¿Por qué el 10 de enero es el Día de las Mujeres Migrantes?
El 10 de enero de 2001 no es una fecha cualquiera en la memoria de las personas migrantes en nuestro país; ese día, la vida de Marcelina Meneses y su hijo de diez meses, Joshua Torres, fueron arrojados a las vías del ferrocarril de la Línea Roca. Y con este acto, quedó al desnudo una violencia que muchas veces se esconde detrás de un gesto, una palabra o la indiferencia. De ese crimen nació, con dolor y exigencia, una fecha que recuerda a las mujeres migrantes y reclama justicia.
Era una mañana de viaje cotidiano, como cualquier otra. Marcelina, una joven boliviana de 30 años, viajaba con su bebé; era una más de las tantas mujeres que cruzan fronteras en busca de trabajo digno. En un vagón atestado de gente, un roce fortuito detonó una reacción que no fue accidental: insultos racistas, la orden tajante de “ándate a tu país” y la mirada evasiva de quienes prefirieron no intervenir. La agresión verbal escaló hasta lo físico: Marcelina y su hijo fueron empujados fuera del tren en movimiento. Murieron al impactar contra las vías antes de la estación Avellaneda.
Lo que siguió fue una lucha de versiones. La narrativa oficial tendió a minimizar: accidente, un paso en falso, confusión. Las preguntas sobre el papel del odio y el racismo quedaron en segundo plano. La investigación judicial no concluyó con condenas y el expediente fue perdiendo cuerpo entre la burocracia y el olvido. No hubo responsables señalados públicamente ni una reparación que restituyera la dignidad arrebatada. Para muchos, ese silencio institucional fue otra forma de violencia.
Pero el nombre de Marcelina no se pudo enterrar. Su historia se convirtió en símbolo y punta de lanza de reclamos más amplios: por justicia, contra el racismo, por derechos laborales y humanos para las personas migrantes, y por el reconocimiento de las mujeres que sostienen hogares desde la periferia social. En 2012, la Ciudad de Buenos Aires instituyó el 10 de enero como Día de las Mujeres Migrantes, un acto de memoria colectiva que transforma el duelo en compromiso público. Cada año, organizaciones sociales y comunidades bolivianas rinden homenaje con flores, cantos y actos que no solo rememoran a Marcelina y Joshua, sino que insisten en preguntas que siguen abiertas: ¿Quién responde cuando la xenofobia mata? ¿Cómo reparar vidas cuando la justicia falla?
La crónica de aquel día es también la crónica de un país que aún hoy arrastra prejuicios. Los desempolva y expone según la conveniencia del gobierno de turno. En los rieles de la tal vez mal llamada libertad, estas grietas se profundizan y es allí donde se abandona a los más vulnerables: migrantes, mujeres, trabajadores informales, personas mayores, pueblos originarios. La muerte de Marcelina muestra la intersección letal entre género, clase y origen: una mujer migrante con un bebé en brazos no sólo fue víctima de una agresión física, sino de una estructura social que tolera la deshumanización.
Recordar el 10 de enero es, entonces, un gesto múltiple: es nombrar a quienes fueron silenciadas, es visibilizar la precariedad que atraviesa a las migraciones femeninas y es mantener viva la exigencia de procesos judiciales transparentes y de políticas públicas que protejan y reconozcan derechos. Es también un llamado para que no se vuelva a mirar hacia otro lado, para que el gesto de expulsar a alguien no se normalice como mera “confusión”.
