La insoportable presión de una apariencia irreal

La violencia estética establece estándares de belleza rancios, recrudece cuando el calor aprieta y nos hace chorrear de transpiración. Pega sobre todo a mujeres y disidencias. Y en tiempos libertarios pega más fuerte.

por Jesica Farias.

Apenas me siento para encarar esta nota en estas épocas que parecen distópicas, pero que son bien reales, y tan mezquinas de derechos, me encuentro con un dibujo de Ro Ferrer, ilustradora y artivista feminista, muy a tono con este artículo. En la imagen se ve a una mujer en bikini frente al espejo con las manos en la cintura. “Jamás tratarías a una amiga con la crueldad con la que te tratás a vos misma”, dice. En el reflejo se lee la respuesta a su propia frase: “basta”. Yo, que siempre tuve sobrepeso e hice dietas; que ahora mismo, a mis 43 años, sigo en tratamiento nutricional; que a pesar de tener muchas herramientas, reflexiones y terapia encima, muy poquitas veces estuve conforme con mi cuerpo, me veo en esos trazos: nunca pero nunca le diría a mis amigas lo que me digo a mi misma cada vez que no entro en un pantalón o cuando la remera me marca más de lo que quisiera. En ese sentido, Bellamente, una fundación sin fines de lucro que trabaja en la prevención de la insatisfacción corporal y los trastornos alimentarios, se pregunta en su canal de Youtube: “¿Qué pasaría si las industrias dejaran de lucrar con nuestras inseguridades? ¿Y si los medios de comunicación en vez de hablar de cuerpos, hablaran de personas? ¿Qué pasaría si no hubiera bullying en los colegios ni discriminación estética en la puerta de los boliches? ¿Qué pasaría si nos enseñaran a una temprana edad que todos los cuerpos son válidos, que todos los cuerpos son deseables? ¿Qué pasaría si entendiéramos que cuando nos obsesionamos con el deporte, o la alimentación, estos dejan de ser hábitos saludables? ¿Qué pasaría si todas las personas encontraran ropa de su talle? ¿Y si dejáramos de hacer comentarios acerca del cuerpo de lxs demás?”. Me imagino un mundo donde no se problematice la presión estética y siento que podría ser tal cual lo muestra ese meme donde todas las personas están tomadas de la mano, en ronda, y un arcoiris cruza el cielo junto a un sol, que hasta tiene dibujada una sonrisa: podrán decir que soy una soñadora, pero no soy la única.

“En estos tiempos han recrudecido todas las violencias y se muestran más, por lo tanto la violencia estética contra mujeres y disidencias es patente. La ausencia de políticas públicas y de espacios de reflexión y de capacitación, la profundizan. La falta de color, que todo sea caqui o blanco, la idea de purismo racial y que todo lo que es colorido o colorinche sea considerado impuro es una reacción muy desesperada del patriarcado, del racismo y del capitalismo. Una respuesta a la decadencia. Lo noto en la vida cotidiana, pero sobre todo en las redes sociales, en la virtualidad. Pero, atención, para no tener una mirada monolítica de este crecimiento de las violencias, que sí existe, también pensemos que hemos ganado más terreno: hay más talles, hay otros cuerpos circulando”, analiza Clara Attardo, licenciada en Psicología, Magíster en Género, Sociedad y Políticas (FLACSO) y especialista en políticas de promoción de la salud y géneros. Con dos décadas de talleres sobre Educación Sexual Integral (ESI) encima, remarca algo interesante: sus contenidos promueven la libertad, esa que tanto pregona el Gobierno Nacional pero que, sin embargo, recorta porque el Proyecto de Presupuesto 2026 -en el año en que la Ley 26.150 cumple dos décadas- asigna 30 millones de pesos, lo que representa ¡apenas el 2%! de lo ejecutado en 2023. ¿Qué pasará con las capacitaciones a docentes? ¿Serán posibles? ¿Se podrá asistir a las provincias?

La ESI trabaja sobre cómo cuidar nuestros cuerpos y emociones, pero también las de las personas con quienes nos vinculamos; prevenir infecciones de transmisión sexual (ITS) y embarazos no deseados; vivir en igualdad, sin violencias ni discriminación en todos los ámbitos, en libertad -la posta-. “El ataque hacia la ESI -por parte del Gobierno- tiene que ver con eso. Pero también es cierto que la ESI tiene que seguir actualizándose: no nos podemos quedar con que es para personas en edad escolar, o que son solo talleres de género, cuando es mucho más. Es trabajar el cuerpo, el deseo, el placer”, aporta Clara, autora de Eróticas Gronchas. Educación Sexual Integral y Salud Mental para personas adultas (Edit. Chirimbote). Y sigue, desde su experiencia: “Una de las cosas que yo recibí en ESI para adultes -su proyecto vinculado con la salud mental para la población adulta- es a gente diciéndome que no podía tener sexo porque se veía gorda. Y tenemos 30, 40, 50, 100 años de esta lógica, así que yo veo recrudecimiento sí, pero también coexistencia de las diversidades y resistencia. No nos han ganado, no nos creamos eso”.

