos incorporada como cuerpo social.

VAS: ¿Cómo revertir esa violencia manifiesta en la negación y estigmatización fascista que el poder real ejerce sobre esa Argentina parda, morena, mestiza?

Paco Redondo: El fascismo no aparece solo en los discursos: también se expresa en la represión callejera y en las políticas públicas. Resulta escandaloso que lo que gasta el Gobierno en un solo operativo represivo equivalga a casi 600 mil jubilaciones. El problema de fondo es que somos una colonia y nuestro pensamiento está colonizado. Por eso, el primer paso que tenemos que dar es emprender un trabajo de descolonización de nuestras propias ideas.

VAS: ¿Por qué el teatro debe incomodar?

Paco Redondo: Existe una poderosa industria del entretenimiento, tanto en canales virtuales como presenciales, que funciona como complemento del trabajo. Se nos entretiene en ese intervalo en que no producimos, que es el tiempo de descanso, para que luego volvamos a producir. Esa lógica es parte del sistema. Frente a eso, el arte no debería limitarse a entretener, sobre todo en un presente en el que, a través de las redes sociales, muchas expresiones que se dicen “culturales” arrastran a las personas hacia formas degradantes de la condición humana.

Ante esto, desde nuestro lugar, lo único que podemos hacer es incomodar. Mostrar la obra desnuda, lo que ocurre, no lo que imaginamos ni lo que podría haber sucedido. Detrás de esa apuesta hay un trabajo antropológico riguroso: nada de lo que decimos sobre la historia argentina es improvisado. Todo está documentado. Lo perturbador es que fue ocultado y todavía hoy no se quiere mirar.

VAS: ¿Qué es lo mítico y cómo se encarna a través de las máscaras que remiten a las ilustraciones de Molina Campos?

Paco Redondo: En una sociedad de caretas, la máscara da vida a todo aquello que parece muerto. Mientras que la careta, como en el carnaval veneciano, se utiliza para ocultar la identidad y habilitar las trapisondas, la máscara, en cambio, hace lo opuesto: exterioriza una potencia expresiva propia y singular. Por eso cada máscara es única y al mismo tiempo mitológica. No representa a un ser real, sino que condensa fuerzas del universo en una figura arquetípica; es decir, en una forma simbólica sobre la que podemos proyectar sentidos y experiencias, por ejemplo: el arquetipo del pobre tipo. El arquetipo de quien defendió su territorio y lo perdió. El arquetipo del valiente que se entregó a la lucha y, al verse derrotado, entregó su arma. En la historia argentina, esos mitos se encarnan en figuras como el Chacho Peñaloza, Juan Moreira y también en las comunidades de inmigrantes que llegaron a este territorio y fueron absorbidas por el tango. Por eso, una estación del Mítico Tren Argentino ya no remite sólo a Enrique Santos Discépolo: remite a “Enrique Santos”, un nombre que la memoria colectiva completa y resignifica.

El Mítico Tren Argento parte de los llanos riojanos, donde agoniza el último caudillo federal —Estación Peñaloza—. Continúa por la pampa de los gauchos perseguidos, degollados por la ley y el olvido —Estación Moreira—. Luego atraviesa el arrabal urbano, desvelado, arrastrado por el tango y la pena —Estación Enrique Santos—. Y finalmente llega a la Estación Presente entre sirenas, asfalto, voces y cuerpos rotos, donde se sigue hablando con la áspera voz de la intemperie y el sabor de ignominia.

VAS: ¿Cómo llegamos a este presente?

Paco Redondo: Rodolfo Kush decía: “Hay que estar parados en el presente, mirando el pasado para llegar al futuro”. Desde esa perspectiva, a la estación Presente llegamos como podemos: destrozados, sí, pero también fortalecidos, porque el yuyo siempre renace.

Hay algo propio del teatro que no podría explicarse por otros medios; si pudiera, dejaría de ser teatro. Clara Pellettieri llamó a esa experiencia convivio: el cuerpo a cuerpo entre quienes actúan y quienes asisten. Desde ese lugar, trabajamos con seis capas de significación, entre las que interviene incluso algo tan irracional y profundo como el olfato.

Silvia López: El olfato siempre remite a las experiencias más íntimas. Además, no sólo se huele físicamente, sino metafóricamente, como, por ejemplo, el hedor. Los personajes del mítico Tren Argento hieden porque representan a esas personas que ciertos sectores del poder quieren sacarse de encima, como si fueran algo descartable.

Gabriel Moscovici: Lo que ocurre es terrible, pero al mismo tiempo es algo que tiene que ver con cómo nos responsabilizamos de este presente, de esta historia y de ese pasado. Sembramos interrogantes que permiten problematizar en escena lo que estamos viviendo.

La obra presenta un desdoblamiento temático central. Por un lado, se desarrolla un sentimiento de derrota, suscitado por la muerte de los ídolos populares, representados en las carencias cotidianas. Por otro lado, se procura fomentar una interacción participativa con el público, situado en la periferia de la acción. Esta ruptura de la cuarta pared, intencional en la concepción de la obra, promueve la solidaridad y la reciprocidad entre los asistentes frente a lo que ocurre en la escena. Por otra parte, a través de juegos y distintas dinámicas participativas, se va fortaleciendo ese tejido invisible que contrarresta el sentimiento de soledad. A medida que la obra avanza, que vamos llegando a este presente terrible, que es el hoy, lo hacemos en forma colectiva, rompemos el individualismo. Porque claro, lo que ocurre es terrible, pero al mismo tiempo se intenta generar una reflexión sobre cómo responsabilizarnos en forma colectiva de nuestro presente, nuestra historia y nuestro pasado.

Las funciones del Mítico Tren Argento avanzan como un viaje nómada, siempre en movimiento. La entrada es gratuita y la salida, a la gorra. Vale la pena participar en este recorrido hacia los confines míticos de nuestra América.
Próximos viajes:
• 19 de junio, 19 h — Museo del Hambre, Avenida San Juan 2491.
• 25 de junio, 18 h — Teatro Municipal de Lomas de Zamora, Manuel Castro 262.

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