Crónicas VAStardas

Los misterios

por Gustavo Zanella

Vengo de un velorio. Una amiga que se mudó de barrio, pero no por propia voluntad. Ya estaba en edad de merecer… Pero eso no quita que podría haber tirado un tiempo más. Seguro que un día se levantó; vio un mundo con libertarios hasta en la sopa y pensó: “pa´ lo que hay que ver”, dijo buen provecho y se tomó un remís al más allá. Mal timing, la vieja, porque me engancha sin un centavo para la corona. Además, son malos tiempos para la reflexión existencial cuando uno está pensando más en cómo garpar la tarjeta que en el sentido de la condición humana.

Soy una mezcla decadente de llanto contenido, bronca y desconcierto, por eso no ayuda que en alguna parte de la Juan B. Justo suba un tipo, ni muy viejo ni muy joven, gorrita, gafas oscuras y unas zapatillas rojas un tanto modernas para alguien de su edad. Va con unos carritos como los que llevan las señoras que van a comprar ropa a granel a La Salada, Once o Avellaneda y Nazca. Pero lo curioso es que lleva varios cartones prolijamente recortados. Son como cartelitos. Se los ve escritos con fibrón negro y rojo. Al principio creí que era de los míos, esa clase de gente que tiene una letra de mierda —cual médico drogado que pagó el título— salvo por un detalle. Las palabras, desde cerca, no se comprenden, pero de lejos, sí.

¡Epa!, pienso, esto es interesante, búsqueda de perspectiva. Sin embargo, no es sólo eso. El viejo se acomoda en un costado del bondi y apoya la parte escrita de los carteles contra el vidrio y cada tantas cuadras lo cambia. Está mandando un mensaje a la humanidad. No llego a ver bien qué dice, sólo algunas palabras sueltas: Perdón, Pecado, Fuego. Los de afuera no le dan pelota. Por ahí el tipo está tirando la verdad del universo y nos lo estamos perdiendo por opas. Y no pienso preguntarle. Es bien sabido que los dioses, cuando se copan, te iluminan y al mismo tiempo te vuelven un pelotudo que predica contra las cosas ricas que hace 10 minutos te gustaban a muerte. Gracias, pero paso; si querés iluminarme, págame la factura de la luz que este mes la tuve que patear.

El tipo mueve los labios como murmurando algo. Le saco la ficha. Cuenta. Cada 7 cuadras cambia el cartel. Lleva 7. Cada cartel tiene 7 líneas. Lo sé porque se ven las enumeraciones cuando se los saca de abajo del brazo. Cuando cambia de cartel, el tercero o el cuarto, veo que tienen un título. Viminal, dice uno. Ahí caigo. Cada cartón se llama como una de las colinas de Roma. Mucho mambo religioso. No es de extrañar; fin de año hace que todos patinemos un poco, más si nos engancha con alguna esperanza medio desesperada entre dientes. Peor si afuera hace un calor soporífero y húmedo. Adentro del colectivo no, el ambiente está bien, pero hasta ahí nomás. No le sobra nada. El tipo anda con un pulovercito suicida y desubicado. Sudar la gota gorda no es una expresión que le haga justicia a la forma en que transpira.

Como suele ocurrir en estos casos, el resto del pasaje elige ignorarlo o, a lo sumo, prestarle atención de reojo. No voy a mentir, en realidad, me muero de ganas por saber qué dicen los carteles porque, como le pasa a cualquier palurdo que se enfrenta a la finitud de la vida, yo también busco en cualquier cosa el sentido que me saque esta sensación de mierda del pecho. Revoleo los ojos para ver si me entero de algo, pero como suele ocurrir, la suerte me esquiva.

Más o menos entre Villa Crespo y Almagro, sube un grupete de chicas a los gritos. Tienen papelitos de colores en el pelo, están húmedas, manchadas de témpera o alguna porquería babosa de colores. Llevan polleras de colegio privado, pero usan unos remerones largos con imágenes un tantito blasfemas. Cristo vestido de punk, María en triquini y San Jorge disfrazado de Ash Ketchum cabalgando un pókemon en forma de dragón. Están algo bebidas. Vienen o van a festejar el último día, o el último primero o el primer final que inicia, no sé, eso que hacen ahora… Saltan, cantan las canciones que suenan en un parlante bluetooth, llenan el bondi de brillitos de colores. El chofer no les dice nada. Le alegraron el día porque va tarareando con ellas. Al fin y al cabo, no es mucho mayor que ellas. El resto del pasaje se divide entre la sonrisa condescendiente del «yo estuve ahí» y la sonrisa socarrona del «disfrútalo porque a partir de mañana vas a ser carne de reforma laboral».

Hay dos pibas que no participan activamente de la algarabía. Deben ser las conductoras designadas del grupo, digamos, porque pagan con sus SUBE los boletos de todas, cierran las ventanillas que las otras abren en su descontrol, acomodan polleras que se bajan, bajan remeras que se suben, piden sin mucha suerte que la cosa no se desmadre. Están sobrias, tienen el uniforme de punta en blanco. En la chomba tienen el escudito de la escuela religiosa a la que van. Una de ellas se sienta al lado de otra que parece un poco mayor y tiene un pedo duro y conversador. Huele a espíritu adolescente y vodka con licor de melón.

—Eh, señor, ¿qué dicen los carteles? —le grita al tipo que trató de pasar desapercibido y no lo logró. La pibita sobria que la acompaña trata de taparle la boca. La otra empieza a hacer arcadas. Corro las piernas porque pareciera que tengo un imán para el vómito de los niños. El tipo, desconcertado, casi asustado, como si lo hubiesen enganchado mandándose una cagada y sin saber quién le preguntó, mete los carteles bajo el brazo, agarra el carrito y se va a la puerta con tanta mala suerte que queda frente nuestro. Toca timbre. Antes de bajar y haciéndose el profeta, les pregunta a las chicas.

—¿Ustedes son fieles al Señor?

La nena en pedo lanza una carcajada llena de saliva que da de lleno en mitad de la jeta del tipo. El tipo, inmutable, baja con sus cartelitos misteriosos bajo el brazo. Cuando el bondi arranca, lo veo mirar hacia el cielo. La borrachita le dice a la sobria que ella, a Tommy, le fue fiel; pero al Richi no, porque la cagó en Bariloche. La otra, como yo, como el tipo, como todos, miramos al cielo preguntándole cosas en silencio. Nadie nos responde.

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