El racismo en la televisión argentina

Hay episodios televisivos que condensan una historia más larga que la escena que los produce. La expulsión de una participante de Gran Hermano tras comentarios racistas contra Jenny Mavinga pertenece a esa clase de acontecimientos: funciona como una radiografía del modo en que la televisión argentina ha administrado la discriminación, primero como impacto, luego como polémica y finalmente como sanción.

por Melina Schweizer

El 11 de marzo, dentro de la casa, una concursante se refirió a Mavinga con imágenes vinculadas a la esclavitud. Horas después, el fragmento circuló en las redes, se volvió tendencia y generó indignación. Recién cuando el episodio ya dominaba la agenda, la producción anunció la expulsión. La sanción fue necesaria, pero llegó después de que el comentario ya había recorrido todo el circuito mediático.
Ese recorrido no es casual. Los reality shows necesitan conflicto para sostener la atención. La convivencia, el encierro y la exposición constante están diseñados para producir fricción. Cuando el conflicto es racial, aparece una paradoja: genera rechazo y aumenta la visibilidad. En ese punto, el racismo deja de ser solo una práctica social y se convierte también en una variable dentro de la economía del espectáculo.

Un problema más antiguo que el reality
El racismo mediático en Argentina se inscribe en una paradoja cultural: el país se pensó como homogéneo, blanco y europeo, lo que permitió minimizar o negar conflictos raciales. Sin embargo, la televisión sostuvo representaciones que colocaron a ciertos grupos en posiciones subordinadas mediante caricaturas, exotización o ridiculización.
El sociólogo Sergio Caggiano señaló que los medios construyeron imaginarios donde personas negras, indígenas o migrantes aparecen como figuras marginales o estereotipadas. No se trata de casos aislados, sino de una dinámica que atraviesa géneros y épocas.
En muchos formatos, la diversidad aparece como contraste y no como complejidad. Las identidades quedan atrapadas en roles previsibles y estereotipos que simplifican la diferencia. Un ejemplo es el uso del blackface, donde actores blancos interpretan personajes negros con maquillaje y gestos exagerados. Aunque abandonado en gran parte del mundo, en Argentina persistió como recurso humorístico. En 2021, el INADI intervino en una polémica vinculada a Cantando 2020. El acuerdo con organizaciones afrodescendientes destacó que la identidad racial no puede convertirse en disfraz ni en burla.

Racismo como conflicto televisivo
El caso de Gran Hermano reactivó un debate académico sobre el rol de los reality shows. Estos programas, además de reflejar conductas sociales, reorganizan tensiones culturales que funcionan como entretenimiento, y donde la convivencia diversa se estructura como estrategia narrativa.
Katrina Bell-Jordan observó que la raza funciona como recurso narrativo que organiza conflictos y produce escenas de impacto. Emily Drew señaló que estos programas presentan tensiones reales, pero las reducen a conflictos interpersonales. Así, el racismo se interpreta como un problema entre individuos y no como parte de un entramado histórico. Esto permite resolverlo dentro del programa mediante sanciones, evitando un análisis estructural. Esto ocurrió en el Gran Hermano.

La televisión como amplificador
La viralización en las redes muestra cómo el ecosistema mediático amplifica estos episodios. Hoy, cualquier fragmento puede circular masivamente y convertirse en un acontecimiento público. Este proceso obliga a los medios a reaccionar con mayor rapidez, pero no elimina la ambigüedad: la indignación también se convierte en contenido. Genera nuevas coberturas, debates y prolonga el escándalo. El caso siguió este patrón: circulación, repudio, cobertura y sanción. La expulsión fue necesaria, pero también cerró el ciclo que había producido la visibilidad.
En Argentina, la presencia mediática de personas afrodescendientes o indígenas sigue siendo escasa. Esto refuerza su invisibilización. Cuando aparecen, suelen hacerlo en roles secundarios o estereotipados. La presencia de Jenny Mavinga podía haber ampliado esa representación. Sin embargo, el episodio racista transformó esa oportunidad en un caso de discriminación que evidenció tensiones estructurales.

El espectáculo continúa
La televisión contemporánea opera en una tensión permanente entre su función como espacio de entretenimiento y su responsabilidad como medio capaz de influir en la manera en que las audiencias interpretan la realidad social. Los conflictos generan atención y mantienen el interés del público, pero algunos de esos conflictos cruzan límites que obligan a intervenir para evitar que la lógica del espectáculo termine normalizando prácticas discriminatorias. El racismo es uno de esos límites, aunque la historia de la televisión argentina demuestra que no siempre fue tratado con la seriedad que merece.
El episodio de Gran Hermano mostró que la presión social puede obligar a los medios a reaccionar frente a situaciones que generan rechazo público, pero también dejó en evidencia que la televisión sigue aprendiendo, no sin resistencia, a convivir con esa presión en un contexto donde la circulación digital amplifica cada escena y transforma los conflictos televisivos en debates públicos de escala nacional. En la economía contemporánea del espectáculo, incluso los episodios más incómodos pueden integrarse al circuito mediático del entretenimiento, y eso plantea una pregunta que excede al reality show y alcanza al sistema televisivo en su conjunto: si el racismo produce indignación, debate y audiencia al mismo tiempo, ¿hasta qué punto la televisión está dispuesta a renunciar a ese combustible narrativo cuando buena parte de su capacidad de impacto depende, precisamente, de la intensidad de los conflictos que consigue poner en pantalla?

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