Crónicas VAStardas

Porno y Estado

por Gustavo Zanella

Hoy día el empleado público es como un actor porno. Una vez dentro, no hay forma de salir. Un tercio de la población te odia porque cree que sos el responsable del cáncer de su abuelita; otro te desprecia porque sospecha que tenés beneficios que ellos no, aunque no pueda precisarlos. El otro tercio está compuesto por los mismos empleados públicos, sus familias y un montón de jipis progres que se acordaron de defender lo público cuando les clausuraron el baldío donde plantaban mijo y se juntaban a fumar porro en mitad de Parque Chas.

La comparación no es ociosa. Desde la caricatura que inmortalizó Gasalla en los años 90 —Dios lo tenga en su gloria y no lo deje volver—, la imagen que el conjunto de la sociedad tiene sobre el trabajador del Estado es deplorable y roza lo inmoral. Tal es así que otros grupos de empleados del Estado construyeron una identidad laboral paralela que los aleja de aquella, con tanta efectividad, que a la misma sociedad les cuesta asociarlos. Amén de su mala fama, los maestros, los médicos y enfermeros, las fuerzas armadas y las de seguridad, los funcionarios, los guardiacárceles y los científicos, los de la filarmónica y los que cuentan pingüinos en la Antártica, también lo son, pero se los odia por motivos más pedestres. No importa que el Estado sobreviviera a mil crisis gracias a los mismos empleados, la culpa es de ellos por ser la encarnación del maligno en la tierra.

El actor o la actriz porno tiene mejor fortuna y un incipiente status en la Argentina actual. Si sacamos de ese universo los casos vinculados a la trata de personas, lo que nos queda son personas que eligen cuándo y con quién; que obtienen interesantes sumas de dinero, que forjan mal que mal una fama dentro de su rubro, que pueden convertirse en cuentapropistas a golpe de perfiles en OnlyFans, Chaturbate o las millones de plataformas del rubro. Pueden reconvertirse en influencers, hacer presencia en boliches o ser modelos y diputadas de la Libertad Avanza. Cuando se retiran, son celebrados como artistas y sus públicos —por perversos y raros que parezcan— guardan para ellos un lugar en sus afectos y esperan que retomen la actividad para seguir honrando su trabajo con puñetas y fluidos de toda laya y color.

El empleado público no tiene esa fortuna. Siempre es sospechoso. Siempre está ahí por militar para el nazismo, la horda dorada de Batú Khan o hinchar por los ingleses en el mundial del ’86. Siempre es vago, ñoqui, negro, puto, comunista, discapacitado, judío, de los que le ponen edulcorante al mate. Nunca posee los conocimientos adecuados, siempre es pariente de alguien, se la chupa a alguien, o deja que se realice espeleología en su ano.  Aun habiendo promocionado exámenes de idoneidad o ganado concursos, el empleado público pertenece a esa rara avis que constituyen los sospechosos de siempre. Cuando se van, cuando los despiden, cuando buscan un trabajo mejor pago —que son casi todos—, de nada sirve el orgullo de haber hecho bien las cosas, laburado en pandemia o pagado de su propio bolsillo los insumos de trabajo cotidiano. Siempre hay una vergüenza, un cierto bochorno en los ojos del entrevistador que se pregunta sin mucho empacho si no estará ante un pariente de Lázaro Báez o López, el que, según Clarín, revoleaba bolsos con dólares sobre una medianera inexistente. “¿Querés cobrar más? Te hubieses buscado un empleo honesto”, dicen.

Por eso la imagen en las pocas dependencias del Estado que aún quedan es entre graciosa y dantesca. Primo Levi y Viktor Frankl en sendos retratos sobre la vida en los campos de concentración dieron incluso unas pinceladas de humor entre tanto horror. El empleado público se encuentra en un trance parecido. Como no hay presupuesto y es culpable de la ola polar, ya no tiene derecho a beber agua, por lo que se redujo al mínimo la provisión de agua potable. Cada piso tiene 2 bidones. Es decir, 20 litros por semana para 150 personas, por ejemplo. Me cuentan que en la Secretaría de Agricultura la gente deambula por varios pisos con sus tazas vacías en las manos para ver si pueden conseguir agua fría o caliente, que se han visto escenas de pugilato entre mujeres por el último chorrito de agua para un té. Rara vez hay papel higiénico, de modo que deben llevarse sus propios rollos. En algunos lados hay carteles de advertencia: «No tiren sus corbatas manchadas con mierda al inodoro», toallitas femeninas cumpliendo una función para la que no fueron pensadas, folios de expedientes y resoluciones ministeriales. ¿Calefacción? ¿Refrigeración? Si lo tenías de antes, cuídalo y da gracias a la virgencita porque si se te rompe o no lo tenés, vas a tener que ir a llorarle a la justicia social, que —como la fantasmal burguesía nacional con la que se masturba el peronismo— está muerta. ¿Lápiz negro? ¿Lapicera? ¿Hojas para imprimir digestos y balances? Cosas del pasado derrochón kirchnerista. ¿Tenés una invasión de cucarachas por falta de fumigación? ¡Non preocupare! Es solo una cuestión de actitud. Fumigamos con agua; en una de esas las cucas se van por puro susto.

Lo curioso es que, si bien hace décadas que tiene mala fama, la muchachada siempre aspiró a pegar un laburito en el Estado. Es decir, todos putean, pero todos quieren una estabilidad que es parte del pasado. Basta ver los gobiernos con discursos antiestatales: sacan a muchos de otros, meten a pocos propios, pero gastándoles el triple de lo que gastaban con los despedidos. O esos periodistas a los que no odiamos lo suficiente, que pregonan antiestatismo, pero se desviven por la pauta del Estado o por pegar un noticiero en ATC. Son como esos viejos que pregonan contra el porno sadomaso de Alemania del Este, pero les mirás el celular y tienen videos de coprofagia dulce y salada.

De nuevo, el empleado público es como un actor porno. La diferencia es que, en líneas generales, ellxs, los gimnastas del sexo, al menos se divierten. Yo no, pero tengo suerte. El portero de la universidad que tengo al lado manguerea la vereda por la mañana, así que cuando llego, me voy con 3 termos y me los carga a cambio de diarios viejos que usa para limpiar los vidrios de los autos de los profesores que lava como changa. Con una sonrisa socarrona me dice: «A no acostumbrarse a lo gratis, eh». Sí, la concha de tu madre, a vos también te va a llegar.

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