Osvaldo Ortemberg. Un demiurgo entre nosotros
por Mariane Pécora
Estamos sentados en una mesa de un bar de avenida Corrientes; afuera el calor de diciembre arrecia impiadoso. Sobre la mesa, un café americano y una botella de agua mineral se entremezclan entre el celular en modo grabador, una libreta de anotaciones y un libro que desafía una época trazada por el oscurantismo, la negación y esa sensación de terror que pretende imponer un gobierno que aspira a reducir el país a tiempos de esclavitud. No es un libro prohibido. Es un arma cargada de poesía. Las tapas celestes, junto al grabado que las ilustra, constituyen una invitación a la revuelta poética. Estos detalles visuales y conceptuales sugieren una obra pensada para sacudir conciencias, para interpelar al lector y conducirlo a una reflexión sobre el pasado, que, si bien no se caracterizó por la gloria, estuvo marcado por la esperanza de construir un destino común. Así, el libro se convierte en un puente que conecta tiempos y experiencias, instando a no olvidar, a recordar que en algún momento existió el anhelo compartido de un destino común.
“Poesía Política: Cuando la palabra toma partido”, un título inquietante para un libro que pretende desnudarlo todo. Su autor, Osvaldo Ortemberg, abogado, escritor, militante, actor y poeta, vivió intensamente múltiples épocas. Su devenir se inició en la década de los 70, cuando fue perseguido por ser un marxista que abrazó las ideas del peronismo y esta militancia política lo obligó a exiliarse en Madrid. Durante el exilio, sufrió el desarraigo, la exclusión y el horror de saber que su generación estaba siendo devastada en manos de los grupos de tareas comandados por el elenco de genocidas que tomaron el poder tras el Golpe de Estado de 1976.
Arrancado de su terruño y de sus afectos, y confrontando la violencia imperante, la poesía de Ortemberg resurge en tiempos aciagos en un acto de revuelta poética. Su obra busca abrir conciencias, recuperar el imaginario de un destino común y desafiar el concepto de Patria impuesto como la fantochada del libre mercado. Entonces, la palabra se convierte en un instrumento de resistencia, capaz de transformar el dolor, la memoria en fuerza colectiva y esperanza renovada, y el poeta en un demiurgo de su tiempo.
Por un momento nos centramos en el Manifiesto que, a manera de prólogo, declama el sentido mismo del trabajo poético. “La poesía no es mercancía”, comienza diciendo y asegura que asume este disfraz por obligación “para poder estar entre nosotros del modo que el mercado lo exige” (…) ¿Y por qué la poesía no es una mercancía?, se pregunta Ortemberg y, más adelante, se responde: “Porque atenta contra todo lo existente. En primer término, contra el poeta. Subvierte el sentido común de quien escribe y la escucha”. Este Manifiesto actúa como llave maestra que invita a devorar con avidez cada página. Lo hace porque, como afirma su autor: “El poema fractura el sentido común. Impugna, cuestiona, abre nuevos valores, destruye la senda trazada y la trastoca”.
“La propiedad privada de los poemas es una patología capitalista que padecen muchos poetas”, sentencia el escrito.
En la solapa del libro, cuatro líneas sintetizan el propósito de esta labor poética: “El poeta es demiurgo de su tiempo”, se afirma. Surge entonces la pregunta: ¿Por qué te consideras un demiurgo de tu época?
La poesía llegó a mi vida a través del psicoanálisis; tuve la oportunidad de sincronizar con un psicoanalista que era poeta e integraba un grupo dedicado a explorar los cruces entre poesía y psicoanálisis. Este entorno propició una experiencia singular, donde ambas disciplinas se nutrían mutuamente. El método psicoanalítico por excelencia es la asociación libre, práctica que también se encuentra en las raíces del surrealismo. Sin embargo, alcanzar una auténtica asociación libre no resulta sencillo. Consiste en dejar fluir las imágenes y pensamientos tal como surgen, sin censura ni juicios previos, permitiendo que el inconsciente se exprese.
Cuando esta técnica de asociación libre se traslada a la escritura poética, da lugar a un estilo próximo al de la poesía surrealista. Surgen versos e imágenes que no necesariamente responden a la lógica racional, sino que brotan directamente del caudal interior. En este proceso creativo, surge una pregunta fundamental: cuando uno asocia libremente, ¿es uno quien habla o, más bien, es hablado por el lenguaje? De ahí proviene la idea del poeta como demiurgo, ya que utiliza y da forma a un lenguaje que no le pertenece en esencia, que no ha inventado, pero a través del cual se expresa y actúa en el mundo.
Entonces, ¿Qué responsabilidad les cabe a los políticos dentro de esta función de demiurgo que tiene el artista o el poeta?
Es reprochable que no lo escuchen lo suficiente. ¿Sabés cuál fue la primera medida que tomó Fidel (Castro) cuando tomó el poder? Fundó una editorial. Consideraba que la cultura era importante, y el primer libro que imprimió fue «El Quijote». Ahora, en estos tiempos donde la cultura está totalmente bastardeada, creo que es importante crear islas de resistencia que se vinculen y sostengan entre sí. Estamos en un medio absolutamente hostil, donde, como lo expreso en el Manifiesto de este libro, el capitalismo está en cada uno de nosotros. Entonces resulta sumamente difícil sustraerse a una lógica que hace que terminemos atrapados en los modos que el sistema nos impone.
¿No podemos subvertirnos?
