La Ciudad late al ritmo del Carnaval Porteño
Por la tardecita, cuando el sol tiñe de naranja Buenos Aires, los primeros redoblantes ya marcan el pulso de una fiesta que parece eterna. Es febrero de 2026 y la Ciudad vuelve a entregarse al Carnaval Porteño, esa celebración que, con 158 años de historia, sigue siendo capaz de transformar las calles en un escenario colectivo donde todo puede pasar.
En Saavedra, el parque se llena temprano. Familias enteras llegan con reposeras, heladeritas y la expectativa intacta. Los chicos corren entre los puestos de espuma mientras las murgas ajustan bombos y platillos. “Después de tanta espera, tantas ansias y tantos pedidos, acá está el cronograma”, habían anunciado días atrás desde la agrupación Carnaval en los Barrios. Y la respuesta se ve en cada esquina: la gente volvió a apropiarse de la fiesta.
La escena se repite en Villa Urquiza, Boedo, San Telmo, Mataderos, Palermo y tantos otros barrios que, durante los fines de semana de febrero, se convierten en pequeños universos carnavaleros. No hay distancias cuando la Ciudad vibra al mismo ritmo. En Triunvirato, los vecinos se asoman desde los balcones para ver pasar a las comparsas; en Parque Lezama, los turistas se mezclan con los habitués del corso; en Caballito, el sonido de los bombos se escucha desde varias cuadras antes.
Las murgas, como siempre, son el corazón de todo. Con sus trajes brillantes, sus canciones originales y esa energía que parece inagotable, avanzan por los corsos como si cada presentación fuera la primera. Los jurados observan la precisión de las coreografías, la creatividad de los vestuarios, la fuerza de los ritmos. Pero para el público, lo que importa es otra cosa: la emoción de ver a los artistas del barrio convertirse en protagonistas.
La historia del Carnaval Porteño se remonta al siglo XVIII, cuando estas celebraciones empezaron a tomar forma como uno de los rituales más importantes de la cultura popular porteña. Hoy, más de un siglo y medio después, la tradición no solo se mantiene: se expande, se reinventa, se multiplica. La comunidad murguera sostiene la llama durante todo el año con ensayos, talleres y actividades culturales que hacen del Carnaval algo más que una fiesta: un modo de habitar la Ciudad.
En Pompeya, una murga termina su pasada y un grupo de vecinos se acerca a saludar a los artistas. En Liniers, una nena de cuatro años mira fascinada a los bailarines y trata de imitar sus pasos. En Villa Devoto, un abuelo le explica a su nieto que él también salió en murga “cuando era pibe”. El Carnaval Porteño tiene esa capacidad: unir generaciones, borrar diferencias, convertir la calle en un territorio compartido.
“Nos vemos en cada rincón de la Ciudad donde haya peques y adultos jugando al Carnaval”, dicen desde la organización. Y la frase parece cumplirse al pie de la letra. Aunque el cronograma pueda sufrir modificaciones por cuestiones climáticas u organizativas, el espíritu permanece intacto: Buenos Aires se abraza a sí misma en una celebración que es, ante todo, un acto de identidad.
Cuando cae la noche y las luces de los corsos se encienden, la Ciudad se transforma. Los bombos resuenan, los cuerpos bailan, las voces cantan. Y por un instante —ese instante que dura un febrero— Buenos Aires recuerda que también puede ser pura alegría.
