La Línea F tiene más prórrogas que rieles
El Gobierno porteño volvió a postergar la apertura de sobres para la construcción de la Línea F y la licitación recién se conocerá en septiembre. Con una inversión anunciada de 1.350 millones de dólares, el proyecto estrella de Jorge Macri sigue avanzando más rápido en los renders que bajo tierra.
por Melina Schweizer
La política argentina tiene una relación apasionada con las inauguraciones imaginarias. Se cortan cintas de proyectos que todavía no existen, se anuncian obras que todavía no arrancaron y se presentan maquetas con una solemnidad que haría pensar que las excavadoras ya están trabajando. La Línea F del subte porteño parece haber encontrado un nuevo formato: el subte por conferencia de prensa.
Por segunda vez en menos de dos meses, el Gobierno de la Ciudad decidió postergar la apertura de sobres para una obra que todavía no tiene ni una pala clavada en el suelo. La nueva fecha quedó fijada para septiembre, después de que varias empresas pidieran más tiempo para analizar documentación y comprender el alcance de un proyecto que, al parecer, sigue siendo más claro en los discursos que en los papeles.
La situación tiene algo de profundamente porteño. Los vecinos ya conocen las estaciones, los recorridos, las combinaciones, los balcones panorámicos, la luz natural en los andenes y hasta los materiales con los que se revestirán las paredes. Lo único que falta es el subte.
Porque mientras las presentaciones oficiales muestran una línea inspirada en Londres, los pasajeros siguen viajando apretados en formaciones que a veces parecen inspiradas en una reconstrucción histórica de la Revolución Industrial.
La Línea F se convirtió en una curiosa especie de promesa premium. Tiene render. Tiene presupuesto. Tiene videos institucionales. Tiene infografías. Tiene recreaciones digitales. Tiene comunicados. Tiene entrevistas. Tiene maquetas. Lo único que todavía no tiene es obra.
Y eso empieza a generar ruido incluso entre las empresas interesadas.
No se trata de una bicisenda ni de una plaza de bolsillo. Hablamos de una inversión anunciada en 1.350 millones de dólares, una cifra que obliga a revisar contratos, financiamiento, riesgos, plazos, tecnología y responsabilidades. Es decir, exactamente las cuestiones que suelen quedar fuera de los spots de campaña.
Lo más interesante es el contraste entre la urgencia política y los tiempos reales de la ingeniería. Desde el Gobierno porteño presentaron la Línea F como una señal de gestión, una demostración de ambición y una marca propia de Jorge Macri. Sin embargo, cada nueva prórroga vuelve a recordar una verdad incómoda: los anuncios viajan mucho más rápido que las tuneladoras.
Mientras tanto, la Ciudad sigue exhibiendo imágenes de una red de transporte futurista que conectará Barracas con Palermo, combinará con todas las líneas existentes y tendrá estaciones dignas de las grandes capitales europeas. Un sueño fantástico.
Es tan fantástico que por ahora sólo puede visitarse en computadora.
La pregunta ya no es si la Línea F se va a construir. La pregunta empieza a ser cuándo dejará de ser un proyecto para convertirse en una obra.
Porque en Buenos Aires existe una larga tradición de proyectos eternos. El soterramiento del Sarmiento, la urbanización definitiva de ciertos barrios, las autopistas prometidas durante décadas y una colección interminable de anuncios que envejecieron esperando presupuesto.
Jorge Macri no quiere que la Línea F entre en esa categoría. El problema es que las prórrogas empiezan a escribir una historia distinta. Y en política las obras no se miden por la calidad del render. Se miden por el ruido de las máquinas.
Por ahora, la Línea F sigue siendo una de las líneas de subte más modernas, más ambiciosas y más espectaculares de la Argentina.
Con la pequeña particularidad de que todavía no existe.
