Leonardo Puchetta: «Estoy condenado al arte»

Desde su taller en el conurbano bonaerense, el artista habla de los pueblos de madera que pinta, de la validación que no busca en los museos y de por qué su obra es un «machete en el monte sintético».

por Melina Schweizer

El estudio de Leonardo Puchetta no huele a galería de arte. Huele a viruta fresca, a óleo antiguo, al humo lejano de las quemas del conurbano y al cemento húmedo después de la sudestada. Aquí, en el corazón del Gran Buenos Aires, tal vez algo lejos del Río de la Plata pero cerca de otras corrientes —las humanas, las urbanas, las que corren por las avenidas con furia y esperanza a flor de piel—, las obras no cuelgan como reliquias: se amontonan, se apoyan en las paredes, se miran entre sí. Son pueblos de madera, obstinados y cálidos, arquitecturas mínimas que parecen haber brotado de una memoria colectiva que se construye con restos, con cortes, con lo que queda.
En una de sus piezas, un rostro circular emerge como un mapa tallado: líneas que se repiten como respiraciones, curvas que recuerdan ríos, caminos, cicatrices. Los ojos no miran: vigilan, resisten. Todo está dividido y, a la vez, unido por una columna central, un eje, una espina dorsal que sostiene el mundo. No hay ornamento: hay estructura, repetición, pulso. La madera, intervenida con negro y arena, parece piel erosionada por el viento, un territorio marcado por la historia.
Leonardo Puchetta, hombre de manos grandes y de hablar pausado, carga el acento de la periferia bonaerense con la textura de un café amargo. Con él no hablamos de teoría del arte. Hablamos de la condena, de la madera que cruje en los barrios, de por qué un castillo no es de piedra sino de lo que se tiene a mano cuando hay que inventar refugio en la llanura urbana.

—Arrancaste diciendo algo que me quedó resonando: “Estar condenado al arte”. Es una frase pesada, bella y terrible.
Leonardo Puchetta asiente, mira sus manos manchadas de pintura. —Sí. Es una sensación que me viene de chico. El arte no era una elección, era un mundo donde algo sucedía. Un destino. Con el tiempo, con guías, compañeros, espiritualidades, fui aprendiendo a decidir el mensaje, su propósito. Es un camino de acierto y fracaso, con muchísimas texturas. Hoy, la creatividad tiene que ser cotidiana. No, algo exquisito, separado. Es el pan de cada día.

—Ese pan de cada día, ¿cómo se amasa? ¿De dónde nace una obra tuya?
—Nunca nace de una idea pura. Nace de sensaciones, desafíos, propósitos… y recién ahí se transforma en una idea teñida de lo emocional. A veces la obra tiene un horizonte claro. Otras surgen del movimiento, de los pigmentos que me van diciendo qué quieren contar. Los materiales tienen sensibilidad. Son un puente. Para mí, la obra es un oráculo. Uno le pregunta y ella, a veces, te responde con lo que no querías escuchar.

—Y ese diálogo, ese oráculo, está irremediablemente marcado por este lugar. Por el conurbano.
—Siempre estuve de este lado. La empatía con mi espacio, mi territorio, me ayuda a construir y a sanar. Desde esa confianza, el compromiso se fortalece. Siento que nací en un territorio que no debía… Entonces trato de reconocerme desde aquí, en los lugares que me identifican: en su pensar, su accionar, su lucha y su poesía revolucionaria.

—Esa poesía revolucionaria la veo traducida en tus pueblos, en esas arquitecturas de madera que se repiten como un himno visual. No son simples casas. ¿Qué son? ¿Refugio, utopía, comunidad?
Leonardo Pucheta se levanta, señala un mural en una fotografía. —¿Ves esto? Para mí es un castillo de madera. La madera es lo que tenemos a mano: materia orgánica que envejece con el clima, que cruje, que tiene historia. Y el “castillo” es darle categoría de fortaleza, de monumento, a algo humilde. Es decir que una casa de madera en el conurbano tiene la misma dignidad y complejidad que un castillo de piedra en Europa. Me formé mirando el continente latinoamericano, bellísimo en su composición social y territorial. Trabajo con una estructura de valor. Nada flota al azar; cada pensamiento tiene su lugar en el espacio, todo tiene un sentimiento. La madera… el fibrofácil me llevó a recuperar el xilograbado, algo nunca perdido, pero sí pausado. Es como un machete en el monte sintético: transforma la matriz en alma. Yo trabajo en la producción de una serie, no en la reproducción de series de un mismo valor. Cada una surca una huella distinta.

