Maleducados: la crueldad con diploma

Renata Salecl le pone teoría a lo que ya sentimos en la piel: en la era del “ganador se lleva todo”, la grosería cotiza, el éxito se actúa y la empatía queda como un lujo para gente que todavía no aprendió a “venderse”.

por Melina Schweizer

Hay épocas que no se explican: se padecen. Y se padecen, sobre todo, en el lenguaje. En esa frontera donde la política deja de argumentar y empieza a escupir; donde el trabajo deja de organizarse y empieza a humillar; donde la escuela deja de formar ciudadanía y empieza a vender “empleabilidad” con moño motivacional.

Renata Salecl, filósofa y socióloga eslovena, le puso título a esta escena: Maleducados. La era de la vulgaridad (publicado en 2023 y traducido al español en 2025). Su punto de partida es incómodo, porque no habla de “malos modales” como quien se queja del ruido del vecino. Habla de algo más serio: la vulgaridad no es un error interpersonal, es una ideología en acción. Un sistema que exalta el individualismo, idolatra la riqueza material y predica que existen elecciones correctas que te conducen al éxito. Si te va mal, es porque elegiste mal. O porque no te “vendiste” bien. O porque no sonreíste lo suficiente.
La vulgaridad, en este mundo, no es una grieta en la convivencia: es un método de gestión.

La grosería como política pública: del argumento al show
Salecl describe cómo la grosería se vuelve moneda corriente en el trabajo, ancla en la política y se disemina por todo el cuerpo social. En Argentina lo vimos con la nitidez de un vidrio recién limpiado: cuando la palabra pública se convierte en ring, el adversario ya no es adversario; es un enemigo, un estorbo, un meme con patas. La crueldad sube rating. Y el país, que venía con crisis de todo tipo, descubre que también puede tener crisis de cortesía democrática.

La vulgaridad no es solo decir “cualquier cosa”: es habilitar que cualquiera diga cualquier cosa. Es la señal que baja desde arriba y se replica abajo, como un contagio moral. Salecl lo sugiere: cuando una figura con autoridad se expresa de forma inadecuada, agresiva, conspirativa, autoriza el insulto de quienes lo imitan. Se genera una atmósfera donde el respeto parece ingenuidad y la empatía, una estafa.
Y ahí aparece el truco viejo: la política deja de producir decisiones colectivas y empieza a producir identificaciones emocionales. Fanáticos, no ciudadanos. Hinchas, no sujetos de derecho.

El imperativo de la felicidad: sonreí o sos culpable
Mark Fisher lo dijo de un modo brutal: la tragedia contemporánea no es que la gente no logre ser auténtica, sino que hoy está presionada por ser feliz. Salecl lo engancha con el dispositivo neoliberal: debemos probar sin pausa que somos especiales, ambiciosos, excepcionales. La vulnerabilidad no cotiza. La inseguridad se esconde. La tristeza se privatiza.

Y entonces entra el gurú de turno (en el transcript aparece Norman Vincent Peale, referencia para Donald Trump: si querés tener éxito, lo primero es crear la imagen del éxito). Aunque todo vaya mal, mostrás que va bien. Superlativos, grandilocuencia, fortuna de utilería. “Estoy bárbaro”, “estamos creciendo”, “vamos a romperla”. Y si no rompés nada, no es por la economía, ni por tu origen, ni por el mercado laboral: es porque no tuviste actitud.
La consecuencia es perversa: el desempleado se vuelve culpable por no saber venderse. El agotado se vuelve culpable por no rendir. El deprimido se vuelve culpable por no vibrar alto. El pobre se vuelve culpable por no haber sido “ganador”.
Neoliberalismo: la religión donde Dios se llama mérito y el infierno se llama “no te esforzaste”.

El ganador se lleva todo: el capitalismo sin cortesía
Salecl lo escribe con crudeza: la ideología del ganador lo domina todo. En el mundo corporativo, en los medios, en los realities. La crueldad se vuelve entretenimiento, y la humillación pública, un formato. La lógica del “winner takes all” ya no es una teoría económica: es una pedagogía social. Aprendemos a mirar a los demás como competidores y a mirarnos a nosotros mismos como productos en góndola.
Por eso el burnout no es solo exceso de trabajo: es, como aparece en el texto, agotamiento por la falta de sentido. Estamos cansados de correr para llegar a ninguna parte, mientras nos exigen entusiasmo. En un mundo donde el miedo es un recurso de management, la grosería no es un accidente: es la temperatura normal del ambiente.