No podemos evitarlo. La influencia del capitalismo se manifiesta no solo en la economía y la estructura social, sino también en la forma en que nos comunicamos y pensamos. El lenguaje, lejos de ser un simple vehículo de expresión, se convierte en una herramienta que reproduce y perpetúa los valores y las lógicas del sistema dominante. Así, escritores y lectores se ven condicionados por una estructura simbólica que determina qué es posible decir y pensar, limitando la libertad creativa y la capacidad de subvertir el orden establecido. Por esto, la lucha por una palabra libre y auténtica se convierte en un acto de rebeldía, pero también en una tarea difícil, porque el capitalismo está presente en cada uno de nosotros a través del lenguaje que utilizamos y en el modo en que nos relacionamos con el mundo.
En la mayoría de tus poemas, hay un término que se repite: Patria. ¿Se puede hablar de Patria en un territorio como el nuestro, que de por sí se percibe fragmentado? ¿Cuál es el imaginario de Patria que considerás que tiene la gente, cuando constantemente se usan conceptos como patria financiera o patria contratista?
El concepto de patria hay que construirlo. Patria es lo que no tenemos todavía. En este país, hay un centro que es la Ciudad de Buenos Aires y un resto, al que llamamos el Interior, que en realidad son las provincias. Entonces, no hay Patria. Para que haya Patria no debiera haber terratenientes; los recursos naturales de los argentinos debieran ser utilizados en beneficio de toda la sociedad; no tendría que haber pobreza, ni hambre… Como se dice en geopolítica, tendríamos que dejar de ser unipolares para convertirnos en multipolares. Tendríamos que conformar en América Latina una federación de países, como lo concibieron Bolívar y San Martín. Tuvimos la posibilidad de hacerlo no hace mucho. No lo logramos. Sin embargo, soy optimista. Porque mientras exista el lenguaje, va a ser muy difícil borrar la historia.
¿La Patria configura una narración poética, entonces?
Patria es una palabra que refiere a una comunidad que sostiene valores y proyectos semejantes. No es necesario que todos sean idénticos; más bien se produce una convergencia en la que se entrelazan aquellos que piensan diferente y aquellos que piensan igual. Esta unión no implica uniformidad, sino la coexistencia de distintas perspectivas y formas de pensar, que se configura en una comunidad con valores y proyectos compartidos. En el psicoanálisis, existen dos concepciones que ayudan a comprender este proceso de convergencia: por un lado, la noción de significante, que es la palabra misma, y por otro, el vínculo que esta palabra establece con el significado. Así, la Patria se construye no solo a partir de la coincidencia en ideales, sino también a través del lenguaje, donde cada significante adquiere sentido y se transforma de acuerdo con las experiencias y pensamientos de quienes lo emplean. Entonces, más que una narrativa poética, el concepto Patria configura una narrativa histórica. Si no hay Historia, no sabemos de qué estamos hablando. Patria es un ser siendo.
Una reflexión prácticamente existencialista…
Puede ser. Mi intención con este trabajo era hacer una construcción, un diálogo poético que trascendiera los límites tradicionales entre autor y lector. Por eso puse en el Manifiesto que está permitida la reproducción de todo el texto, aunque no se nombre al autor. Esta decisión responde a la convicción de que la poesía debe circular libremente, sin los límites impuestos por el capital o el reconocimiento individual del autor.
De esta manera, el poema deja de ser un objeto privado para convertirse en un bien colectivo, una herramienta de resistencia y un vehículo para el diálogo social y cultural. Así, el acto poético se transforma en una invitación constante al intercambio y la reconstrucción de sentidos, donde la autoría se diluye y la palabra se emancipa para pertenecer a todos.
¿Crees que en el actual contexto de avasallamiento cultural esto es posible?
El asunto es que los medios del poder entraron en la intimidad de cada uno. Entonces, el Gran Hermano ya está instalado en nosotros. Depende de los vínculos humanos que construyas para poder sustraerte de esa lógica.
Hay un concepto central y paradójico en la dialéctica de Hegel: la Aufhebung, que es la paradoja de una negación que es también afirmación, una destrucción que es también preservación, y una cancelación que es también elevación, algo fundamental para entender la dinámica del pensamiento y la realidad. Marx da vuelta este concepto y concluye que esa síntesis supera eso que se enfrentaba, al mismo tiempo que lo contiene. Eso mismo es lo que pasa con el lenguaje: va cambiando, en base a una situación determinada, pero a la vez contiene todo lo anterior, que de vez en cuando irrumpe. Y lo hace en un nuevo contexto con nuevos sentidos y con otra fuerza.
La charla deriva en la importancia de la lectura colectiva, donde la obra del autor deje de ser un mero ejercicio introspectivo, sino que cobre significado en el intercambio con otras personas. Este contexto sugiere que el autor sea leído por un otro, y que ese otro a la vez quede prendado por la palabra. Proceso que se asemeja a un juego de abalorios que puede materializarse en una época en la que, como nunca en la historia de la humanidad, el acceso al conocimiento se ve facilitado por la tecnología de avanzada. No obstante, este horizonte de posibilidades se ve constantemente amenazado por la acometida del negacionismo, la proliferación de las ideas fascistas y la tiranía que ejercen quienes digitan el destino de la humanidad. Las corporaciones informáticas y de la comunicación han convertido una herramienta emancipadora, como internet, en un instrumento perverso que distorsiona el acceso genuino al saber y la cultura.
