Crónicas VAStardas
Precauciones
por Gustavo Zanella
Es sabido que si hay elecciones, hay que comprar lo que se necesite antes, porque luego todo aumenta. Lo sabe cualquiera con dos dedos de frente. Lo sabe el comerciante que se cree potentado y entonces se stockea barato para vender después caro, porque la libertad que reparte la mano invisible del mercado es solo para ellos. El resto que se joda. Lo sabe el pobre tipx de a pie que señó los materiales para construirle una piecita a los pibes y se encuentra al día siguiente con un recargo imposible de pagar, y encima no le devuelven lo que puso.
No importa quién gane o quién pierda. Da igual si en las boletas aparece la fórmula Alende-Viale o Luder-Bittel, tampoco cambia mucho si la fórmula es Fernandez-Cobos o López Murphy-Bullrich. Pase lo que pase, todo se va al santo carajo. Algo así vocifera en su celular el colectivero. Habla por teléfono mientras maneja, como todo conductor que se precie. Es lunes. Ayer el Gobierno fue castigado en las urnas y ahora el dólar vuela tan alto como el buitre de Ruppell, un bichito que de casualidad no anida en el ventiluz de la Estación Espacial Internacional. El tipo está como loco y a cada minuto se pone más y más colorado. El bondi está en silencio y hasta la manija, así que hasta el que no quiere se entera de los detalles. Parece que el chofer le dio guita a alguien para comprar unos caños, ese alguien lo dejó para otro día, pasaron las elecciones y ahorita con esa plata no garpa ni la mitad de lo que necesita. Mala suerte, pero más mala es la nuestra porque el tipo está indignadísimo, sacado, manejando con una sola mano y dándole al acelerador como si no hubiese mañana, cual Colapinto tratando de que no lo confundan con un empleado público y le den un shot en el ojete. Nadie pondría reparo alguno por llegar temprano, pero hay una obra en la General Paz que traba todo el tránsito y este muchacho está dispuesto a volarle los espejitos a cualquiera que no tenga la gentileza de dejarlo pasar. Ya en el peaje del Mercado Central se llevó puesta la barrera justo cuando pasaba un barrendero. El pibe en otra vida debe haber sido atleta. Esquivó el palazo con un movimiento de caderas y aun así dio con la cabeza en el asfalto de la autopista. La muchachada de arriba y de abajo del bondi se agarró la cabeza pensando lo peor, pero el pibe dio una vuelta carnero, se puso de pie y saludó a las multitudes imaginarias que respiraron de alivio cuando lo vieron seguir en el barrio de los vivos.
El colectivero grita, insulta, dice lo mismo una y otra y otra vez como si no se lo creyera; tratando de convencerse de que sí, que pasó, que va a tener que laburar otros 6 meses para ahorrar y comprar lo que ya creía tener entre las manos. En un momento dice:
—No solo me cogiste con los caños, sino que me convenciste de votar al loco este que no para de cagarnos.
Creo que con eso se sacó de encima cualquier empatía que alguien razonable pudiese tenerle. Se nota en las caras, hasta los más chusmas perdemos automáticamente el interés y nos volcamos a lo nuestro.
Adelante va uno de los muchachos pantagruélicos del sindicato de camioneros que siempre suben en la estación de Laferrere. Es tan alto, ancho y morocho como un gorila de montaña. Ocupa la mitad del campo visual del parabrisas. De pronto, sin timidez ni vergüenza le saca el celular de la mano al colectivero. Corta la llamada. Se lo pone en el bolsillo de la camisa y, encorvándose un poco, le dice:
—Amiguito, ¿te calmas o te calmo?
El colectivero va cambiando de colores como si fuera una reacción oscilante tipo Briggs-Rauscher o una tira del Evatest que usan las pibas que sospechan embarazo. La velocidad del bondi baja al instante. La mitad respira aliviada. La otra mitad bufa porque sí o sí vamos a estar 40 minutos para hacer la distancia que en días normales lleva 5.
Las desventuras del colectivero me recuerdan que un vecino prevenido, hijo de puta y sin identificar, se compró una vaca, viva, de las que todavía hacen múuuuu. Supongo que se la vio venir y primereando el precio de la leche o del asado de navidad se llevó el animalito a casa. El problema es que muge de madrugada, quizás porque extraña, quizás por la falta de costumbre de habitar el conurbano y entonces el olor a paco y los boludos en ciclomotor corriendo picadas le rompen el paisaje bucólico de su niñez. No lo sabemos. Tampoco sabemos quién es el dueño y dónde la tiene, porque desde la calle no se ve. Sólo escuchamos el mugido, sobre todo los que queremos dormir y no podemos. Lo peor es que nadie se hace cargo. En los grupos de WhatsApp barriales que se pensaron para protegerse de las caras raras, pero que en realidad sirven para vender bombachas y termos Stanley truchos, nadie dice esta boca es mía. Escuchan la vaca, pero nadie la reconoce como propia.
Mi viejo contaba que su abuelo murió de tristeza cuando lo llevaron a vivir del campo a la ciudad. Esperemos que la vaca sea optimista sobre su futuro porque todavía falta para año nuevo y sería todo un derroche que espichara antes. Está condenada a muerte, como todos, pero la fecha de caducidad está más o menos en agenda mientras que nosotros podemos gozar de cierta incertidumbre del azar. No así el Gobierno que, como la vaca, muge para no dejarte dormir y, para mal o peor, tiene un final anunciado. Esperemos que hayan comprado lo necesario para irse antes de las elecciones. Después la cosa va a estar impagable.
