Crónicas VAStardas

Reforma Xuper

por Gustavo Zanella

Cualquier progre bien pensante y con los patitos en fila pensaría que la montonera estaría preocupada por la Reforma Laboral, por su futuro, el de sus hijos, y, en el mejor de los casos, por el del país. Pues no, porque los progres cotizan a la baja y no conocen ciertas rutinas, hábitos de supervivencia, pelotudeces o necesidades de quienes dicen querer salvar. Los montones, como bien saben los que se levantan a las 6 de la matina y viajan 2 horas apiñados entre sudores, se preocupan por asuntos más pedestres porque, a fuerza de que los caguen una y otra vez, han decidido ocuparse de lo urgente más que de lo importante. Así que la preocupación en la fila del tren y en la guardia de la salita de primeros auxilios del barrio no es que les vayan a cortar las vacaciones —que pocos tenían— ni que les vayan a descontar parte del sueldo por luxarse jugando a la payana con los pibes. A la muchachada, lo que más le preocupa en estos tiempos convulsos y psiquiátricos es que les sacarán el Xuper TV, el Magis TV y todas las apps que les dejaban ver fútbol y novelas turcas sin pagar. Así de sencillo. Muchos habían dado de baja el cable o habían vendido la antena del televisor. Los que todavía pagaban Netflix habían cancelado la suscripción; si total, tenían todo para sentirse más o menos felices en Xuper cuando llegaban de laburar y ahogaban las penas inflacionarias de su propio INDEC existencial, fritándose el balero con películas de superhéroes que pueden lo que ellos no. O por ahí flasheaban amores primermundistas con esas novelas conservadoras, cis-heterosexuales, machistas, paquis y reaccionarias, donde el ser amado es una propiedad más o menos a la altura de una casa con pileta y amenities.

Así que no es de extrañar que, de pronto, la charla del momento no fuera el paro, la represión, la siesta vagoneta de una oposición pasada de clonazepam o la China Suárez en pelotas tijereteando con otra flaca en horario central, sino cómo tener tele gratis en el celular. Será por eso que los negocios que antes vendían y compraban celulares robados en Once y Liniers reconvirtieron su modelo de negocios a proveedores de soluciones informáticas non sanctas que no dejan de ser pan para hoy y hambre para mañana, pero al módico precio de un ojo de la cara. Al mismo tiempo, personas cuyo vínculo con la tecnología no pasaba de cargar la SUBE y prender un lavarropas ahora hablan de VPN, listas IPTV, streaming, APK y TV Boxes importados de Islamabad.

Tal vez sea por eso que, en este mismo momento, arriba del colectivo, un tipo sesentoso, gordito y con entradas pronunciadas va relojeando a los menores de 40 y les manguea una mano, una ayudita, por el amor de Dios, para que le instalen algo, cualquier cosa, con tal de ver gratis el partido de Boca. Afortunadamente, me salvo del interrogatorio, no sólo por ojeroso y desalineado, sino también porque, para el tipo, soy simplemente viejo. Mi espejo le daría la razón. Mis ex´s también. Pero los distintos jóvenes que encara lo sacan cagando, le dicen que están en la misma, que no saben, que no se puede. El tipo putea por lo bajo, masca bronca, maldice. Lo mismo hace una mina que revisa páginas y páginas en su celular sin dar con el método mágico que la saque de la abstinencia multimedial. Le cuenta a una flaca que está con ella que leyó en algún lado que, si “engañás al celular” y le hacés creer que estás en México o Chile, capaz que podés volver a ver Bunbaska Biri —o como se diga—, que es una novela rosa con tintes policiales, como cualquier programa de Canal 13, que cuando no lo ve nadie, vira rápidamente al policial, o lo levantan para poner al Zorro o hablar de Nisman.

El tipo se acerca a la mina y le pregunta por el método ese, pero entiende poco y mal. Además, está apurado porque el partido arranca en un rato. Como era de esperarse, alguien memorioso y polemista comenta en voz alta que con Cristina el fútbol era gratis, que Macri lo sacó para hacer 3000 jardines de infantes que, al final, no vio nadie. Tiene razón, si obviamos aquello de la transparencia, pero no nos vamos a poner en florituras cuando el Gobierno te cuenta las costillas, hasta cuando te rascás las bolas en la intimidad de tu rancho.

—’Ta rara la libertad —dice mofándose, y espera que le respondan.

Más de un libertario pobre estira la comida del 20 ahorrándose unos mangos con la aplicación pirata. Nadie recoge el guante ni a favor ni en contra. Estamos todos tan cansados y muertos de calor y frustración que da igual que el tipo proclame la Reforma Laboral, la socialización de los medios de producción o la llegada del Reino. Por ahí, en otros tiempos más amables y menos violentos, alguien le hubiese contestado. Recuerdo tiempos en los que, al otro viejo —el que mendiga apps—, alguien lo hubiese ayudado, incluso nomás para lucirse un poco. Hoy lo descartan de una, de la misma forma que descartamos a los viejos y a las embarazadas que piden el asiento sin ni siquiera tomarnos el trabajo de hacernos los dormidos.

Pero la cosa es que el tipo tocó una fibra, porque después de que bajó en la parte fulera de Ciudad Evita, todos hablan de lo mismo con pesar y desazón. Se pasan soluciones posibles, pero son inútiles; ninguna da en el clavo. Hay quien, impunemente, le comenta a otro que, si tuviera la solución, no la compartiría para “no apiolar giles”, porque “esto pasó por compartir mucho”, y eso levantó la perdiz. Otro dice que tiene la solución, pero que la cobra, sin importarle que, cualquiera que sea el método, es ilegal. Al final, todos bufan haciendo trompita, cual chicos que no consiguen el regalo de Navidad que esperaban y acusan a Papá Noel de hijo de puta.

—Lo bueno —dice la flaca que hablaba con la mina de las novelas— es que, desde que bloquearon Xuper, mi marido conversa con los nenes. Lástima que los pibes no se lo bancan; si no, sería lindo… Las dos ríen.

Al menos ellas son optimistas. Yo me quedé sin terminar mi serie.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *