Mirta Baravalle: El Legado de la Resistencia

Madre de Ana María Baravalle, embarazada de cinco meses y detenida-desaparecida junto a su compañero Julio César Galizzi el 17 de agosto de 1976. Mirta Baravalle integra desde su inicio Madres de Plaza de Mayo, formó parte del grupo que gestó Abuelas de Plaza de Mayo y es cofundadora Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.

La historia de Mirta es la historia de una de las tantas Madres que, tras la detención y desaparición de sus hijos en manos de la Dictadura Militar, transitaron cuarteles, ministerios y hasta vicariatos, sin tener respuestas. Es la historia de una madre que se descubre en los pasos de otras madres y aprende a caminar con ellas, transformando el dolor en resistencia y la búsqueda en lucha. Es la historia del abrazo de todas las madres que desafiando al gobierno de facto, denunciando sus violaciones, crímenes y atropellos, y honrando la vida, en sus rondas parieron mil hijes.

El domingo 12 de enero Mirta cumplió 95 años, hace 45 años que busca a su hija, a su nieto o nieta, que, también, nació un 12 de enero de 1977. No se rinde. No se rendirá jamás. Cada jueves que llega a la Plaza de Mayo,  se coloca el pañuelo blanco y encabeza la Ronda junto a Norita Cortiñas.

Hace muchos años, cuando recién nos sumergíamos en esta aventura periodística, entrevistamos a Mirta Baravalle. En esta nota rescatamos algunos pasajes.

– ¿Cuál es tu historia Mirta? ¿Cómo empezó todo?
-El 17 de agosto de 1976, se llevan a mi hija y a mi yerno. Ana María estaba embarazada de cinco meses, ese mismo día el médico le había dicho que el bebé nacería antes del 15 de enero. Primero comencé la búsqueda en soledad, recorrí comisarías, fuerzas armadas, ministerios… nadie sabía nada, nadie respondía, nadie se hacía cargo. Más tarde me di cuenta que había otras madres. Todas estábamos en la misma situación, a todas nos negaban información. ¡Nuestros hijos no eran una “cosa”! Eran personas con derechos, y nadie, absolutamente nadie, nos decía dónde estaban detenidos ni por qué se los habían llevado. Cada vez que una de nosotras hablaba con algún funcionario se acercaban otras madres y familiares para preguntar qué le había dicho. Entonces siempre esperábamos que saliera la persona que entraba después para saber si le habían dado alguna información distinta. A todas nos decían más o menos lo mismo… Nadie sabía nada de los desaparecidos. Pero así nos fuimos reuniendo. En un momento llegamos a ser cinco o seis esperando alrededor de la Plaza, sentadas en algún banco o caminando como al descuido. De esta forma comenzamos a vincularnos y a intercambiar información. El 12 de enero de 1977, por intermedio de un conocido, supe que Ana María había dado a luz. Nunca llegué a saber si es nieto o nieta, tampoco en qué lugar estuvieron detenidos, ni qué fue de ellos.

-¿Qué les decían los funcionarios?
– Las audiencias eran terribles, parecían interrogatorios. Exigían precisiones acerca de las actividades de nuestros hijos y de sus relaciones, la excusa era que así íbamos a facilitar su ubicación… ¡Para llegar a obtener alguna respuesta te pedían información! Nos trataban como si fuésemos idiotas. Una vez, un coronel en el Ministerio del Interior me dijo: “Señora, ¿usted no sabe que andan “bandas” disfrazadas con ropas militares?”. Me indigné tanto, que le respondí: “¡Lo que me dice da vergüenza ajena! ¿Cómo puede decir eso? ¡Estamos rodeados de camiones repletos de soldados armados… y usted me dice que hay gente que se disfraza de militares en sus narices! Repentinamente, dejó de ser el coronel comprensivo que aparentaba ayudar a una madre apesadumbrada y dijo: “Señora, su hija no tendría un arma en la mano… pero tenía un arma acá” -y se señala la sien con el dedo-.“Lo único que veo en su uniforme es sangre” -le recriminé-. Entonces pasó al terreno de las amenazas. Le impedí terminar “¿Y qué me van a hacer a mí? ¿Me van a matar? Si ya me mataron”-dije antes de irme.

– ¿En algún momento sentiste miedo?
– Lo peor ya me había pasado ¡Se llevaron a mi hija embarazada! Después de eso no sentís miedo. Sentís dolor, impotencia, bronca… Pero miedo no.