Tú me quieres nívea

Pantone es una empresa estadounidense que creó el Pantone Matching System, un sistema de identificación, comparación y comunicación del color para las artes gráficas. Ante esta oleada antiderechos que vive el mundo entero y pretende eliminar las diversidades, ¿a que no saben cuál es el tono que eligió para 2026? Sí, ¡el blanco! Dicen que se escogió para traer paz y tranquilidad. “En Occidente, históricamente se lo ha relacionado con el dinero y el poder. Esto tiene una explicación: en los siglos XVI, XVII y XVIII y XIX solo la gente realmente adinerada se podía dar el lujo de tener ropa blanca”, reveló Lucía Levy al frente de La curva de la moda, una muy buena cuenta de Instagram para analizar esos usos y costumbres. Ante el alto costo para que las prendas fueran níveas, pero también para mantenerlas así con el uso, únicamente las personas ricas podían adquirirlas. Y si seguimos el análisis, también podemos ver que ese colorcito se relaciona con lo puro, lo limpio y superior, algo muy buscado por gobiernos y funcionarios en nuestros días, ¿no? “La estética nunca es superficial, y este borramiento de lo groncho, de lo multicolor no es casual”, añade Clara.

Mientras la presión estética aprieta perversamente y quiere blanquearnos, adelgazarnos, moldearnos para que seamos iguales, ¿qué pasa con las disidencias? Giovi Novello, activista trans, aporta: “ese tipo de violencia creció y no es casual, no es individual. En contextos donde los derechos retroceden, donde se desfinancian campañas y políticas públicas, donde los discursos de odio vienen desde el poder, la violencia estética se vuelve una especie de herramienta de control porque nos quieren normados, blancos,  callados, productivos. Y toda persona que se corre de ese lugar termina siendo castigada o ridiculizada. Lo noto, sobre todo, en las redes sociales, en los medios, en los espacios laborales. Y para las personas trans, eso se nos termina tornando una especie de vigilancia permanente porque si no encajás, sos un problema; pero si encajás demasiado estás bajo la mirada, te pones en peligro, entonces no hay una salida posible”. ¿Y cómo se siente? “Me pasa sentir todo el tiempo esta presión de tener que corregir mi cuerpo, mi expresión, mi deseo para no quedar afuera de ciertos espacios, para no quedar afuera de los trabajos, para no ser un blanco de violencia fácil. Creo que la presión bajo este Gobierno se siente más cruda y más peligrosa”.

Promueven el odio mientras nos exigen amor propio

Le pregunté a mis amigas y compañeras si algunas vez sintieron la presión estética: son mujeres de entre 25 y 45 años, casi todas vieron algún programa hecho por Cris Morena, patrona nacional del culto a la delgadez. ¿Recuerdan Rebelde Way? Fue uno de sus productos. Se emitió en 2002 y fue protagonizado por Camila Bordonaba, Luisana Lopilato, Benjamín Rojas y Felipe Colombo. La historia rondaba sobre las vivencias de esos personajes en una escuela de élite: uniformes, caprichitos de millonarios, música y ganas de ser libres. Libres sí, mas no adiposas ni adiposos: al personaje que no cumplía con los estándares de belleza impuestos lo encarnaba la actriz Angie Balbiani, una piba común y corriente que todo el colegio llamaba “la gorda”. Les invito a ver imágenes para comprobar la crueldad. Así, la violencia simbólica opera con mensajes sobre los cuerpos hegemónicos y nos dice, como mandamiento, que deberemos ser flacas cueste lo que cueste.

“Sí, la he sentido mucho tiempo por ser gorda. Por ejemplo, a la hora de ir a comprar ropa aparece esa mirada reprobatoria de ´acá no hay talle para vos’. Toda la adolescencia me vestí con lo que me entraba, no con lo que yo elegía, ni con lo que me gustaba. Y siento que se recrudece más en este tiempo, sobre todo en el transporte público: que ocupes una mayor espacio está visto como algo negativo y te pasan por encima por eso”, me responde mi amiga Raque en un audio de whatsapp. Y trae a colación un fenómeno farmacéutico en crecimiento: el desmedido y mal uso del Ozempic, un medicamento indicado solamente para personas con diabetes. Uno de sus efectos secundarios es la pérdida de peso, de modo que utilizarlo únicamente para bajar kilos es irresponsable. Se suma Gala, que me cuenta que la primera vez que le dijeron que tenía celulitis fue a los ¡13 años! “Hoy en día -recapitula- es muchísimo peor porque las redes sociales están generando en las nenas, desde chiquitas, esa presión de tener que ser de tal manera para encajar”. Este fenómeno crece al ritmo en que aparecen más y más aplicaciones y se consumen más horas de pantalla: ahí también circulan estereotipos que desde peques nos marcan cómo deben ser las chicas y cómo deben ser los chicos.

El horror del tiro bajo

La mayoría de mis amigas no fueron criadas en tiempos de pantallas -gran parte tuvimos Mecanografía como materia en la secundaria, así que imaginense-. No obstante, muchas indicaron que la adolescencia fue el momento en donde más presión sintieron. “En los 2000, los cánones de belleza eran extremadamente hegemónicos y no encajaba, sentía que no era lo suficientemente linda”, comenta Angie. Se suma Lau, que señala que su delgadez, aún en una sociedad que la pondera, la acomplejó: “te piden ser flaca, pero no tan flaca, y con un cuerpo exuberante, un cuerpo que tenga atributos, culo y tetas, particularmente en la adolescencia. Entonces sufrí muchísimo porque la ropa me quedaba siempre grande, los jeans, los pantalones, encima flaca y alta, grandes y cortos”.

Desde nuestras infancias nos machacan con la idea de un cuerpo perfecto, uno inalcanzable. Esa idea es cruel: crecemos queriendo parecernos a la modelo de la tapa de revista o al musculoso de la publicidad de calzoncillos. Cuando no llegamos, nos dicen que es porque no falta amor propio, pero ¿cómo vamos a querernos si hacen que odiemos cada poro, pelo, pliegue y volumen? Entonces, que esos mandatos se entiendan como lo que son: violencia estética, y que esos estándares que nos presionan dejen de estar de moda.

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