El origen de las llamadas del candombe
por Cristina Peña
Las llamadas del candombe vienen de un tiempo lejano, un tiempo de colonos y colonizados, un tiempo oscuro, profundo, lleno de voces que no se apagan. Viene de los barcos que cruzaban el Atlántico cargando cuerpos esclavizados que pese al dolor, las enfermedades y las heridas, portaban en la sangre un ritmo que ninguna cadena logró sujetar: la memoria de un continente, el pulso de los tambores, la respiración de sus dioses de agua y de fuego.
En esas bodegas húmedas y estrechas viajaban nombres que el amo no sabía pronunciar, historias que nadie negadas, ritmos que sobrevivían incluso cuando la lengua era castigada. El tambor, aun sin madera, aun sin cuero, latía en el cuerpo de esos hombres y mujeres. Y cuando los pies tocaron por primera vez la orilla del Río de la Plata, ese latido encontró tierra donde volver a crecer.
En la Buenos Aires colonial, la música africana ardía como una brasa escondida. La ciudad era pequeña, pero su corazón era grande y oscuro, lleno de acentos, de pieles de distintos colores, de oficios, de vidas que la historia oficial se empeñaría en borrar. Los edictos caían como lluvia fría: se prohibía a los esclavos reunirse, tocar, bailar. Pero la música siempre encuentra un resquicio. Y cuando en 1775 se les permitió bailar los domingos y feriados, ese permiso mínimo se volvió un mundo entero. En esas horas breves, los hijos e hijas de África se buscaban, se encontraban, se reconocían. El tambor era un idioma sin gramática, una patria portátil, un refugio que no podía ser confiscado.
La independencia se conquistó, pero la libertad tardó en materializarse. La esclavitud continuo su ciclo de injusticia en los patios, en los cuarteles, en los mercados. Y aun así, en los barrios del sur, las naciones —Benguela, Mina, Congo, Angola— mantenían viva la llama. Buenos Aires sonaba distinto entonces: no era un espectáculo, era un latido que se transmitía de cuerpo en cuerpo, de generación en generación, como un secreto que no se deja morir. Sólo en la época de Rosas se les permitió realizar sus festividades con relativa tranquilidad.
Del otro lado del río, Montevideo tejía su propio destino. Allí, desde 1760, los africanos podían reunirse junto a las murallas, cada nación con su canchita, su pequeño territorio sagrado donde el tambor volvía a ordenar el mundo. Con el tiempo, esas reuniones se transformaron en comparsas que cruzaban barrios como quien cruza un puente entre pasados. Y hacia fines del siglo XIX, las llamadas empezaron a tomar la forma que hoy reconocemos: un río de cuerpos avanzando en la noche, un oleaje de cuero y madera que no pide permiso para existir.
Ese legado llegó hasta nosotros. En Uruguay, el candombe tiene su día, su nombre escrito en la lista de la UNESCO, su reconocimiento oficial. Pero incluso los rituales más antiguos pueden volverse mercancía si no se los cuida. La tradición, convertida en postal turística, corre el riesgo de perder la voz que la hizo nacer. El brillo del espectáculo puede opacar la hondura del rito, como si el tambor fuera solo sonido y en lugar de memoria.
En Argentina, la historia fue más silenciosa. Las guerras, las epidemias, las políticas de blanqueamiento racial del siglo XIX fueron borrando del relato oficial a las comunidades afrodescendientes, pero no de la vida real. Ellas siguieron allí, en los patios, en las cocinas, en los oficios, en las comparsas que nunca dejaron de sonar del todo. Hoy, en San Telmo, Montserrat o La Boca, las llamadas vuelven a abrir un surco en la memoria: no solo celebran, también reparan. Cada tambor es una pregunta que vuelve, una verdad que insiste, una historia que se niega a ser fantasma.
Mirarlas con atención es escuchar algo más que latido del tambor. Es oír el eco de un continente lejano, la astucia de quienes resistieron con música, la persistencia de una identidad que se negó a desaparecer. Las llamadas son un puente entre la herida y la fiesta, entre la pérdida y la creación, entre lo que se quiso borrar y lo que vuelve, inevitable, como un tambor que no se rinde.
El candombe es, todavía hoy, el recordatorio: la historia no siempre se escribe con tinta. A veces se escribe con cuero tensado, con pies descalzos, con cuerpos que avanzan juntos en la noche. A veces la historia es un ritmo que no se deja domesticar.