El impostor perfecto: los que dudan sufren, los que no dudan mandan
Una de las ideas más finas del texto es esta: el éxito basado en la imagen exterior exalta la figura del impostor. Salecl recupera la brecha entre yo e ideal del yo y conecta con el “síndrome del impostor” (Clance & Imes, 1978): hay gente capaz, trabajadora, que duda de sí misma y teme ser “descubierta” como fraude. Pero, en la cima, suele pasar lo contrario: están quienes no dudan de su mérito… y muchas veces son los verdaderos impostores.
Esto no es solo psicología: es política. Los más inseguros se autocastigan. Los más impunes se autopromocionan. La sociedad confunde confianza con competencia, arrogancia con liderazgo y crueldad con carácter.
Y después se pregunta por qué todo se volvió tan áspero.

Microcuento argentino: El aula como sucursal del mercado
Imaginemos una escena mínima:
Una maestra entra al aula. No trae libros; trae un formulario.
En la pared no hay mapas; hay objetivos medibles.
A los chicos no se les pregunta qué piensan; se les pregunta qué “output” pueden producir. Y en un rincón, la palabra “educación” se parece cada vez más a “servicio”.

Salecl señala algo decisivo: el neoliberalismo transformó el sentido de la escuela. Ya no es adquirir habilidades y conocimientos para habitar el mundo; ahora la educación debe conducir al éxito económico. La escuela deja de ser comunidad y se vuelve escalera individual. Si no subís, es tu culpa. Si te caes, no hay red: hay coaching.
La vulgaridad ahí toma una forma elegante: “eficiencia”, “innovación”, “excelencia”. Palabras de marketing para tapar una idea brutal: el que no rinde, sobra.

La cortesía como infraestructura democrática
Salecl recuerda algo que parece menor y en realidad es gigantesco: la amabilidad tiene poder. No como moralina de taza estampada, sino como tecnología social. Las “máscaras” de la cortesía, incluso si son máscaras, sostienen la cohesión. Sin ese mínimo, lo que queda es el caos, la agresión, la hibernación apática.
Y la apatía —lo dice el texto— no se distribuye de forma pareja: suele concentrarse abajo, mientras arriba siguen la política con intensidad quirúrgica porque arriba se decide la distribución del poder. Los sectores golpeados se cansan, cierran los ojos, sobreviven. Y en esa fatiga aparece el riesgo: la gente puede despertar de la apatía para apoyar un régimen autoritario.

No porque ame la autoridad, sino porque ya no tolera el desorden emocional permanente, el escándalo sin fin, la ansiedad como modo de vida. Salecl lo advierte con la metáfora del agua que hierve lento: el autoritarismo contemporáneo no entra con botas; entra con reformas, control de instituciones, comunicación directa por redes y producción serial de enemigos.

¿Cómo se sale de la era de la vulgaridad?
No se sale con indignación performática ni con nostalgia de “antes se respetaba”. Se sale, primero, entendiendo que la vulgaridad dominante no es espontánea: es funcional. Sirve para disciplinar, para competir, para aislar, para culpabilizar. Sirve para que la crueldad parezca normal y la empatía, un lujo.
Y se sale recuperando algo que el neoliberalismo detesta: lo común.
La escuela como espacio público.
El trabajo como derecho y no como casino emocional.
La política como discusión de intereses y no como guerra cultural de emojis.

En la era de la vulgaridad, la verdadera insolencia es otra: pensar, dudar, cuidar, argumentar, sostener una ética cuando el mercado te pide espectáculo. Ser amable —en el sentido profundo— es un acto de resistencia, porque interrumpe la lógica del “ganador se lleva todo” y recuerda que el mundo no es una competencia, sino una convivencia.
Y si la vulgaridad se nos volvió paisaje, tal vez sea hora de hacer lo que recomienda Salecl: mirar los mecanismos visibles e invisibles, y dar un paso —uno, concreto— hacia el cambio.
Aunque sea el primer paso.
Antes de que el agua hierva.

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