—Cuando llevás esas huellas al mural, salen del taller y se instalan en el espacio público. ¿Qué pasa cuando el espectador se convierte en habitante?
—El espacio público siempre es espectador, pasivo, activo o enamoradizo. Cuando la gente se involucra con el mensaje, comienza otra tarea para mí: que esa expresión sea una comunicación clara, certera, que invite al pensamiento crítico. Ahí abrís la puerta para que te habiten, para que lo habiten. Es recíproco. Tanto para quien observa como para quien construye la narrativa.

—Construís narrativas muy potentes. Y sin embargo, tu obra no ha circulado por los grandes museos nacionales. En este sistema, suele exigirse una validación mediante premios, bienales… ¿Cómo vivís esa lógica?
Leonardo suelta una risa breve: —¡Ufff! La validación es un trabajo de construcción comunitaria y colectiva. De aceptaciones y rechazos. De amor y dolor. Nunca fui amigo de esas políticas. Siempre construí desde lo que soñaba hacer. Hoy trato de escuchar más, de comprender un sistema de movimientos y trasfondos que me son ajenos. Y desde ahí, la prioridad es estar yo mismo seguro de lo que estoy entregando. Tuve invitaciones de personas que creían en lo que hago, y eso vale más que cualquier diploma.

—Justamente, esos premios y jurados… ¿Crees que construyen un canon estético o reproducen relaciones de poder?
—Creo que en todo ámbito de poder hay una estética que reproduce su propósito. Son, en el fondo, espacios empresariales, con materialidades superficiales. No todos los que están son así, claro… pero uno termina siendo víctima de esa maquinaria. Y eso pasa en todas las relaciones humanas. Hoy elijo jugar. El tiempo y los destinos me van marcando con quién, dónde y cómo. Lo interesante es poder estar acá hoy y allá mañana, como un engranaje libre. Porque si algo tengo claro… es saber lo que ya no quiero más. Y desde ahí aprendo, creo, construyo. Prueba y error. Como es arriba, es abajo.

—Ese “hacer arte y más arte” fuera de los museos genera escenas vivas, circuitos alternativos. ¿Cómo piensas en ese fenómeno periférico?
—La obra tiene una función social, política, de comunicación. Que entre en un museo o en un local de barrio nos sitúa en una diversidad. Implica una búsqueda de perfeccionamiento. Y eso se logra mediante el trabajo cotidiano. Los espacios son circunstanciales. Uno es un personaje: hoy pintor, luego cocinero, más tarde un hombre, siempre padre, siempre hijo. Lo importante es que el trabajo circule, para que uno mismo pueda ver su esencia y descifrar lo que quiso decir, tanto a nivel pictórico como emocional. Nunca dejo de sorprenderme.

—Si el sistema del arte no te necesita para existir, pero tu obra tampoco lo necesita… ¿Qué tipo de artista quieres ser? ¿Uno que busca entrar al museo, o uno que lo desborda desde afuera?
—Soy un trabajador del arte. A veces un artista, otras un artesano, quizás un creador, a veces un brujo, un receptor de mensajes… Hoy trato de ser quien mejor pueda ser. De tener la posibilidad de seguir creando y creyendo que este es mi camino, con todo lo que el arte implica en este país. Me siento bendecido por lo que me tocó transitar. Y desde ese lugar, pequeño y grande a la vez, sigo y seguiré creando.

Leonardo Puchetta pinta, crea, sueña. Interviene muros en escuelas rurales, en fábricas recuperadas, en clubes de barrio de Avellaneda, en centros culturales de Quilmes, en paredes ciegas de galpones que ya no humean en Lanús. En cada una, el mismo pueblo de madera, terco y esperanzado, vuelve a crecer. No representa paisajes del litoral que no habita: construye la geografía emocional del conurbano, hecha de persianas rotas, ladrillos vistos, ferreterías de esquina y la memoria del monte que alguna vez estuvo ahí. Su litoral es el de la planicie humana, el de los arroyos entubados, el de las calles que se inundan cuando la historia se desborda.
En sus xilograbados, las líneas son profundas como grietas en el asfalto. Esa es la condena de la que habla: no una prisión, sino una raíz. Una raíz que se hunde en el cemento y, contra toda lógica, decide brotar. Él le da forma de castillo.
En Puchetta, el arte no es sólo una imagen: es un registro vivo de resistencia, una cartografía política trazada sobre la piel del barrio y también un refugio simbólico. Un lugar donde la comunidad puede mirarse y reconocerse, donde la memoria se vuelve arquitectura y la esperanza, estructura.

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