Relatos Indómitos
Una muñeca de nieve en Botafogo
por Marta García
Madalena era esporádicamente feliz con las cosas que nosotras desechábamos. Las cortezas del pan de miga, la parte final de los fiambres, el arroz pegado en el fondo de la cacerola. Posiblemente, un resabio de su época laboral en una fábrica de galletitas en la que, al final de la jornada, el dueño repartía entre las operarias las galletas explotadas en el horno. Igual que ellas. O quizás por efecto colateral de aquella madre que, al no poder amarlas a ella y a su hermana en simultáneo, les dijo a las dos, pero mirándola a Madalena con ojos de decisión tomada: “Es mucho para mí. Una sobra”.
Y se fue de su casa como cualquier galletita que no alcanzó los objetivos. Tenía doce años y ya era la doctora Frankenstein de su destino. Con basura de vida ajena se fue reconstituyendo por las calles de Botafogo. Tuvo que armarse a los apurones antes de que la intemperie se diera cuenta de que estaba sola. El resultado de la recolección fue un encantamiento.
Ojos de botón. Nariz de zanahoria. Boca de lentejuelas mal cosidas. La confundieron con una muñeca de nieve, lo que desconcertó a los depredadores. Y no se metieron con ella.
Un día, su nariz zanahoria percibió un fuerte olor cítrico que venía de un contenedor. Dentro de la basura, sus ojos botones encontraron otra vida en un cuaderno lleno de manchas orgánicas humanas y no humanas, y restos de caipiriña. Se le hizo agua la boca con lentejuelas y no lo dudó. Lo secó al sol y por primera vez en su vida escribió perfumada de lima alcoholizada.
La conocimos oliendo así y con un cuaderno manchado de excesos ajenos. Una muñeca de nieve escribiendo frente al mar.
Lo hacía con palabras y hechos que encontraba en los basurales de nuestras conversaciones. Y nos enseñó a amar esa poesía construida con remanentes. Nos despertó el hambre. Devorábamos lo que escribía. La devorábamos a ella. Y aunque la poesía nunca paga sus deudas, con Madalena percibimos que se las saldó con intereses y todo.
Un poema voraz comenzó a salir de su saliva con rima asonante en los pares, sacándonos de nuestro espacio personal y metiéndonos dentro de su cuerpo. Cómo pudo escribir tan ensangrentada y hacernos creer que le importaba la vida. Por lo menos, hasta el 30 de junio de 2001. Y lo dejó sin terminar. Y nos dejó hambrientas. Y dejamos atrás Botafogo, sospechando que ella ya hablaba sola con el mar. Algo en el salitre de la bahía se la tenía jurada.
Después nos enteramos de que pudo conocer el amparo y salió de la calle. Entró a trabajar en un bar y se enamoró tanto como el chico que atendía la barra de su piel de ébano remendado y cuerpo sin remordimientos. Tuvieron una hijita a la que jamás trató como galletita rota. Y en ese bar dejó de estar de sobra.
El amor nunca fue tan inútil, sin embargo. Como no estaba acostumbrada a no estar de más, abandonó la tierra firme y se fue al mar. Encontramos sobre la arena de la playa un par de botones, una zanahoria y lentejuelas. Y su olor a lima.
El enamorado del bar guardó el poema inconcluso. Cada 30 de junio se va con su hija a la bahía de Botafogo, esperando que por un ratito el mar la devuelva y lo termine.
No es que se matara. No es que la matara el mar. Como cualquier muñeca de nieve, no pudo resistir y se derritió.
Foto: Sebastião Salgado
