Los hijos del silencio

En la imagen granulada del archivo, la mujer no grita: arde. Es junio de 1978 y Buenos Aires es un decorado de banderas, bocinas, multitudes que celebran goles como si la felicidad fuera un deber patriótico. En ese teatro de euforia obligatoria, una Abuela —nadie recuerda cuál, todas podrían ser ella— mira a la cámara y dice: “¿Dónde están los niños que nacen en cautiverio?”

La pregunta cae como un vidrio roto en el piso encerado del Mundial. Nadie responde. Nadie puede. Nadie quiere.

La pregunta que no dejaba dormir
A comienzos de los ochenta, las Abuelas de Plaza de Mayo ya sabían que sus nietos existían en algún lugar. Sabían que habían nacido en cuartos sin ventanas, en mesas metálicas, en maternidades clandestinas. Sabían que habían sido entregados a familias que los criaban como propios. Lo que no sabían era cómo encontrarlos.

No había cuerpos. No había registros. No había padres vivos para cotejar identidades. Había, apenas, una certeza: la sangre guarda secretos que no saben mentir.

En 1982, Estela de Carlotto y María Isabel “Chicha” Mariani viajaron a Nueva York. Llevaban una pregunta que parecía un acto de fe: ¿Puede la sangre de una abuela encontrar a un nieto?

El destinatario era el genetista argentino Víctor Penchaszadeh, exiliado desde 1975, cuando la Triple A lo secuestró durante cinco días. Él escuchó la pregunta y sintió —lo diría después— que no era una consulta científica, sino un mandato.

La ciencia como un arma inesperada
En 1982, la genética forense era un territorio en penumbras. El ADN humano no se usaba para identificar personas. La filiación dependía de proteínas que exigían la sangre del padre. Lo que pedían las Abuelas era, técnicamente, imposible.

Pero Penchaszadeh reunió un equipo. La genetista estadounidense Mary-Claire King —una mujer que sabía que la ciencia podía ser un bisturí o un arma— tomó la dirección. El matemático Pierre Darlu se sumó para resolver lo que nadie había intentado: probar un parentesco sin padres.

En 1984, Darlu escribió el primer borrador del índice de abuelidad. Una fórmula estadística que garantizaba un 99,99% de certeza. Una fórmula que, sin quererlo, iba a cambiar la historia de un país.

Ese mismo año, la identidad de Paula Eva Logares fue restituida. La Corte Suprema aceptó la prueba. La ciencia había abierto una puerta que la dictadura había intentado sellar con cemento.

El Banco: un archivo contra el olvido
El 1 de junio de 1987, el Congreso sancionó la Ley 23.511. El 16 de junio, se promulgó. Así nació el Banco Nacional de Datos Genéticos: un archivo biológico único en el mundo, creado para resolver crímenes de lesa humanidad.

El Banco trabaja con el EAAF, fundado en 1986, y con la CONADI, creada en 1994. Es un triángulo de ciencia, memoria y obstinación.

La actual directora, Mariana Herrera Piñero, recuerda que cuando llegó al Banco, Estela de Carlotto le dijo: “Vos tenés tres primos desaparecidos”. Ella no lo sabía. “Mi historia acá empezó cuando descubrí mi propia historia”, dijo al Buenos Aires Herald.

Los que llegan con una duda clavada en el pecho
Hoy, unas 1.200 personas por año se acercan al Banco. Muchos tienen 44 o 50 años. Muchos llegan después de tener hijos. Porque la identidad, cuando se hereda, pesa más.

“Si mi identidad fue violada, también la de mis hijos”, dicen. Y entonces entregan su sangre. Y esperan.

En 2014, cuando se restituyó la identidad del nieto 114 —Ignacio Montoya Carlotto— hubo una ola de consultas. La historia de Ignacio, músico, hijo de una mujer asesinada, nieto de Estela, hizo que miles se preguntaran: ¿Y si yo también?

Exportar memoria
El Banco argentino es un modelo. Perú y Colombia —países donde la guerra dejó miles de desaparecidos— pidieron su ayuda. La ciencia argentina viajó para enseñar a otros a nombrar a sus muertos y a sus vivos.

En 2024, Herrera Piñero habló de un proyecto nuevo: un índice de bisabuelidad. Una herramienta para casos aún más difíciles. Una forma de seguir empujando los límites de lo posible.

La alegría como forma de justicia
Víctor Penchaszadeh tiene más de ochenta años. Vive lejos de Argentina. Pero cada vez que las Abuelas anuncian un nuevo nieto recuperado, él —cuenta el Herald— salta de alegría.

“Cada uno es un recordatorio de que ellos no podían salirse con la suya.”

La pregunta que una Abuela lanzó en 1978 sigue viva. Pero ahora tiene respuestas. Respuestas que llegan en tubos de ensayo, en estadísticas, en lágrimas, en abrazos que tardaron cuarenta años.

Respuestas que dicen: La identidad es un derecho. Nada más importante.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *