«Diálogos entre el ser y el estar»

Heidegger, Astrada y Kusch: el “ser ahí” y el “estar siendo”

por Mariane Pécora

Fernando Delfino Polo es filósofo y vecino de San Telmo; acaba de publicar “Diálogos entre el ser y el estar», un libro que pone en conversación las miradas de Rodolfo Kusch y Carlos Astrada. La obra indaga en los fundamentos ontológicos de la identidad nacional y latinoamericana, en un tiempo atravesado por profundas y persistentes formas de colonialismo cultural, económico, intelectual, informático e informativo. Frente a las corrientes académicas que suelen privilegiar el pensamiento europeísta o las ambiciones coloniales del país del norte, Delfino Polo recupera una tradición filosófica autóctona y nacional excluida de los círculos académicos y de gran parte de los circuitos intelectuales.

Nos citamos con Fernando en el bar El Federal. Sin embargo, por esas trampas que tiende el inconsciente, a la hora señalada me instalé en El Dorrego, mítico cafetín de Buenos Aires y uno de los primeros que me enamoraron cuando llegué a esta ciudad. Al menos tuve la precaución de enviarle un mensaje con la descripción exacta del lugar donde lo esperaba. Fernando, joven y carente de lagunas mentales, intentaba hacer lo mismo tres cuadras más allá. Minutos después, El Dorrego —con sus paneles de madera y mesas cinceladas por la clientela, el piso damero y las típicas sillas Thonet— nos abrazó en el encuentro.

Publicado por Editorial CICCUS, “Diálogos entre el ser y el estar» reúne a Carlos Astrada y Rodolfo Kusch, dos pensadores que buscaron pensar el país y América Latina desde sus raíces culturales. Astrada fue discípulo de Heidegger y volvió al país decidido a fundar una filosofía nacional: creó el Instituto de Filosofía, impulsó los “Cuadernos de Filosofía» y propuso pensarnos sin la incidencia de corrientes foráneas. Kusch viajó por Bolivia, Perú y el norte argentino y encontró en la lengua, los rituales y la vida comunitaria las claves para comprender la existencia latinoamericana. Si bien Kusch tomó a Astrada como referencia, optó por apartarse de la academia para acercar la filosofía a la vida cotidiana.

Kusch puede pensarse como una especie de antropólogo de los cafetines porteños; ¿cómo se articula esa mirada sobre la vida del bar con su experiencia del mundo andino?

Kusch tiene muchas facetas. La más conocida es la del Kusch vinculado al mundo andino, donde compartió la vida con comunidades quechuas y aimaras. Lo hizo por convicción filosófica, pero también porque allí encontró refugio durante unos años terribles de la Argentina.
En realidad, Kusch descubre el mundo andino en la década del sesenta, experiencia que dará lugar a su libro más conocido, “América profunda”. En esa misma época publica dos obras en las que enlaza esa vivencia con la idiosincrasia porteña: “Indios, porteños y dioses” y “De la mala vida porteña”.
En esos textos reúne anécdotas que funcionan como metáforas o parábolas: escenas donde el mundo andino se cruza con experiencias que, aunque parecen extraordinarias, pertenecen a la vida cotidiana de Buenos Aires. Kusch sostiene que la idiosincrasia andina no es tan distinta de la vernácula como suele pensarse.
Ahí entra en escena el bar de la esquina, el cafetín. El porteño, siempre empujado por la lógica del progreso —la oficina, el trabajo, el aprovechamiento del tiempo, la necesidad de hacerse unos mangos— encuentra en el cafetín un espacio donde el tiempo se suspende, se reúne con amigos y habita un ocio que es casi un “no tiempo”.
Ese tiempo situado después del progreso le permite encontrarse consigo mismo.

El estar siendo…
El diálogo entre el ser y el estar es justamente ese. Por debajo de ese ser que busca ampliarse, expandirse, progresar, existe un estar aquí, ligado a lo emocional y al encuentro con los otros. El cafetín, el club, el barrio son los lugares donde el porteño se reúne con amigos, comparte una conversación o intenta acercarse a alguien con quien desea intimar. Detrás de esa fachada del progreso hay, entonces, una forma de estar. Y eso Kusch lo encuentra en el mundo andino, pero también en el cafetín. En sus escritos, evoca la imagen de un individuo acodado en la mesa de un bar, mirando pasar la vida a través de la vidriera. Mientras todo se mueve afuera, ese ser permanece quieto: está, contempla, reflexiona. Esa pausa abre un espacio de pensamiento, porque la contemplación tiende naturalmente a la reflexión. Algo similar sucede en el mundo andino: en ese maravillarse del mundo en que se vive.

¿Cómo se articula la filosofía de Rodolfo Kusch con la de Carlos Astrada, discípulo de Heidegger? En particular, ¿qué similitudes y diferencias pueden establecerse entre el “ser ahí” heideggeriano, la lectura que hace Astrada de esa noción y el modo en que Kusch piensa el “estar siendo”?

Astrada tenía la vocación de elaborar una filosofía de la argentinidad, y encontró en Heidegger una herramienta fértil: la idea de una filosofía situada. El “ser ahí” no designa a un individuo abstracto, perdido en un espacio vacío, sino a alguien que vive dentro de un ámbito concreto donde desarrolla su existencia. Desde esa perspectiva, Astrada pensó el ser argentino a partir de una geografía y una figura: la Pampa y el gaucho. Ese gaucho, con el tiempo, se transformó en el orillero, en el habitante de los márgenes, en la figura popular que hoy podríamos asociar con el villero, y se quedó ahí. Kusch retoma ese punto de partida, pero lo desplaza. Para él, no alcanza con pensar el ser: también hay que pensar el “ahí”, es decir, el lugar donde ese ser está. La filosofía suele ocuparse del ser, pero deja de lado la geografía, los ámbitos vitales y los territorios afectivos donde las personas construyen su vida. ,Por eso, más que una simple continuidad, entre ambos hay un diálogo filosófico intenso: una discusión sobre cómo pensar al sujeto argentino y latinoamericano desde su lugar en el mundo.

¿El entorno determina al ser?

En Kusch —y también en Astrada— hay una idea cercana, aunque no conviene hablar de determinación, porque esta es una afirmación demasiado rígida, casi trágica, que margina la posibilidad del cambio. Más que determinar, el entorno influye. El medio incide en el ser humano, pero el ser humano también transforma el medio. No habitamos el mundo solo de manera racional; construimos familiaridad, pertenencia y arraigo con el lugar en el que vivimos.

¿Qué significa pensar desde acá hoy, en el contexto actual?

Creo que uno de los elementos que enseñan Astrada y, sobre todo, Kush es que ese ser nacional no es una abstracción, no es una idea, un arquetipo al que todos deberíamos parecernos. El ser nacional es un modo de habitar este mundo que va construyendo su propia idiosincrasia, sus propias formas de relación con los otros, y también con vivencias o experiencias trascendentales muy arraigadas en los sectores populares. Salir a la calle, movilizarse, peregrinar, resistir…, son comportamientos que, para algunas culturas, pueden resultar incomprensibles; en cambio, para nosotros constituyen una forma de habitar el mundo. Kusch y Astrada advirtieron ese fenómeno, que más tarde devino en la filosofía de la liberación, la filosofía que mejor nos identifica.

Carlos Cullen, filósofo y discípulo de Kusch, define nuestro modo de estar siendo como un estar resistente: la resistencia forma parte de nuestro ser en el mundo. A esto agregaría que también equilibramos las desgracias de la vida con el festejo. Es algo que en otras latitudes puede resultar difícil de comprender: perdemos una final del mundo y salimos a festejar igual; muere el Indio Solari, ídolo de varias generaciones, y lo lloramos festejando. No lloramos solos. Procesamos esas tristezas en comunidad, en el marco del encuentro con otra gente.

Nuestra música autóctona, por ejemplo, es muy llorona, pero al mismo tiempo se baila y se festeja. El folclore, los sonidos andinos, la samba, el tango —que es el folclore del Río de la Plata— son melodías tristes y, sin embargo, se bailan, se festejan y cada generación las vuelve a renovar.

¿Cómo se define el ser nacional ante la realidad que estamos viviendo?

El ser nacional no es una cosa homogénea que se tenga que pensar como un ideario. Es el modo particular, particularísimo, en el que nosotros habitamos el mundo en el que vivimos, distinto a otras regiones del mundo. El barrio, la ciudad, que es el territorio donde vivimos, nuestra América, podríamos decir que es lo que en la lengua quechua aimara se denomina el Gran Ayllu, que define a una comunidad que comparte un territorio, un origen y se ayuda entre sí.

La filosofía de la liberación fue prácticamente diezmada durante el último Golpe de Estado. ¿Qué es lo que plantea que asusta tanto a la derecha y al poder?

Lo más importante que plantea la filosofía de la liberación es que podemos pensar por nosotros mismos a pesar de la situación de dependencia económica y del colonialismo cultural que sufrimos. Y eso es muy peligroso, porque aún en este contexto tan desgarrador que atravesamos, no solamente somos capaces de cuestionar lo que está pasando, sino que además podemos afirmarnos desde la resistencia y al mismo tiempo en el festejo. Creo que eso es lo que más molesta al poder y a la derecha.

¿Por qué volver a Kusch?

La filosofía de Kusch es una filosofía que, entre comillas, está de moda y creo que existen dos hitos fundamentales que hicieron que su obra volviera a la palestra. El primero de ellos lo encabezó la Fundación Ross, una pequeña editorial independiente de Rosario, que antes del 2015 publicó toda la obra y gracias a esa editorial mi generación pudo acceder a esos textos. Y el otro hito importante son las jornadas Kusch, que se celebran desde hace 14 años y permitieron institucionalizar un ámbito de encuentros donde charlamos, discutimos, debatimos y tratamos de pensar por nosotros mismos.

Atrae porque revaloriza el ser de algún lugar, el pertenecer a ese Gran Ayllu que nos conforma. En un mundo donde todo el tiempo se nos está diciendo que las relaciones interpersonales no son tan importantes, que hay que emigrar porque no da el salario, cuando te quieren convencer de que este país tiene como única salida Ezeiza, o cuando te quieren hacer creer que la realidad pasa por el mundo digital, en el que uno scrollea y puede ver tanto vitrinas de Nueva York como edificios de Shanghái, también es importante sentarse en el bar de tu barrio, valorar los adoquines antiguos, recorrer las plazas y revalorizar esa pertenencia barrial que, por ejemplo, en San Telmo es tan natural y auténtica. Sobre todo, en un momento en el que existe una fuerte tendencia de parte del poder a desmembrar todo lo comunitario.

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