– ¿Cómo conociste a Azucena Villaflor?
– Una tarde éramos seis madres esperando que saliera de Casa de Gobierno el ministro Harguindeguy. Habíamos acordado que si alguna lo veía salir haría una seña a las demás para que nos acercásemos. Así fue que tres madres se quedaron vigilando desde la Plaza, y tres nos sentamos en las escalinatas del Banco Nación. Azucena era una de ellas, recuerdo que apenas se sentó puso una bolsita en el suelo, sacó un tejido y empezó a tejer mientras espiaba de reojo. No hablábamos porque aparentábamos no conocernos; sin embargo, apenas nos vieron los militares se cruzaron con las itakas para dispersarnos. Lo primero que hicimos es ir al vicariato castrense, era el primer aniversario del Golpe de Estado. Allí Azucena dijo que teníamos que ir todas juntas a Plaza de Mayo. El 30 de abril la primera en llegar a la Plaza fue Pepa Noia, éramos catorce. Pero un sábado no era un buen día para reunirse, no había gente en la Plaza y apenas los militares nos vieron, se cruzaron y nos sacaron. Entonces decidimos reunirnos al viernes siguiente, en horario bancario. Entre mucha gente a los militares les resultaba más difícil visualizarnos. Así lo hicimos varios viernes y éramos cada vez más. Más tarde, Emma Penells propuso que mejor era reunirnos los jueves porque el viernes es día de brujas, dice sonriendo.

-¿Cómo se gestó Abuelas?
-Con Mary Ponce de Bianco fuimos a la casa de una abuela, que le habían llevado el hijo con su bebé, para ayudarle a hacer un Habeas Corpus para su nietita, Clara Soledad. Recuerdo que lo redactamos sobre la cama, arrodilladas en el piso de su dormitorio. Ese Habeas Corpus fue publicado en “La Opinión” de Timerman y resultó un escándalo porque se trataba de una bebé. Al poco tiempo, una monja dice que en la Casa Cuna hay una bebé con las características de Clara Soledad. Efectivamente, era ella. Ahora la abuela tenía que obtener la tenencia, fue difícil porque cuando se llevaron a la bebé tenía siete meses y para entonces tenía más de un año. En esa época no existían las pruebas de ADN, y el Juez Sarmiento, a cargo del juzgado de menores, negaba la tenencia. Aparentemente, no había forma de demostrar el vínculo. Entonces la abuela, recordó que Clara Soledad tenía un lunar en la plantita del pie. Y efectivamente era así, el Juez lo corroboró. Clara Soledad fue la primera bebé que recuperamos. Recuerdo que se hizo una misa de agradecimiento en la Santa Cruz, la iglesia estaba llena. Pero esa fecha fue fatal…

-¿Por qué?
– Porque a esa misa asistió Astíz, fue la primera vez que lo vi. Luego lo volví a encontrar en la primera reunión de familiares y madres que hicimos en la iglesia de la Santa Cruz. ¡Es como si todavía lo estuviera viendo! Me generó mucho rechazo. Su historia no tenía consistencia, no me convencía… no me gustaban sus planteos. Por ejemplo: nos decía que teníamos que tener un mayor conocimiento acerca de las actividades que realizaban nuestros hijos. Se lo dije a Mary Ponce de Bianco, pero ella no pensaba lo mismo. Yo no fui más a esas reuniones. Iba a suceder algo terrible. El 8 de diciembre de 1977 Mary me invitó a la Santa Cruz para firmar una solicitada, yo ya la había firmado en la Iglesia Bettania, así es que fui al APDH para ver si obtenía alguna información. ¡Esa noche se llevaron a Mary y a todos los demás en la puerta de Santa Cruz! Astíz los había entregado. El 10 de diciembre el diario La Prensa publica la solicitada de las madres, ese mismo día secuestran a Azucena en la puerta de su casa, Astíz la había señalado cuando la besó en la puerta de la Santa Cruz…

– ¿Cuál es el sentido de las marchas de la Resistencia?
– Nosotras seguiremos en la resistencia. Porque las Marchas de la Resistencia son el lugar donde el pueblo reclama por todos sus derechos y donde la Memoria está presente para ser incorporada a las generaciones venideras. La Madres pretendemos que la Memoria trascienda en el tiempo para que todos conozcan lo que pasó en nuestro país debido a la ambición desmesurada y los abusos del poder. Los militares fueron sólo las marionetas usadas por Estados Unidos para implementar el Plan Cóndor en todo el continente… Y es justo que todos sepan que ese plan masacró a miles y miles de latinoamericanos. Los niños tienen el derecho de saber lo que pasó, tienen que asumirlo para su propia seguridad y para transmitirlo a sus hijos. Ese es el ejercicio de la Memoria y el legado que Las Madres queremos dejar en la sociedad. Porque, obviamente, nosotras no vamos a estar siempre.

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