La Churinga

por Rafael Gómez

Pensar en el mar. Primero, nada más que en el mar; después, en un viaje. Nuestra vida es un viaje, aunque no lo reconozcamos. Aunque no hagamos grandes distancias. Siempre viajamos por el espacio y el tiempo; así nacen las historias. Nosotros somos un conjunto de historias entrelazadas. ¿Por dónde empezamos?

A veces resulta difícil reconocer un punto de partida que nos caracterice, que empiece a definirnos. Y también es difícil reconocer un sentido. No sabemos bien por dónde vamos ni hacia dónde… Por eso empecemos en el mar. Imaginemos que estamos en el medio del mar. Hay pocas circunstancias. Olas, sol, horizonte… Estamos en este principio. Si miramos las olas con atención, vemos que a veces, al romper, aparecen entre las crestas espuma y una pequeña lluvia fugaz; allí aparecen los colores del arco iris. Sucede sólo durante un instante. ¿Es una señal? El pequeño arco iris se multiplica en diversas olas. ¿Ir hacia el sol? Difícil decidirlo sin más circunstancias. Esperamos. Aparecen entonces islas, barcos, continentes. Hay calma chicha y también tormentas. Imaginémonos en un barco o un bote. Imaginemos que tenemos cierta independencia. ¿A dónde ir? ¿Hacia un continente o hacia una isla? ¿Y cómo ir? A veces el mar parece un conjunto de piedra cobriza esculpida brillando al sol, como una cadena interminable de montañas, pero es sólo por un instante. No podemos encontrar un camino. El conjunto cambia, se hunde, no nos sostiene. Y además, como dijo un poeta: “Caminante, no hay camino sino estelas en la mar”. Hagamos entonces una estela, la rigidez no sostiene, flotemos, “todo lo sólido se desvanece en el aire”, dijo un filósofo. Flotemos o volemos en un viaje que nos conmueva. Y ese viaje de asombros será nuestra propia historia, ¿Hacia dónde vamos?

Hay dos clases de historias entrelazadas: las individuales y las colectivas. Unas dependen de las otras. Y la historia colectiva actual (no tiene sentido en este momento hablar de las individuales) es como una enorme tormenta que se avecina y afecta gravemente nuestra supervivencia.
No se trata sólo del cambio climático, como ya habrán conjeturado las lectoras y lectores perspicaces. Es cierto que la gran acumulación capitalista y el consumismo asociado están haciendo estragos en el medio ambiente, contaminando la tierra y los mares, absorbiendo recursos no renovables. Y también es cierto que esta producción descontrolada para la acumulación y el consumo provoca un aumento gradual de la temperatura que en 50 años hará irrespirable el planeta. Pero además de todo esto, estimadas y estimados lectores, hay peligros más inmediatos. El capitalismo ahora mismo está virando en tecno feudalismo, un sistema de mayor acumulación a través de los bancos, de las empresas tecnológicas y de las plataformas informáticas denominadas Big Tech, tales como: Google, Amazon, Meta (Facebook), Apple, Microsoft, NVIDIA, Tesla, Baidu, Alibaba, Tencent, Xiaomi… (las últimas cuatro son chinas). Este sistema, basado principalmente en la renta y la comisión, con más concentraciones de riqueza y mayores desigualdades que el anterior, se extiende en el planeta a través de dos imperios, EE.UU y China, que protagonizan una peligrosa guerra comercial por el dominio y la rentabilidad. No hay que subestimarla. Cabe recordar que la extensión del capitalismo en el siglo pasado provocó dos guerras mundiales.

¿Está Argentina al margen de la guerra entre potencias? Para nada. El reciente acuerdo comercial con EE. UU. ensalzado por Milei muestra claramente el alineamiento de Argentina con Estados Unidos. Una guerra protagonizada por las Big Tech (las empresas mencionadas arriba) de alta concentración y poder económico superior al de muchos Estados nacionales, y por lo tanto capaces de imponer sus determinaciones y conveniencias a las comunidades representadas por dichos Estados. De hecho, el reciente acuerdo, al suprimir las barreras arancelarias, ya está condenando a la industria argentina a un menor desarrollo al competir con la estadounidense, y a la consecuente falta de trabajo, es decir, a la pobreza de la población. [1]

Esta es la historia colectiva actual que se avecina. ¿Qué hacer? ¿Se puede hacer algo? Y aquí se entrelaza la historia individual con la colectiva. A mí la respuesta me llegó del mar, de un viaje. Luego de horizontes plenos, varios soles sobre el mar, olas de cobre y de arco iris, rumor del agua y silencio, llegué a un puerto. Allí había una estructura blanca y alargada como un enorme lagarto vertebrado de unos 400 metros de largo, 50 de ancho y 30 de alto: O Museu do Amanhá, El Museo del Mañana, una obra colosal y fantástica hecha por Calatrava en la Bahía de Guanabara, Río de Janeiro.
El lugar tiene imágenes impactantes que advierten sobre la contaminación ambiental y el cambio climático: pantallas de 10 metros de alto que rodean a los espectadores mostrando fábricas en funcionamiento, chimeneas, aglomeraciones de tránsito en rutas y ciudades, bosques incendiados, enormes rostros, jóvenes y surcados de arrugas. Hay obras hermosas e impresionantes de muchos artistas sobre el futuro que avizoran. Y hay en una sección del museo denominada “Nosotros” algo muy particular. La Churinga. Se trata de un instrumento musical con forma de una enorme lapicera que pende sobre un óvalo blanco de 2 metros de largo por 1 de alto. La Churinga, de sonido profundo, era usada en el neolítico por los aborígenes australianos cuando se reunían junto al fuego a contar historias. Esta Churinga ocupa el centro de una sala y está rodeada de arcos equidistantes que parecen formar un nido. Una alusión al comienzo. Desde un principio, los hombres y mujeres nos reunimos para contarnos historias individuales y colectivas. ¿Por qué lo hacíamos? No sólo para recordar o entretenernos sino para compartir, formar una comunidad, entender, decidir, corregir, forjar lo que está por venir. Eso fue lo que hasta ahora nos permitió sobrevivir. Debemos reunirnos para hacer la Historia. Así de sencillo.
En la Churinga encontré la respuesta.

  1. Ver en Periódico VAS Nº 201 la nota Anatomía de una capitulación comercial de Juan Pablo Costa.

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